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Pablo Pineda

Opinión

Contra la sombra, unidad de la izquierda

Miguel Hernández, desde las tinieblas de la cárcel, desde las lóbregas celdas del franquismo, a la espera de un alba cualquiera, del disparo certero, de las balas o de la enfermedad, que le condujera a la muerte y -le pese a sus verdugos fascistas- a la inmortalidad, a la vida, eterna, escribió: "Yo que creí que la luz era mía, precipitado en la sombra me veo". La misma que se cierne ahora, desde hace cuatro años, sobre nosotros, la misma que, como antaño, en forma de yugo, nos ponen las gentes de la hierba mala, la derecha de hoy, no muy distinta a la de ayer.

 
Pero el poeta no se rendía, no dejaba de abrigar esperanza, la que mana, como decía Bertolt Brecht, de las convicciones. Por eso, aun inmerso en aquel tiempo en el que se ensanchaba la negrura, tenebroso, sin rastro alguno del día, terminaba aquel poema con luz, con mucha luz: "Pero hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida". Ahora también lo hay, y mañana ha de abrirse paso entre la espesa niebla, romperla, en las urnas, con la voz del voto, nunca con el silencio de la abstención...


Con el voto, a la izquierda, a las izquierdas, sea cual sea, pero a la izquierda, para que juntas, por fin, como tantas otras veces, dejemos a la sombra vencida. Porque esa unidad, ese ejemplo, la reedición de aquel Frente Popular de 1936, de la Segunda República, ahora, en 2015, es ese rayo de sol, imprescindible, apremiante. Porque esa unidad es el mejor homenaje que todos, todos, podemos hacer a los que, como Miguel, como tantos otros, dieron su vida por la libertad, a ellos, a los que, callados, sufrieron la oscuridad, a nosotros mismos y a los que vendrán después de nosotros.

Redención

Hace algo más de tres años escribía que era la hora de pedir perdón y dejar paso. Perdón, porque habíamos perdido el norte, en el sentido literal, en aquella debacle de las funestas, por sus consecuencias, Elecciones Generales del 20 de noviembre de 2011, y en el figurado, por los errores. Y dejar paso, a la entrada de savia nueva, de frescura, de agua pura, cristalina, para que refloreciera una rosa que languidecía, que se marchitaba, que a punto estuvo de morir y que no lo hizo porque no se perdió el sur, sus robustas raíces, por poco, pero no se perdió, por la fuerza de su gente. Lo hemos hecho, ambas cosas, en medio de la tempestad, de unos tiempos duros, que invitaban al silencio, casi, incluso, a la clandestinidad, por la vergüenza, por la culpa, de cuatro años interminables en los que sufríamos, con impotencia, con el dolor que la derecha, el PP, con su rodillo implacable, infligía al pueblo, a las clases trabajadoras.

Ahora toca reivindicar lo que somos, lo que nos define, lo que nos diferencia, esos principios de libertad, igualdad y solidaridad. Lo estamos haciendo. Y aún tenemos dos días para seguir haciéndolo. Hasta el último aliento. Para poder recuperar esa senda, la que arrancó hace más de 136 años, la que lideraron hombres buenos como Pablo Iglesias, Largo Caballero, Indalecio Prieto o Fernando de los Ríos y han seguido muchos otros hasta nuestros días, hasta hoy, la que nos ha traído la educación y la sanidad públicas, los derechos laborales, las pensiones, la atención a la dependencia, esos pilares del estado del bienestar, esas conquistas que el PP, la derecha, tanto la vieja como la que llega maquillada, que es la misma, intenta, siempre intentará, derrumbar, para convertirlas en un negocio, de los suyos, de aquellos a los que representan, a costa del pueblo.

Aún tenemos dos días, para frenar esa amenaza, para acabar con ella, con el Gobierno de la mentira, de los recortes, del abandono a los más débiles, a la gran mayoría, de la indecencia, de la corrupción y de la impunidad ante ella, de una legislación para los poderosos y sus privilegios, inmisericorde con los trabajadores, con los honrados, amordazados, pisoteados. Porque todo eso, y más, ha significado la estancia de Rajoy en La Moncloa. Por eso debe quedarse en un mero paréntesis de oscuridad. Por eso no puede prolongarse, ni un instante más. Aún estamos a tiempo. Aún lo estamos. De alzar nuestros puños, de galopar, para el próximo domingo, con nuestro voto, en las urnas, enterrarlos en el mar, para que brote la rosa y, con ella, retornen los derechos y las libertades, la igualdad de oportunidades, la justicia social. El domingo, el 20D... ¡Izquierda! ¡Socialismo! ¡Mucha izquierda! ¡Mucho Socialismo!

Que nos vigilen, cada segundo, como si fuésemos canallas

Nos exigen más. A los socialistas, nos exigen más. Sí. Como tiene que ser. Como nosotros mismos también nos exigimos más, porque, por mucho que hagamos, siempre nos parecerá poco, porque, por magnánima que pueda ser nuestra obra, siempre nos parecerá exigua. Porque no podemos caer, nunca, en el conformismo, en la contemplación de las conquistas, ni de las presentes ni de las pretéritas. Porque éstas solo deben servirnos de catapulta, hacia la materialización de los sueños, para seguir, como prueba de que lo que hoy es una utopía mañana puede ser, lo será, realidad. Porque no podemos parar, nunca, en esa búsqueda incesante de la igualdad, de lo que nos quitan y de lo que aún nos queda por ganar.

Por eso la sociedad, el pueblo, la gente, nos exige más. Por eso se mide más cada una de nuestras palabras, cada propuesta, cada acción. Por eso nos miran con un ojo más crítico, con una lente más exacta, más precisa. Porque nos necesitan, porque el mundo necesita al socialismo, la verdad que mana de él. Por eso nos gritan, porque saben que estamos a su lado, que siempre, siempre, los vamos a escuchar, como siempre lo hemos hecho, como siempre lo vamos a hacer. Por eso quiero que no dejen de hacerlo, para que nos mantengan alertas, despiertos, para que no nos dejen caer en el letargo, en la inacción, que sigan esperando más, para que demos, siempre, lo máximo de nosotros, todo.

Que nos vigilen, cada segundo, como si fuésemos canallas. Para que no les fallemos, porque no les podemos fallar, porque no nos lo perdonaríamos. Que nos chillen, para que los oigamos, para que su voz resuene, inconfundible, en nuestro interior, porque es ella la que nos mueve. Que nos fustiguen, sin tregua, que nos censuren, por cada error y por cada paso insuficiente, para hacernos mejores, para impulsarnos, para darnos la fuerza, la de sus puños, para dar el siguiente, para continuar, para avanzar. Que nos exijan, más que a nadie, como nosotros también lo hacemos, porque no sólo queremos gobernar, sino también merecerlo, para el pueblo, con el pueblo, por la igualdad.

Todos los nombres

Todos los nombres

La primera página del libro de Salvochea, de la independencia de El Campillo, cumple 84 años

EL CAMPILLO. Todos los nombres. Todos. Vienen hoy a nuestra memoria, la de Salvochea, la de El Campillo, rescatados por el recuerdo, eterno, indemnes ante los vientos del olvido. Todos los nombres, todos, brotan hoy desde las entrañas de nuestra tierra, de la que son semilla, de nuestras calles, que son suyas. 

Todos los nombres, todos, vuelven hoy a la vida, porque nos la dieron, porque la perdieron, por ganar la libertad, la independencia que ellos no tuvieron, por querer y permitirnos construir nuestro futuro, abrir nuestro camino, que es el de ellos.

Todos los nombres nos acompañan hoy, todos, los de los hombres y mujeres que, con su lucha, con su tenacidad, colocaron el primer peldaño, escribieron la primera página de un libro, el de nuestro pueblo, que hoy cumple 84 años de autonomía. 

Todos los nombres. Todos. Vienen hoy a nuestra memoria colectiva, de la que nunca se han ido, de la que nunca se irán. Porque son los ártífices de nuestro presente. Porque, por serlo, perecieron, asesinados, por la abominación fascista, por la tiranía, por la sinrazón, por la barbarie inhumana del odio, por la represión. 

Todos los nombres.

Segunda Transición Política

Por Fernando Pineda Luna, en DiariodeHuelva.es

Los procesos electorales municipales, autonómicos y generales pendientes se han convertido, de hecho, en los principales instrumentos de un cambio de ciclo en la política española, que puede determinar los sistemas de vida y de convivencia de varias generaciones futuras. Ante tal situación, estamos más obligados que nunca a analizar en extensión y en profundidad nuestra realidad, a reflexionar seriamente sobre sus conclusiones y a decidir en consecuencia.

Debemos sentirnos orgullosos de la primera transición política porque, partiendo de esperpénticos encuentros entre los históricos aparatos represores y sus víctimas más representativas en un escenario aún embarrado por los vómitos de innumerables militares, políticos, jueces y eclesiásticos empachados de fascismo, tuvo el mejor resultado de los posibles. Cambiamos la clandestinidad, las persecuciones, las comisarías y las cárceles por el diálogo con nuestros perseguidores y verdugos en un ejercicio de extrema responsabilidad para aprovechar la muerte del dictador en beneficio de la restauración de la democracia, sin más dolor, sin más sangre, sin más muerte.

Conseguimos la Constitución Española de 1978 (por cierto, no refrendada por Alianza Popular, partido originario del gobernante Partido Popular), con la que la izquierda más representativa gobernó el Estado 22 años, llegando a consolidarla frente a movimientos golpistas, que durante una década protagonizaron nostálgicos sectores de los poderes fácticos. Esta labor de guardián de la democracia se simultaneó con la creación del Estado del Bienestar, con la inclusión en Europa y con la lucha contra el terrorismo.

Frente a este bagaje positivo de gestión política de esta izquierda, se han producido errores importantes, como no prevenir y no eliminar drásticamente la corrupción o haber aceptado políticas antisocialistas, llegando a modificar el artículo 135 de la Constitución Española, junto al PP. Pero el error básico, a mi entender, fue no haber impulsado a tiempo la segunda transición política, que posiblemente hubiera evitado los errores anteriores.

Llegado hasta aquí, no obstante, no considero justo, aunque sí legítimo, que este balance resultante entre éxitos y errores haya conducido a tan creciente pérdida de confianza de la sociedad en el PSOE, partido más representativo de la izquierda. Ello sólo se comprende porque son ya varias las generaciones que carecen de las agitadas vivencias de la primera transición, que no padecieron las brutales desigualdades que llevaron a sus padres y abuelos a la necesidad ética de elegir entre los principios de la izquierda y los objetivos de la derecha como norma de vida y que, además, están sufriendo con mayor desgarro la grave crisis económica y la indecente corrupción política.

Esta desconfianza, está, como siempre, en su origen, promovida y alentada por los poderes fácticos para liquidar a la izquierda, su enemigo natural permanente, utilizando su capacidad económica para dividirla y su capacidad de corrupción para desprestigiarla.

Por lo tanto, la izquierda española, en lugar de seguir creando nuevos partidos y provocando absurdos enfrentamientos entre sí, que sólo mueven la hilaridad de la derecha, tiene la urgente responsabilidad histórica de unirse para iniciar el proceso de la segunda transición política, que contemple, entre otros, los asuntos relacionados con el sistema federal como organización territorial del Estado, el referéndum sobre República o Monarquía, la recuperación de la Memoria Histórica y el blindaje del Estado del Bienestar y de los servicios públicos esenciales, todo ello mediante la reforma necesaria de la Constitución Española.

La inutilidad de la adaptación

La búsqueda de la adaptación a la sociedad, al momento concreto, por parte de una formación política, la que sea, equivale al marcaje de un rumbo directo hacia la mediocridad. Si se trata de un partido progresista, de izquierdas, para más inri, supone una clara renuncia a la propia esencia, una traición a su ser, en la medida en que, si bien no supone una conversión total al conservadurismo, al no abogar por el retroceso y la abolición de las conquistas, sí entraña un viraje hacia él, porque se hace cómplice cobarde en la asunción de ese silencio de quien se limita a dejarse llevar por la marea. Cuando el timón es el conformismo, sin duda, se disipa la utilidad, pues poco o nada aporta a la felicidad de la ciudadanía. La consecuencia, la pérdida de la capacidad de liderazgo en esa guerra constante por erradicar la desigualdad y, con ella, la paulatina desaparición de la confianza de un pueblo que se siente engañado, que, en su decepción, se sumerge en la incredulidad y acaba por dar la espalda en las urnas. Ése ha sido el error histórico del PSOE contemporáneo, su torpeza, la acomodación a lo que hay, el ensimismamiento, la romántica contemplación de la obra del pasado, magna, el estado del bienestar, pero pretérita.

La meta del socialismo, siempre, no puede ser otra, es la transformación del mundo, para hacerlo mejor, más habitable, más soportable, más justo, más solidario, más libre. Nunca la mera adaptación al contexto, menos al actual, el de un capitalismo que no sólo prioriza, sino que persigue como fin único el beneficio, a costa de lo que sea, caiga quien caiga, aunque sea sobre el cadáver de los derechos sociales e, incluso, humanos. La aceptación de este sistema, por consiguiente, es la derrota, el sometimiento del vencido, la entrega del pueblo como rehén, como esclavo, al vencedor, la infidelidad a la clase trabajadora a la que representa. En ello incurrió el PSOE y en ello descansa su caída en picado. El cenit, la modificación del artículo 135 de la sagrada Constitución Española, en la que, bajo la cabeza de José Luis Rodríguez Zapatero, se plegó a los intereses especuladores de los poderes financieros, a la ‘troika’, la colocación de la estabilidad presupuestaria por encima de las personas. Una losa, una apostasía, por inexplicable o, al menos, inexplicada, que ha dejado a las siglas del puño y la rosa tocadas, muy tocadas, y ante la que su regenerada dirección tendrá que remar con vehemencia para que no acaben hundidas.

Ésa es la tarea, difícil, que tiene por delante el nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, el retorno de la nave a sus orígenes, a la apertura de las casas del pueblo, a la salida a la calle de cada dirigente socialista para, en asambleas abiertas a la participación de todos, escuchar a la gente, aunque grite, para que grite, y darle calor y soluciones a su sufrimiento. Huir, para siempre, de las aguas de ese aburguesamiento al que le ha conducido esa conquista de mínimos que conlleva la adaptación a un medio impuesto por las minorías, los poderosos, hostil para las mayorías, para las clases obreras y, por tanto, inaceptable para quienes las defienden o aspiran a hacerlo. Retomar la voluntad transformadora que define al socialismo desde su cuna, que le otorga su razón de ser y su papel de elemento imprescindible para la sociedad. Eso es hacer PSOE, y tiene que hacerlo, con el avance firme hacia la materialización de esa utopía de la igualdad y sin renunciar, por el camino, a ninguno de sus principios... Y con la suelta del lastre, del que se ha colado con otros intereses o del que entró socialista pero, con el tiempo, ha degenerado para ya no serlo, de esas voces que, en su desvío o desvarío, manchan, marchitan. Lo decía Pablo Iglesias, “no sólo hacen adeptos los partidos con sus doctrinas, sino con buenos ejemplos y la recta conducta de sus hombres”.

El programa de Pedro Sánchez camina, sobre el papel, hacia la redención y el recobro de la utilidad. El sellado de las puertas giratorias, el estrechamiento del cerco a la corrupción, la transparencia y la imposición de la ética constituyen un paso, ineludible, hacia la recuperación de la decencia perdida y el declive de lo que se denomina la ‘casta’ (servidores públicos que, en la práctica, no lo son). Ese expurgo de vergüenzas es clave para construir un modelo de igualdad y solidaridad con la cabeza alta, el que proviene de la reforma de la Constitución, del blindaje del estado del bienestar en el texto magno, de la exención del pago del IRPF a familias, parados y jubilados con rentas bajas o de la decisión de gravar la riqueza con un impuesto para ricos y la persecución del fraude fiscal, sin olvidar la derogación de la Ley Mordaza. La receta es sencilla: reducción de las diferencias y libertad. De no aplicarla, naufragará. El puño y la rosa, la fuerza del pueblo y la primavera, sobrevivirán, pero en otro lugar, lejos de ese referente que Pablo Iglesias fundara hace casi ya 136 años en aquella legendaria Casa Labra de Madrid. Porque si bien el socialismo no se ahoga, porque el socialismo es el mar, el PSOE es su barca y, como tal, sí puede zozobrar.

El socialismo es el pueblo

El socialismo es el pueblo

El socialismo es el pueblo, porque emana de él. Es democracia, pues de ella, de su aspiración, nace. El PSOE, por tanto, no ha de ser jamás, ni tan siquiera parecerlo, lo contrario. El partido que, con el único fin de transformar la sociedad, para hacerla más libre, más igualitaria, más solidaria, más justa, fundaba hace ya 135 años Pablo Iglesias junto a otros 25 compañeros en aquella legendaria Casa Labra, en la calle Tetuán de Madrid, sólo puede ser una cosa: participación, directa, sin intermediarios, sin votos delegados, porque hoy las nuevas tecnologías, las redes, esa ruptura de distancias y espacios, lo permiten. Tiene que serlo por eso, porque la rosa brota, germina, de la fuerza, del puño, de todos. Porque ésa es su esencia y la más mínima prostitución de la misma conduce, de manera irrevocable, al abismo, al languidecimiento de esa flor roja, a la decadencia actual, a la pérdida, merecida, de la credibilidad, de la confianza de una ciudadanía cansada, desengañada, al hartazgo que manifiestan, de un modo límpido, las sucesivas sangrías en las urnas, la hemorragia de votos que sufre desde 2011. Porque cualquier desviación en ese sentido, por ínfima que sea, es una traición a sí mismo, a los propios principios, a lo que es. Porque en el momento en el que el socialismo, las siglas que lo representan, quienes se sientan al frente, aparta la vista del pueblo, le da la espalda, niega la voz a la gente o, simplemente, no la escucha, deja de serlo, para ser otra cosa, para convertirse en la antítesis, en lo que hoy es, su ruina. Porque el socialismo es el pueblo y, en consecuencia, sin él, es la nada.

No obstante, por esa misma razón, por esa alma colectiva que lo conforma, que lo define, el socialismo, como tal, no se ahoga, por muchas tormentas perfectas que lo azoten, porque es el mar. Un mar que ahora tiene ante sí la inmejorable oportunidad de abrir sus aguas, de romper cualquier barrera que las mantenga estancadas, para abarcar, como siempre, como antaño, como no hace tanto, a todos los de abajo, para volver a ser su esperanza. De ahí que no pueda ser más acertada, tanto como esperada desde aquel negro 20 de noviembre de 2011, antes, incluso, de que se proclamara secretario general (ya en febrero de 2012), la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba, el último capitán, no el primero, de un barco que no puede navegar por más tiempo a la deriva en medio de su quietud mientras fuera arrecia el frío, mientras la tempestad atenaza a los más débiles, con paro, pobreza y el despojo de los más básicos derechos sociales, de todo el terreno conquistado... De una nave que debe soltar amarras y liberarse de esas cadenas invisibles, pero presentes, impuestas por los de arriba, por los mercados, de la ensoñación y los cantos de sirena de unos vientos neoliberales, de un capitalismo que, también por su propia naturaleza, nunca, jamás, será aliado del pueblo... De una nave que, con valentía, en su búsqueda de la igualdad, debe dejar de aparcar, de esconder, como ha hecho desde la Transición, asuntos como la República y el laicismo sin excepciones, sin concesiones, sin privilegio alguno a la Iglesia.

Ahora o... De ahí que no pueda ser más acertada, por perentoria, la convocatoria de un congreso extraordinario, para que no se vaya nadie más, ningún socialista más, para evitar una mayor dispersión de la izquierda, porque son otros los que se han de marchar, porque la huida de los inocentes, de los sinceros, no hace más que dar vía libre, más aún, a los culpables, a aquellos que se han colado no por compromiso y vocación de servicio, sino desde la hipocresía de intereses subrepticios, ligados, casi siempre, al bolsillo y la posición; y a aquellos pesados pesos del pasado que lo dieron todo, que contribuyeron a levantar el estado del bienestar que ahora se tambalea, pero que, hoy, de un modo incomprensible, viran hacia la derecha. Porque la solución no es la retirada, sino quedarse y expulsarlos, por la puerta de atrás, para que sean ellos los que se vayan allí donde, tal vez, les gustaría estar. De ahí la urgencia, porque ya tocaba, porque hacía ya tiempo que tocaba, porque no hay otra, pero no de un cónclave cualquiera, sino de uno que revise el modelo, que dinamite los vicios acumulados a lo largo de la historia, que le inyecte frescura y savia nueva a esa rosa otrora vigorosa y ahora marchita. No basta con un cambio de rostros, pues esa lozanía, esa frescura, y la ilusión que podrían despertar serían efímeras, transitorias, se volverían a difuminar con el paso de los años, en la perpetuación de sus caras.

Ha de producirse, sí, ese relevo generacional, también imprescindible, como demuestra ese faro inconfundible que es hoy Andalucía y el emergente liderazgo de Susana Díaz, esa luz que debe servir de guía para retomar el rumbo. Pero no sólo eso. Hay que acudir hasta las entrañas mismas del aparato, de la estructura, y purificarlas, colocar unos cimientos más sólidos, infranqueables, incorruptibles. No son otros que la participación de todos, que los militantes y simpatizantes elijan, de un modo directo, con su voto, con su voz, al secretario general y a la dirección del partido, que puedan derrocarlos también, cómo no, si fallan, si se equivocan de senda, si toman caminos distintos al de los principios del puño y la rosa, si se olvidan de ellos una vez en el poder, si nadan por la incoherencia de hacer lo contrario de lo que piensan, si dejan o renuncian a ser socialistas o, simplemente, cuando ya haya acabado su ciclo, su tiempo, cuando así lo estime la mayoría, sin dejar esa decisión a la merced del interesado. No son otros que la generalización de la elección de candidatos mediante primarias flexibles y en las que participen no sólo afiliados, sino la ciudadanía en general. No son otros que las listas abiertas, para que sean elegidos no los que ya están y no se quieren ir, no los que unos pocos señalan desde un despacho, pues pueden marrar... Para que sean elegidos aquellos que, como decía Antonio Machado de Pablo Iglesias, tienen el timbre inconfundible de la verdad humana, porque el pueblo es sabio y así lo hará, porque el socialismo es el pueblo, porque sin él es la nada.

Contra el miedo

Contra el miedo

La derecha es el miedo. De él se nutre, de su capacidad paralizante, de su potencial para anular la razón y la facultad de decisión de su víctima, en este caso, colectiva, la sociedad, la masa. Lo es y lo domina, a su antojo, porque conoce el arte de extenderlo. Sabe manejar los hilos para expandirlo como la peor epidemia, y con ruindad, cual mezquina industria farmacéutica que propaga un virus mortal para comercializar luego la cura, más aún, pues no ofrece el remedio. Lo cobra, en forma de voto o abstención, esa renuncia a la participación sobre la que el socialismo ha de preguntarse el porqué y, entre otras cosas, dejar de pasear, de mitin en mitin, a viejas glorias, a pesados pesos del pasado a los que ya sólo les queda, en algunos casos, apoyar desde la última fila, no como cabezas de un cartel en el que coartan el afloramiento de nuevos liderazgos; y, en otros, la salida por la puerta de atrás, al ser hoy la ruina de lo que fueron en su olvido de la esencia de los valores que un día defendieron. Ante tal miopía, la derecha cobra, muy caro, el antídoto, pero no lo entrega, ni tan siquiera un tratamiento paliativo. Incluso, una vez en el poder, acrecienta los síntomas, agrava la enfermedad, asfixia al paciente, hasta la extenuación, hasta lo insoportable, aunque sin aniquilarlo, con la intencionada aplicación de un recorte siempre menor que el anunciado, para sembrar el conformismo, el “pudo ser peor”. Ésa es la estrategia, pequeños paréntesis de oxígeno, esporádicos aflojamientos de la cuerda, para que la desesperación no disipe el pánico y no dé paso a la rebelión, a la revolución, al grito, a la sublevación del pueblo contra la elite, contra el capital que se alimenta de su piel encallada, de su sangre, de su precariedad.

El mal es la austeridad, el estrechamiento del cinturón, impuesto, por supuesto, sólo a los eslabones más débiles de la cadena, a los de abajo, para agudizar la brecha entre ricos y pobres, la desigualdad. El veneno es suministrado por goteo constante, con dosis de los menjunjes más variados, de los que nadie escapa, ni los más jóvenes, el presente y el futuro, ni los más mayores, precursores del bienestar actual (o mejor, reciente). Porque el ataque se perpetra desde todos los flancos, con la supresión de derechos laborales, la reducción de salarios, el paro y el abaratamiento de la mano de obra, inversamente proporcional al aumento de su disponibilidad; la disminución de las becas, la ausencia de expectativas para una generación nueva, la más preparada, obligada a emigrar; la progresiva y cada vez menos solapada conversión de lo público, de esos pilares que son la educación y la salud, en negocios; el robo a los pensionistas con la pérdida de poder adquisitivo de quienes no sólo cobran menos, sino que tienen que pagar más, por las medicinas o por su autonomía personal ante el suspenso de las ayudas contra la dependencia. Todo ello, junto al afán recaudador y también opresor, porque afecta a las necesidades más básicas, a la dignidad, de la subida del IVA o de los recibos de luz y agua. Un paquete de atentados múltiples acompañado del cultivo de la ignorancia con la condena de la cultura al ostracismo y, por si acaso, el silenciamiento, en grado de tentativa, de los damnificados, de la censura, de la mordaza a la libertad de expresión que suponen proyectos como el de la Ley de Seguridad Ciudadana.

Las armas son distintas, más sutiles, pero el fin, el mismo, arrebatar las conquistas, asegurar la posición, recuperar la rigidez estamental de antaño, fortalecer los privilegios de los que anidan en la cúspide y la miseria de los que pululan por la base. El medio tampoco cambia, el terror. Lo que otrora se hacía con la amenaza del fuego, de la guerra, con el uso de las bombas o con su mera presencia, ahora se siembra con un instrumento quizás más destructivo, más dañino, más deletéreo, por cuanto mata poco a poco: el dinero, ese metal, ese papel, cuya ausencia debilita al enemigo hasta el languidecer, al estilo de un bloqueo, de un sitio, hasta esclavizarlo. No son estados los que se enfrentan, sino clases, los propietarios de los medios de producción, los amos del capitalismo, contra los obreros, contra quienes lo mantienen en pie con su esfuerzo y con la compra y el consumo de sus bienes y servicios. Contra eso, sólo cabe una respuesta posible, sólo hay una vía de escape, un muro, un elemento de contención que levantar con un mínimo de garantías de no desmoronarse: la unidad de la izquierda, la fuerza de todo ese frente común que ha de construir esa mayoría social subyugada por los designios de unos pocos, sin la más mínima fisura, porque por ella se colarían de nuevo, como siempre, los otros, para dinamitar, para dividir y vencer, para volverlo a hacer como tantas otras veces ya lo hicieron a lo largo de la historia.

Por eso nadie se puede equivocar de enemigo. Por eso nadie ha de malgastar un ápice de su aliento en el autodisparo, en el suicidio, que supone la confrontación con el igual, entre las izquierdas, por mucho que en todas haya aún mucho por hacer, por mucho que en todas haga falta más autocrítica y más reflexión, por mucho que algunas se hayan separado de la senda de la que nunca se debieron apartar. Y es que ese tiempo perdido, ese fratricidio, ese resquicio, se erige en una puerta abierta que la derecha jamás ha desaprovechado ni desaprovechará. Por eso nadie debe desviar la mirada del objetivo real, el triunfo de la mayoría sobre la minoría, la derrota del conservadurismo, en el caso de España, del PP, que monopoliza todas las ramas del mismo, que está cohesionado. Quien se salga de ahí, quien enfoque su trabajo, su esfuerzo, su verbo, su palabra, hacia otra esfera, dañará esa causa común y, por consiguiente, pondrá en entredicho la sinceridad de su postulado. Hay lugar para el debate y lo habrá también para la corrección de los errores pasados, para pedir perdón por ellos (cada uno por los suyos) y para la redención definitiva con el retorno al origen, con las políticas que se han echado en falta, para la elaboración y ejecución de un programa común de corte internacionalista, porque las coincidencias son muchas y, ante eso, las diferencias, mínimas, los pequeños matices, no pueden ser las determinantes, las que eviten el cambio, un nuevo tiempo.

Ahora bien, para que ese nuevo camino se dé hay una condición sine quanon: la izquierda, la suma de toda la izquierda, jamás la resta, debe ganar. El 25 de mayo se presenta una buena oportunidad con las Elecciones Europeas, en las que se antoja imprescindible acabar con ese escepticismo que se traduce en la no participación, acabar con el descontento, con la desafección, porque cada voto de izquierdas que no se deposita en las urnas o que lo hace sin sigla alguna es un tiro en el pie que sirve en bandeja el mando del viejo continente al neoliberalismo imperante a la vez que le regala una oposición coja en el Parlamento, en la cámara que más influye en la economía local, en la doméstica, y que provoca, con sus restricciones, el malestar actual de tantos y tantos hogares. De ahí que sea tan importante esa cita, porque sólo con una Bruselas en la que predomine el rojo se podrá tornar esa situación con políticas dirigidas a lo social, basadas en el principio de la solidaridad, en las que lo primero sean los ciudadanos y no los mercados invisibles, la lucha contra la pobreza y el crecimiento a través de las infraestructuras, la cooperación, la innovación, el indispensable fluido del crédito a las pequeñas y medianas empresas por encima del rescate de los culpables, una banca independiente y pública, la misma mano en la que han de estar recursos estratégicos como los energéticos, con la sostenibilidad como eje transversal de todas las políticas, con las renovables como alternativa real, sin obstáculos de tupidas redes clientelares, el fin de ese posmoderno imperialismo germánico con el levantamiento de una Alemania europea, no de una Europa (o un mundo) alemana (alemán) como ya persiguió el nazismo...

Parece un sueño. Quizás lo sea. Pero no nuevo. Porque ya lo soñaron. No es más que desempolvar aquel proyecto, aquella ilusión, encender aquella luz que alumbró la creación de la Unión Europea, enterrar esa ruina de sí misma en la que se ha convertido, en la que la han convertido, ese pozo de injusticia que las fuerzas conservadoras se resistirán a derrumbar, a cegar. Sólo la izquierda podrá emprender esa aventura, porque es la única que cree en ello, la única que, como mínimo, aspira a esa utopía. Ahora bien, no menos cierto es que no puede volver a fallar, como hizo cuando gobernaba en la mayoría de los países del viejo continente. Si logra la victoria ha de asentar, por fin, unas reglas del juego firmes, regular los mercados, intervenir, poner límites al liberalismo salvaje, reinstaurar la soberanía popular, la democracia, que sea la voluntad de la mayoría, la de la ciudadanía, la que acune cada medida, no los intereses especuladores de los financieros. Para garantizar el bienestar, el avance hacia la igualdad y el acotamiento de la injusticia social. Para que el pueblo, al que se debe y al que representa, el que tanto la necesita, sea la prioridad. Y si no la dejan, tiene que explicarlo, para que la gente, su legitimidad, la empuje hacia la ruptura de cualquier cadena. De lo contrario, se verá desprovista de toda credibilidad, de la que le queda. Y ya quién sabe si la podría recobrar, pues quizás sea la última oportunidad, al menos, para la izquierda actual. No obstante, todo quedará en nada si antes no se produce ese despertar, si antes el miedo no queda atrás. Poco por perder. Mucho por ganar.