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Canallismo

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El decaimiento que abraza al PSOE contemporáneo, lejos de la injustificada y medrosa autocompasión en la que parecen instalados algunos de sus alumnos más aventajados, esquivos, ceñudos, indolentes, ante el imprescindible ejercicio de la autocrítica, no encuentra su origen en la emergencia de nadie ni de nada, de ninguna otra fuerza, sino, más bien, todo lo contrario, actúa como semilla de ésta, y la riega con el agua de cada error, de cada vicio. La decrepitud que envuelve al puño, su dificultad para sostener una rosa que se marchita, que languidece, descansa en el inexplicado viraje del partido responsable de la construcción del estado del bienestar, en su asunción de la derechizada y austericida política anticrisis de la Unión Europea. Ésa, y no otra, es la raíz de su mal, que ha derivado en que el pueblo deje de percibir de su voz el timbre inconfundible –e indefinible– de la verdad humana que antaño reconocían en su fundador, Pablo Iglesias Posse, y en tantos otros el poeta Antonio Machado y las clases trabajadoras. El porqué, aunque haya quien se resista a verlo, está ahí, en la superficie, en los desvaríos propios del calor del poder, que nubla la mirada y arrebata la razón, que deshumaniza, que separa de la realidad, del sufrimiento, el mismo que sigue ahí, intacto, en las carnes de la gente, pero que se olvida cuando no es compartido.

La cota de poder, la supremacía, el peso (o sobrepeso) institucional, ese baño de éxito que ahoga la humildad, la honestidad, he aquí la cuestión, en esa luz que la condición humana vuelve oscura, que atrae a ávidos lobos errantes, apátridas de ideologías sin más oficio o vocación que su comodidad, sobrevivientes natos que se manejan como pez en el agua por las cloacas, por las movedizas arenas de los bajos fondos, que corrompen, que se aseguran, sin necesidad de invocarlo, porque parten y reparten, el silencio cómplice de una vasta cabaña de corderos, que se sirven de ella ante una militancia, en consecuencia, desarmada, indefensa. Por todo eso, por descender, por degenerar, hacia postulados y conductas (por supuesto, algunas, no todas) más propios y, por tanto, esperados de la derecha, pero incomprensibles en la izquierda, ha fallado el PSOE, para cavar su fosa, la misma en la que yacen, enterrados, esos principios de los que se ha desprendido, sine die, sin darse cuenta de que, al hacerlo, también empezaba a sepultarse a sí mismo. Porque, en la mayoría de los casos, no ha elegido a los mejores y los escogidos, al no serlo, no han permitido que los vigilen, ni cada segundo ni nunca, como si fuesen canallas, tal vez, seguro, para que no se descubriera que lo eran. Y la cobardía, agazapada, encerrada en su propio ego, no alcanza bellas conquistas, las que se requiere de aquellos que representan a los desheredados.

La pregunta es obligada. Ya la formulaba el que fuera secretario general y refundador del socialismo onubense Carlos Navarrete a través de un análisis profundo, crítico y constructivo, sobre el declive del puño y la rosa en los albores del año 2012, poco después del desastre de las Elecciones Generales de 2011, en aquel noviembre negro en el que emigraron, indignados, hastiados, 4,3 millones de votos (una brecha ampliada ahora, en 2015, hasta los 5,7 millones de personas, la mitad de aquella masa social que avalaba a José Luis Rodríguez Zapatero en 2008): ¿Tiene arreglo el PSOE? La respuesta es sí. Lo tenía entonces, cuando se iniciaba la debacle, y lo tiene ahora. De hecho, ha dado pasos en ese sentido, el de pedir perdón y el de comenzar su regeneración, su retorno a la senda de la que jamás debió apartarse. No se ha redimido del todo, la catarsis no ha sido plena, quizás, porque se tarda más, mucho más, en reconstituir la credibilidad que en perderla, aunque también porque sólo la ha afrontado una parte de él, la menos culpable, la más avergonzada por esa imperdonable involución, por ese mero acomodamiento a la sociedad, por la entrega como rehén de esa meta irrenunciable que es la transformación del mundo, el sueño de la igualdad, no parcial, sino plena. Mas hay un avance. Queda camino, arduo, abrupto, pero, al menos, se ha emprendido la marcha.

No en vano, el mal ha sido menor: el PSOE mantiene la oportunidad de liderar la urgente alianza de la izquierda. Para derrocar a la absolutista y concentrada derecha, poner fin al indecente tiempo de Rajoy y romper sobre las espaldas del PP el látigo con el que ha azotado a cada una de las libertades y los derechos de la mayoría social para reducirlos a su mínima esencia, para tornarlos en impunidad, en negocios y en privilegios de la minoría. Para alcanzar aquellos aún desconocidos. Para andar hacia las utopías, las viejas y otras nuevas. He aquí el último peldaño de esa redención. Y he aquí donde afloran de nuevo, vigorosas, esas espinas que, en su vanidad, arrojan sobre otros los pecados propios, sobre aquellos a quienes acusan de no tener otra aspiración (legítima) que la de engullirlo para “usurpar su espacio” (obvian que si éste es de alguien es de la ciudadanía, que lo presta a quien quiere). Son aquellos ruinosos pesos del pasado y esos otros que, bajo la falaz –pues solapa la esencia republicana del socialismo– denominación de barón, se otorgan un poder de decisión que sólo pertenece a los verdaderos depositarios de la soberanía del partido: la militancia, sus bases, las mismas que, aun zaheridas, han puesto, una y otra vez, la otra mejilla, que han dado la cara, para que se la partan, por unos valores que otros han prostituido, que han soportado una cruz que correspondía a otros llevar.

Son piedras que sobran, porque se erigen en una traición. Sólo así puede definirse cualquier invitación a dejar entreabierta aunque sólo sea una rendija al gobierno de la derecha, al promotor –sí, parece que hay que recordarlo– del galopante retroceso, de la desigualdad, de la pobreza imperante, cuando éste se puede evitar, tan sólo por temor –fundado o infundado– a aquellos a los que se achaca la intención única de querer ocupar tu lugar. Porque hasta sugiere que lo que prima en realidad, por encima de la desesperación de la gente, de su angustia, es la lucha interna por el timón de una nave a la que se está dispuesto, incluso, a dejar zozobrar para, al lúgubre estilo del conservador Cristóbal Montoro, hacerla resurgir de sus cenizas (tal vez alentados, en su miopía, por el ejemplo del PASOK griego). Con ese recelo, hasta se lo pone fácil, en bandeja, a esa otra izquierda para que incida en su desgaste, su debilitamiento, su caricaturización del PSOE (también de la política)... Una traición, además, gratuita, por inútil, por responder a un pánico desmedido, ya que no será el deseo de ninguno lo que determinará quién elimina a quién o si, por el contrario, están condenados a la convivencia. El que uno u otro se imponga dependerá de su pureza, del grado de verdad humana que el pueblo detecte en sus palabras y en sus hechos. Desde luego, si en esta dialéctica dejan ganar al PP caerán ambos.

Martes, 02 de Febrero de 2016 09:49. Pablo Pineda Ortega #. Opinión

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