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La hora de pedir perdón y dejar paso

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El socialismo está en crisis, porque ha perdido el norte; y a punto está, todavía, de perder el sur. Sí, la tempestad no ha pasado. La amenaza continúa, al acecho, aunque haya llegado la calma. Ésta, su tregua, es provisional, condicional. Porque Andalucía ha frenado a la derecha, la más rancia, la más carroñera, la más embustera y ruin de la historia, la misma de siempre, pero la espada de Damocles de la desconfianza del pueblo en nuestras siglas, en el PSOE, en nuestro partido, permanece, pende aún sobre el puño y la rosa, se cierne sobre ellos con la firme intención de degollarlos, de debilitar la fuerza del primero para marchitar después a la segunda, para ennegrecer sus pétalos rojos y desparramarlos por el vacío. No es, por tanto, tiempo de autocomplacencia. Nada la justifica. La dulzura de la derrota victoriosa del 25-M es un bálsamo con sabor a aviso, quizás el último. Ahora es el momento de la autocrítica, de dejar de lamentar el desapego de la ciudadanía, el triunfo de la apariencia del pensamiento único, la extensión del, no falto de razón, “todos son iguales”, y de pensar, de analizar las causas, de asumir la culpa, y hasta de pedir perdón, pues si el trabajador se separa de quien lo protege, tal vez sea porque ya no se sienta representado, defendido, porque ha sido traicionado. Esto, la decepción, el desencanto provocado por la renuncia a los objetivos, el pecado del abandono de los principios, requiere la absolución de la clase obrera.

La redención sólo puede llegar desde la regeneración. Ha llegado la hora de reconocer el trabajo, el esfuerzo y la lucha de tantos y tantos compañeros que lo han dado todo por las máximas de libertad, igualdad, solidaridad y justicia social que ennoblecen al socialismo desde su origen, a todos los que durante años e, incluso, décadas, han mantenido en lo más alto al puño y la rosa como garantía del estado del bienestar, el mismo que, en sólo siete meses, ha demolido la mayoría absolutista del PP. Pero, al mismo tiempo, es también la hora de que ellos, veteranos y referentes de unos tiempos siempre mejores, se retiren a la retaguardia, a un segundo plano, para dejar paso a savia nueva, a ideas frescas que recuperen, desde el sur, ese norte extraviado. Es la hora de que entreguen el testigo a personas capaces de devolver la ilusión a una población contrariada por las aguas de la incoherencia en las que nos hemos sumergido, a líderes emergentes, surgidos de la cercanía del municipalismo, no contaminados por los vicios del poder, por su opulencia, por el silencio cómplice de sus redes clientelares, por el olvido del anhelo, de la utopía, de transformar el mundo, de humanizarlo, por la postergación sine die de la meta última de la socialdemocracia, de su razón de ser, a favor de la satisfacción del egoísta deseo del voto como puente hacia la perpetuación en el sillón.

La recuperación de la confianza, del apego, de la fe en la política (la misma de la que reniega la derecha, porque nos iguala a todos, porque nos concede la condición de ciudadanos, no la de meros siervos), de la creencia en el socialismo, sólo será posible en la medida en que se erradiquen esas impurezas, esa degeneración manida que deriva en el inaceptable miedo a la democracia interna, a la crítica, por parte del aparato (con su porte de hipocresía), en la autocensura, en la autoimposición de la mordaza de quien ostenta un puesto de responsabilidad (alejado del sufrimiento de los más débiles por los desorbitados salarios y, en su caso, las elitistas y deplorables pagas vitalicias, por los privilegios) por temor a molestar, alimentada por la perversión de la existencia de más cargos que militantes... El camino, frente a esa realidad del tutelaje desde arriba, es la participación, las listas abiertas, las primarias para la elección de los candidatos, la voz escuchada del afiliado y el simpatizante, sin represalias, la formación, la apertura de las Casas del Pueblo a la gente, al obrero, para recoger sus inquietudes, debatir y buscar, juntos, la solución a los problemas... La senda no es nueva, está bien marcada desde hace más de 133 años, desde que Pablo Iglesias se reuniera con 25 compañeros en aquella mítica taberna ‘Casa Labra’, en la calle Tetuán de Madrid. No es otra que la del socialismo, la participación, la democracia.

El terreno es abrupto, escarpado, duro. Nadie dijo nunca que no lo fuera. Pero, como decía el malogrado poeta Miguel Hernández, “siempre hay un rayo de sol en la lucha que deja a la sombra vencida”. Y esa luz, ese haz de esperanza, tiene un nombre propio e incuestionable: la juventud, la de la generación más preparada de la historia, la fuerza de su rebeldía, de su puño firme, de su indignación y su compromiso, de su desesperación ante un futuro de certidumbre gris, más bien, negra, su energía para combatir el vergonzante capitalismo financiero, el atroz y codicioso neoliberalismo económico que amenaza, que destruye ya, que pisotea con su avidez sin límites la rosa de los derechos sociales. No es la hora de pactos, porque sabemos que el PP no los quiere, porque la gaviota carroñera se debe a sus clientes, a los ricos, a los únicos agentes a los que da cuentas de sus decisiones (o, mejor dicho, los que le ordenan a ella), a los mercados. Y el hambre (eso sí, de gusto refinado) de éstos es insaciable. Por consiguiente, es la hora de que vayamos los de abajo a por los de arriba, de que se acabe el cuento de una vez, de la unidad de las clases trabajadoras, de la izquierda, de la reedición del Frente Popular de 1936, de la revolución, de la movilización de conciencias. Quizás seamos capitanes sin barco o lobos solitarios en medio del desierto, de océanos de arena, pero obreros con causa, muchos obreros con causa.

Martes, 17 de Julio de 2012 15:03. Pablo Pineda #. Opinión

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