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“El amor o la muerte”

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Fran Arroyo, El Ranzet, rompe su silencio con un nuevo trabajo, Omertà, un rap con el que se rebela, contra su propia agonía, para perseguir la utopía, la de un mundo libre, humanizado, la que descansa en la esquiva Nastenka

EL CAMPILLO. El verso extinto de un don Nadie que deja de estar callado, que vuelve, libre, que no aguanta más, que abandona, que rompe, la agonía de su silencio en su rebeldía constante contra la injusticia, contra un mundo deshumanizado que cambiar, que se encuentra a sí mismo y abre los ojos a los demás, que retoma su búsqueda eterna de la utopía, la que mana, como ninguna otra, del amor, esquivo, distante, ausente, imposible, de Nastenka. Fran Arroyo Sánchez (El Campillo, 1989), tras su tránsito por los grupos Dos Rombos, Summum, Capitán Franela o Humarea, tras su paréntesis, su retiro, vuelve a la escena, a la música, al rap. Tal vez para despedirse, o tal vez no. Con Omertà. El Ranzet, su alter ego, el otro yo de un licenciado en Odontología de 26 años natural de El Campillo.

- Omertà, la ley del silencio.

- Un silencio autoimpuesto, sobre todo, porque había una época en la que escribía a diario. Y siempre me ha ido mal. Era demasiado transparente. Llegaba un momento en el que la gente tenía mucho más conocimiento de mí del que yo mismo poseía. La gente, como se dice, es esclava de sus palabras y dueña de lo que calla. Más que nada, por eso, por malas experiencias, decidí frenar algo ese ritmo literario que mantenía, sobre todo, en mi época de la facultad, en la que estaba continuamente escribiendo. Los versos que yo componía los publicaba en el mismo momento. Decía, por tanto, mucho de mí, cuando, a veces, las cosas tuyas debes quedártelas dentro. Las puedes publicar luego, pero no en el momento, porque te quedas desnudo.

- ¿Por qué ahora? ¿Por qué romper ese silencio ahora?

- En el momento en el que he encontrado una paz interior propiamente dicha. Yo antes, a veces, llegaba a odiar lo que escribía, incluso. Porque lo escribía, lo publicaba... Me jugaba malas pasadas. Si era algo relacionado con alguna chavala, a lo mejor ella se coscaba. Malos rollos. Y ahora he visto que estoy en un momento de mi vida en el que ya puedo contar esas cosas que han pasado durante estos años que he estado guardando para mí. Ya no me va a hacer daño. La persona que escribió esos versos no es la que soy ahora. Ahora estoy en otro mundo, en otro rollo distinto y esos versos los puedo compartir sin temor a que se vuelvan contra mí.

- ¿Podría ser ese silencio, esa Omertá autoimpuesta, de algún modo, una traición a ti mismo, a tu propia transparencia? ¿Has renunciado a ella, quizás, por esos miedos?

- Realmente, mi forma de ser es bastante transparente. Cualquier persona que me conozca siempre va a saber si estoy triste o estoy contento con sólo mirarme a la cara. Lo que yo no quería es que mi poesía o mi obra se centrara en eso, porque, por la experiencia, me di cuenta de que eso lo que hacía era quitarme las ganas de escribir. El problema no es ése. Yo puedo seguir siendo transparente y que la gente cuando lea mis cosas diga “pues ésta es una persona sincera y una persona que ha abierto su corazón”. Pero no en el mismo momento en el que estoy sufriendo esas cosas, sino darle un tiempecito de maduración para que la persona que escribió las cosas no sea la misma. Digamos que así me quedo un poco más resguardado.

- El rap, en cierta medida, es altavoz... De esa agonía interna, de eso que guardas, de tu desesperación.

- En mi caso sí. Siempre he enfocado mucho el rap no hacia el ego, que es lo que se suele hacer siempre, en un ego, en una lucha de ese “yo soy mejor que tú”. En eso se basa muchas veces el rap. Pero en mi caso está muy poetizado por otras influencias que tengo. Y en ese caso sí se podría decir que, claro, es como un espejo de mi alma en el momento que lo escribo.

- Tus versos, más allá de ese lado egocéntrico del rap, persiguen la utopía, el cambio de un mundo autodestructivo, de ambición, de egoísmo.

- Yo creo que todo el arte, que todo el mundo que haga arte en cualquiera de sus vertientes o en cualquier nivel... Yo puedo estar haciendo un arte de nivel básico, hay gente que tiene mucha más trascendencia... Pero más allá de eso, en cualquiera de sus escalafones, el arte debe perseguir un cambio, crear conciencia, buscar algún tipo de punto inflexión en la persona que lo escucha o que lo ve o que lo siente.

- Los temas de Omertà dibujan, en este sentido, una realidad deshumanizada. La humanización depende del propio ser humano, de que los corderos, la mayoría, como rezan tus canciones, dejen de considerarse insignificantes.

- Exactamente, respecto a esa frase, está muy claro. Estamos acostumbrados a tenerle miedo a los lobos, pero, realmente, en la vida hay muchos más corderos que lobos. Si todos los corderos acostumbrados a ser presas se levantaran podrían pasar por encima de esos depredadores. Tienen que ser conscientes de que ellos pueden portar el cambio, pueden ser capaces de muchas cosas importantes, de que no son insignificantes.

- Intentas con tu música despertar conciencias, abrir los ojos a una sociedad ciega, que se conforma con lo que le ha tocado. Invitas a la gente a encontrarse a sí mismo y a rebelarse. ¿Es optimista?

- En algunos aspectos sí es optimista, sobre todo, en lo que se refiere a la gente. Cualquier consejo que yo puedo dar siempre va a ser optimista. Si te das cuenta, yo tengo dos tipos de canciones, uno se da cuando intento transmitir un mensaje respecto a la sociedad, a la política. Un mensaje que dirija a la gente siempre va a ser positivo. El problema viene cuando hago un tema personal, esos son todos pesimistas. Pero, dentro de mi pesimismo, intento que la gente no se sienta como yo. Una canción triste alegra a un alma en pena.

- El Ranzet, de hecho, se considera un don Nadie.

- El Ranzet, de hecho, es un don Nadie. No es que se considere, sino que lo es. Todos somos don Nadie ahora. Los que estamos... no en el anonimato, porque no se trata de anonimato, puesto que siempre vamos a ser alguien para cualquier persona... Pero ahora mismo yo soy un mindundi, no soy nadie, yo sé que mi obra, por definirla de alguna forma, mis canciones, no van a tener una repercusión grande, pero no me importa. En cualquier persona que las escuche, seas tú, un amigo o un amigo de un amigo al que le llegue de casualidad puede crear la misma conciencia que un poema universal que haya leído la gran mayoría de la población en el mundo.

- ¿Se puede decir que se encuentra Fran Arroyo a sí mismo en El Ranzet?

- Empezó siendo un alter ego. Como todos los raperos. Siempre se crean su alter ego, es decir, se ponen un nombre para poder decir cosas que con su propio nombre no dirían. Así empecé. Hablamos de hace muchos años. La cosa es que después de este silencio que me autoimpuse me he dado cuenta de que Fran Arroyo cada vez tiene más de Ranzet y Ranzet cada vez tiene más de Fran Arroyo. Por eso, últimamente, no me importa firmar las canciones como El Ranzet o como Fran Arroyo. De hecho, cada vez me llamaré menos Ranzet, no porque yo no quiera serlo, sino, simplemente, porque nos hemos fusionado tanto que no tengo ya ninguna necesidad de usar un nombre, un alter ego.

- El Ranzet gritaba lo que Fran Arroyo callaba... hasta ahora, hasta la ruptura de la Omertà. Pero tu verso, sin embargo, según lo defines, es extinto.

- Al ritmo que va, seguramente, ya estará extinto y fosilizado (ríe). Pero sí, yo hablaba del verso extinto de un don Nadie por lo que te comentaba antes, por el hecho de que esas poesías, esos sentimientos, cuando salían a la luz ya no estaban del todo en mí. Ya serían sentimientos, en cierta manera, extintos en mi alma, pero, al fin y al cabo, tienen la trascendencia de que una vez yo pensé eso, medité eso y escribí eso.

- Hemos hablado de rebeldía, de esa persecución de la utopía. El amor quizás sea su máxima expresión. Un nombre: Nastenka.

- Nastenka. El amor es fundamental. Y Nastenka es el concepto que yo me creé para llamar a esa imagen, a ese ideal que tienes tú de esa chica que te puede llegar, ese amor perfecto de películas de Antena 3... Pero, realmente, hay un trasfondo más trágico. En la novela de Dostoievski, Noches Blancas, el tipo, porque él se define como un tipo, un soñador, que se enamora de Nastenka se la encuentra por la calle. Ella estaba llorando a moco tendido porque su pareja se había ido al ejército. Él se enamora, se hacen superamigos, ella tontea con él, están ahí a punto... y al final vuelve el otro y lo deja abandonado. Por tanto, Nastenka tiene un fin trágico. Y la llamo Nastenka porque todas las mujeres que vaya conociendo, todos los amores que vaya viviendo, hasta que encuentre el verdadero, puro, si es que existe, van a ser trágicos. Claro, hubo una primera Nastenka para mí y habrá una última... espero. O la muerte. El amor o la muerte.

- Soñar con la utopía es el primer paso hacia su materialización. Fran Arroyo no se rinde.

- Yo nunca me rendiré. No puedo hacerlo. Mi mente está en continuo movimiento. Siempre estoy... Cada vez que salgo a la calle y veo a una chica, una cara bonita, me la imagino conmigo. Luego fracasa. Luego vuelvo a imaginarme otra cosa... Me vuelvo a inspirar. Creo algo nuevo. Me planteo otra meta... En general, todas las utopías son así. El mundo no podría haber avanzado si nadie se hubiera imaginado las cosas. No habríamos volado.

Sábado, 20 de Junio de 2015 11:49. Pablo Pineda Ortega #. El Campillo

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