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Pablo Pineda

La campillera Macarena Ruiz defiende a Andalucía en el campeonato nacional

La campillera Macarena Ruiz defiende a Andalucía en el campeonato nacional

La central, de 13 años, es la única onubense seleccionada por el conjunto infantil de la región después de quedarse a las puertas en la edición anterior

EL CAMPILLO. La campillera Macarena Ruiz Toscano, de 13 años de edad, disputa con el equipo sub-14 de Andalucía el VII Campeonato Nacional de Selecciones Autonómicas Femenino de Fútbol 7 que se celebra en Alginet (Valencia) hasta el próximo 8 de diciembre. Después de quedarse a las puertas en la pasada edición, celebrada en la provincia extremeña de Cáceres, cuando, a sus doce años, tras entrar en una convocatoria inicial de dieciséis jugadoras junto a su paisana Judit García García, no entró en la lista definitiva de doce, la defensa central es la única onubense seleccionada por el combinado regional.

Macarena Ruiz forma parte, en la actualidad, del cuadro infantil de la Escuela Municipal de Fútbol Base de El Campillo, una institución galardonada al cierre de la pasada temporada por el Centro de Estudios, Desarrollo e Investigación del Fútbol Andaluz (Cedifa) con el premio a la colaboración. La jugadora, pese a su juventud, combina sus intervenciones en el conjunto mixto con frecuentes y sobresalientes apariciones en la escuadra amateur femenina de El Campillo, que milita en la máxima categoría provincial, donde, en las dos últimas campañas, ha acabado en la parte alta de la tabla.

Velocidad, regate y capacidad para sacar el balón desde atrás, unido a su carácter, fortaleza y contundencia defensiva, son algunas de las cualidades que definen a esta jugadora campillera que se erige, desde hace varios años, en una clara promesa del fútbol femenino de la provincia. Unas habilidades que, en su conjunto, la convierten en una central solvente que, además, no renuncia a prodigarse en ataque en los momentos de mayor necesidad del equipo.

Todo ello hace prever que la zaga andaluza encontrará en ella un verdadero seguro en sus aspiraciones, una garantía para el desarrollo de un papel destacado en una competición que, tras ser presentada hoy, arranca de forma oficial mañana. El primer rival, Castilla La Mancha, en el marco de un grupo C completado por La Rioja. Contra ellos deberá sellar Andalucía el pase a las siguientes fases para certificar su candidatura al título.

La presencia de Macarena Ruiz en la selección andaluza sub-14 supone un salto más en los logros de las futbolistas campilleras, en la medida en que ya fueron cuatro las que representaron a la localidad minera en el combinado con el que Huelva participó, el pasado mes de noviembre, en el IV Campeonato de Andalucía de Selecciones Provinciales de Fútbol 7 Femenino: la propia Macarena Ruiz Toscano, Judit García García, Natalia García Jiménez y Ana Rodríguez Serrano.

La luz verde al pabellón establece los cimientos de la Ciudad Deportiva de Zalamea

La actuación suscita la oposición de IU ante la peligrosidad de su ubicación en un margen de la N-435 # Las normas subsidiarias y el aprobado desdoble aplacan, según el PSOE, el temor vecinal

ZALAMEA LA REAL. Tras la polémica desatada por las acciones de un cierto sector de vecinos en contra de la ubicación del polideportivo cubierto de Zalamea la Real, proyectado en uno de los márgenes de la travesía de la N-435, en el mismo espacio en el que se hallan la piscina municipal y el campo de fútbol, el alcalde de la localidad, Vicente Zarza (PSOE), y el consejero de Turismo, Comercio y Deporte de la Junta de Andalucía, Sergio Moreno, certificaron una actuación que supondrá una inversión de alrededor de 850.000 euros. La iniciativa, según expuso Zarza, emerge como un paso más en el anhelo socialista de convertir la parcela en una futura Ciudad Deportiva. De hecho, en la misma zona se prevé agregar unas pistas polideportivas al aire libre, un circuito de motocross y un campo de tiro, sin olvidar la ya aprobada sustitución del albero del estadio por césped artificial. Y todo ello, vinculado al carril verde que une, a través de la antigua vía del ferrocarril minero, las localidades de Zalamea la Real y El Campillo, con las consecuentes posibilidades de desarrollar rutas de senderismo mediante la puesta en valor de un área geográfica que forma parte del patrimonio cultural y de la tradición metalúrgica de la Cuenca Minera.

Aunque el planteamiento ha colisionado con una campaña de recogida de firmas basada en la “peligrosidad” que supone la necesidad de cruzar la carretera para acceder a las instalaciones, la condición de la zona como “único” espacio deportivo, según las normas subsidiarias de Zalamea la Real, vigentes desde 1995, y la futura conversión en autovía de la N-435, lo cual desviaría su trazado por el exterior del casco urbano de la localidad, “aplacan” el temor vecinal. Así lo manifestó el alcalde, quien, a su vez, ha asumido el compromiso de construir un paso elevado o subterráneo para los peatones, una medida “tranquilizadora” que “ha despertado la satisfacción de los zalameños”, máxime cuando, tras varios encuentros, “les hemos asegurado que las puertas del pabellón no se abrirán hasta que no se haya solventado el problema de la inseguridad”.

Frente a la idea de Ciudad Deportiva promovida desde el grupo socialista, fundada en la intención de concentrar la oferta en un mismo espacio, el portavoz municipal de IU y ex regidor, Marcos García, insiste en que el proyecto de la N-435, “aún sin fechas y un periodo estimado para su ejecución nunca inferior a doce años”, no exime a los ciudadanos del riesgo mientras el desdoble se materializa en la práctica. Algo que, a su juicio, tampoco logra la creación de un paso elevado, puesto que “resulta inviable evitar que los menores crucen la carretera al mismo nivel que los vehículos”. El líder de la oposición también apuesta, en esta línea, por reducir al máximo los desplazamientos en coche, una tendencia “alentada” por la situación del polideportivo en las afueras del casco urbano. Para García, “la posibilidad sostenible de acudir a pie a cada lugar constituye uno de los principales rasgos distintivos del mundo rural frente a las grandes ciudades”.

La ratificación del proyecto, sin embargo, con la rúbrica del convenio suscrito entre las administraciones implicadas, hace improbable la desestimación de su ejecución, de modo que la Consejería de Turismo, Comercio y Deporte sufragará un 50 por ciento de la inversión; el Consistorio, un 25 por ciento (a lo que se añade la cesión de unos 2.200 metros cuadrados de superficie); y la Diputación Provincial, el 25 por ciento restante. La futura Ciudad Deportiva se complementará, además, con una serie de acciones urbanísticas contempladas en el margen opuesto de la travesía de la N-435, donde, sobre la base de las normas subsidiarias vigentes, las cuales catalogan el espacio como zona verde, el Ayuntamiento procederá a la instauración de un recinto ferial, un parque y un área de recreo.

Zarza acusa a IU de denunciar ahora un problema que "ignoró" durante su mandato

El alcalde de Zalamea la Real, Vicente Zarza (PSOE), concibe como “extraño” el hecho de que, en los últimos cuatro años, cuando el mando del Consistorio era ostentado por IU, y pese a que también era necesario cruzar la carretera por parte de los alumnos de las escuelas municipales de fútbol y los usuarios de la piscina, nunca se haya producido ninguna iniciativa vecinal semejante. Por ello, reflexiona sobre la posibilidad de que se trate de unas maniobras auspiciadas por el anterior regidor y actual portavoz de la oposición, Marcos García. Desde el PSOE lamentan, en este sentido, la “despreocupación” de la coalición a la hora de solucionar esta situación de peligrosidad durante su periodo de gobierno, una desidia que se repitió, según Zarza, ante la urgente necesidad de subsanar los riesgos que conlleva la ubicación de la parada de autobús en plena curva de la travesía de la N-435. Con respecto a este último punto, el dirigente socialista anunció que mantiene contactos con la subdelegación del Gobierno central en Huelva y el Ministerio de Fomento para retomar la posibilidad de construir una rotonda, un proyecto “parado desde la conclusión del mandato 1999-2003”. La réplica de García, tajante: “IU no es la fuerza inspiradora, pero sus miembros sí suscriben, a título individual, la protesta”.

La coalición reitera su preferencia en el anexo del colegio

La alternativa de IU ante las “dificultades” de seguridad que plantea la construcción del polideportivo cubierto de Zalamea la Real en el margen de la travesía de la N-435, junto al campo de fútbol y la piscina, unas instalaciones que, para el portavoz municipal de la coalición y ex alcalde, Marcos García, ya se levantaron en un “lugar equivocado”, es el anexo del Colegio de Enseñanza Infantil y Primaria (CEIP) San Vicente Mártir. Así lo reiteró el líder de la oposición, quien, en paralelo, entiende que las normas subsidiarias no pueden evitar que se edifique una infraestructura deportiva sobre las antiguas pistas del colegio, en la medida en que “no hay ningún cambio de uso del suelo”. Su opción se cimienta en que, de este modo, se permite la utilización del pabellón por parte de los alumnos en las horas docentes destinadas a Educación Física.

La cultura, una esencia rechazada

La música, el cine, el teatro, la pintura y, salvo contadas excepciones, todas las demás manifestaciones de la cultura, ese elemento esencial para el desarrollo del ser humano, de su espíritu crítico, esa rama de la vida indispensable para la construcción de las almas, ese espejo en el que se refleja todo aquello que intenta ocultar la realidad y en el que se sumerge, en busca de la redención, de la evasión, un ciudadano apesadumbrado por una estresante rutina de dificultades, recibe, de un modo incomprensible, la espalda de los campilleros cuando llega a su tierra, el rechazo de los mismos que demandan un amplio programa que colme de contenidos la oferta del Teatro Municipal Atalaya. Sólo la máxima expresión de la voz del pueblo –después del ejercicio democrático del sufragio–, el carnaval, la fiesta de la sátira y el color, recibe el cálido manto de un público masivo en las butacas del moderno espacio escénico de El Campillo. El resto del año, éste permanece sumido en un silencio apenas despertado por las escasas personas que acuden a las no muchas películas, conciertos o representaciones teatrales que permiten las ajustadas arcas de un humilde Ayuntamiento.

Da igual el género artístico, la respuesta siempre es la misma: entre treinta y cincuenta personas que disfrutan de una actividad que, ante la falta de espectadores, cae en las sombras de la intrascendencia, ese universo siempre opuesto al que, en su origen, inspira la creación del arte, la máxima expresión de una estética que nace para ser contemplada, escuchada, saboreada, percibida, disfrutada con los cinco sentidos. No hay nada más oscuro, lóbrego, triste, que un Teatro vacío. El último episodio de estas funestas circunstancias, de esta trágica tendencia a renegar de un pilar básico como la cultura, lo cual amenaza con convertir a la localidad en un lugar de paso, en una ciudad dormitorio sin el lazo de la tradición como nexo entre sus habitantes, como elemento favorecedor de un sentido de pertenencia al grupo, se produjo con la puesta en escena, por parte de la compañía La Rueda Teatro, de la obra Las Habitantes, de Juan Ramón Utrera. Los actores, tras protagonizar una magnánimo ejercicio de sus dotes interpretativas, se marcharon del escenario con el sabor agridulce de un aplauso largo y merecido, pero incapaz de solapar el ineludible sentimiento de culpa, la frustración inevitable de quien, pese a su inocencia, cree no haber sido capaz de atraer el éxito tras días, semanas y meses de esfuerzo y dedicación.

Es una obra que, sobre los cimientos de una comicidad teñida de humor negro, reflexiona sobre la libertad –la misma que otorga la adhesión al rico ámbito de la cultura–, la búsqueda de la autonomía, de la independencia, emprendida por un ser humano que teme lo desconocido, al que le da miedo el hallazgo de algo mejor, la incertidumbre de no saber qué es lo que le espera tras los muros de la condena en la que yace, la misma pena que le tortura, pero que, al mismo tiempo, da un sentido a su vida, una razón de ser que no sabe si encontrará en el exterior. Y esto le aterra y bloquea todas sus maniobras de escape. Se trata, en definitiva, de una metáfora de lo que hoy en día es el maltrato, la violencia machista, una espiral de sufrimiento y dolor de la que, muchas veces, la mujer no se atreve a salir ante la que, para ella, emerge como una difusa alternativa, la de un mundo desconocido que aparece en su mente como amenazante. Sin embargo, fuera está la salvación.

La majestuosidad de esta esfera enriquecedora de la vida, la cultura, se aleja del pueblo campillero, inmerso, en consecuencia, en ese mismo ostracismo al que se habían visto abocadas las habitantes de Juan Ramón Utrera. Una circunstancia que debe llevar a las autoridades públicas municipales a una seria y urgente reflexión, con el firme objetivo de alcanzar un giro radical que ponga fin a este problema que nunca puede ser achacado a los precios –el coste de la entrada en taquilla era de sólo dos euros–. Entre las soluciones: movilizar a las múltiples asociaciones como canales de promoción, mediante, incluso, el regalo de pases entre los componentes de las mismas; incrementar de un modo notorio la información a la ciudadanía sobre el programa cultural local; y, en última instancia, reactivar el carácter participativo de una población solidaria y activa que parece haberse dormido en el contexto actual de la crisis socioeconómica que azota a la comarca minera.

‘Las habitantes’, de Juan Ramón Utrera, es representada mañana en el Teatro Atalaya

EL CAMPILLO. La compañía La Rueda Teatro, de Aracena, representa mañana en el Teatro Municipal Atalaya de El Campillo la obra Las habitantes, de Juan Ramón Utrera, a partir de las 19.30 horas. La iniciativa, enmarcada en el Programa Municipal de Cultura del Ayuntamiento y a la que el público podrá acudir mediante la adquisición de una entrada cuyo coste en taquilla es de dos euros, supone la puesta en escena de una comedia con tintes de humor negro.

Amelia, una inquilina de una pensión perdida en las montañas sufre una serie de experiencias absurdas junto a las habitantes del establecimiento, una extraña familia que otorgará, fruto del devenir cotidiano, de sus disputas, reproches, separaciones y reencuentros, el papel de salvadora a la protagonista, quien las tendrá que acercar a una libertad temida.

En un momento en el que adquiere cada vez mayor incidencia la lucha contra la denominada violencia machista, esta obra emerge como una denuncia social dirigida a despertar de la sumisión a aquellas mujeres que viven apresadas por el miedo a los ataques de su marido para que rompan esas cadenas en busca de una felicidad que dé sentido, de nuevo, a su existencia.

Progreso insuficiente

Progreso insuficiente

El Campillo C.F. mejora la imagen de las dos últimas campañas, pero aún se halla lejos de abandonar el ostracismo de la Primera Provincial

EL CAMPILLO. Mejoría de imagen de un conjunto que, desde su condena al ostracismo de la Primera Provincial, no ha sabido salir de la parte baja de la tabla en las dos últimas campañas, pero aún insuficiente como para vislumbrarse en el horizonte más inmediato el ansiado retorno a Regional Preferente, la categoría en la que, en unos tiempos que ya se antojan lejanos, el Campillo C..F se codeaba, sin complejos, con los más poderosos clubes de la geografía onubense. Esta temporada, tras los primeros choques del campeonato, se evidencia un progreso en el proyecto de Antonio López Espinosa, con una notoria mejoría en el juego y una imagen más compacta de equipo, el cual, incluso, ha reducido las frecuentes concesiones defensivas a las que acostumbró a la grada del Francisco Valero Rojas en los dos anteriores ejercicios. Sin embargo, el rumbo de la nave minera se halla todavía lejos de la estela que deriva en esos anhelados cuatro primeros puestos que abren la posibilidad de disputar la eliminatoria de ascenso.

Las victorias en casa ante Zalamea (3-0), La Dehesa (2-0) y Encinasola (1-0), sin olvidar el empate frente al Nerva (1-1), aportan un grado de optimismo que el cuadro campillero no ha reafirmado con resultados positivos en los feudos de rivales como Valverde (4-0), Medina Arsena de Aracena (3-0) y Repilado (2-1). Sólo un punto han cosechado los de Espinosa en sus cuatro salidas, gracias a un empate sin goles ante el Higuera. Y la derrota en el Francisco Valero Rojas frente a un espeso y falto de recursos ofensivos Cumbres Mayores por 1-3, después de adelantarse en el marcador con gol del siempre incisivo Javier Vespasiano, arroja un elemento de oscuridad sobre la apuesta con la que el club afrontaba la nueva temporada: el retorno a la máxima categoría del fútbol provincial.

La meta del ascenso requiere, como siempre señalan los estadistas de las categorías provinciales y regionales, saldar con triunfos los choques de casa para pescar el máximo de puntos posible lejos del calor de la afición. Unos requisitos que, de momento, no cumple la candidatura del Campillo C.F. en la primera parte del campeonato liguero. Los refuerzos en la línea medular y en la zaga han mejorado el nivel, pero todavía faltan mimbres que garanticen una alta posición del equipo en la tabla. Una mayor resolución en los metros finales y la erradicación de los esporádicos errores en las inmediaciones del área en defensa avalarían la aspiración minera a los dos primeros puestos que aseguran un cruce “más cómodo” en la fase de promoción.

No obstante, alguna victoria a domicilio en lo que resta de la primera vuelta (Calañas es el próximo destino) y el posterior amarre de los puntos de casa podrían actuar como elemento redentor para afrontar con mayores opciones la recta final de la competición. El retraso en la llegada de ese punto de inflexión, por el contrario, alejaría en exceso a los rivales que ocupan la cabeza de la clasificación y obligaría a empezar a pensar en asentar las bases del conjunto para la consecución de los objetivos marcados una temporada más tarde.

La agonía del carnaval

Media docena de comparsas y chirigotas ensayan en El Campillo para el carnaval, la celebración que cada año, con la llegada del mes de febrero (ya sea fuera o dentro de una cuaresma desapercibida en una tierra de una acuciada tradición obrera como es la minera), proclama el carácter internacional de un pueblo al que las vicisitudes del tiempo ha distribuido por Madrid, Valencia, País Vasco, Cataluña, Francia, Alemania o Latinoamérica. Pero, desde hace ya algún tiempo, esta seña de identidad de los campilleros sucumbe ante una paulatina agonía que amenaza con su silencio definitivo. La tendencia ascendente a la no participación, al olvido de las costumbres más arraigadas en favor de la cultura de la imagen, de las nuevas tecnologías, de la globalización, que se detecta en buena parte de las últimas generaciones hace mella en la fiesta del color, la ironía, la sátira, la caricaturización y demás manifestaciones del espíritu crítico.

Las carnestolendas se hunden ante la impasible mirada de una juventud pasiva y la desesperación de aquellos carnavaleros puros que sienten la impotencia propia de quien ve desvanecerse sus sueños, los de subirse al escenario a interpretar las letrillas ensayadas durante meses de convivencia, de tensión, de amistad, de desencuentro, de esperanza. La adhesión a esta pasión, a esta forma de vivir y de colaborar, es cada vez inferior, menos comprometida. Algunos se retiraron para dejar paso a sabia más joven, a nuevas ideas, pero éstas, aunque mantienen un elevado grado de calidad, no han conseguido rellenar la totalidad de los huecos dejados.

Falta gente, la implicación y el sacrificio de aquellos que se han visto obligados, ante la decadencia de la minería, a emprender su camino laboral fuera de la Cuenca Minera. Es imprescindible que, durante la transición que sufre la comarca en busca de un desarrollo alternativo al monocultivo del cobre, sólo se marchen en lo relativo a lo profesional, que prosigan su carrera personal, sus relaciones, en su pueblo, en la tierra que les ha visto nacer y crecer, en las calles en las que se ha cimentado su alma, junto a los campilleros con los que se han construido a sí mismos. Sólo de esta forma, el carnaval y, por extrapolación, El Campillo materializarán su anhelada evasión desde el letargo de la crisis hacia el desarrollo, la supervivencia, el bienestar, el progreso, la felicidad.

Pero también resulta primordial el despertar de quienes todavía hoy no se encuentran en esa fase en la que se debe buscar un empleo, en la que se antoja necesario el inicio del proceso de emancipación: los estudiantes. En ellos, en su juventud, en su pujanza, descansa la responsabilidad, el privilegio, de velar por lo suyo, por su pueblo. Como en todos los ámbitos sociales, de nada valen los compromisos asumidos por las administraciones, ya sean locales, regionales o estatales, si sus acciones no vienen acompañadas por el respaldo de los ciudadanos. Este punto es esencial. Su intervención puede, incluso, superar la ausencia de apoyo institucional, pero su carencia actúa sobre cualquier medida como un grifo que derrama las aguas de la inviabilidad sobre unos papeles útiles transformados en desecho.

Son incontables los instantes de gloria dejados sobre las tablas del actual Teatro Municipal Atalaya por cientos de campilleros, de carnavaleros que añoraban el mes de febrero desde el preciso momento en el que se enterraba el cántaro. Y con ellos tiene una deuda pendiente la última generación del pueblo, con ‘Los Califas’, esos viejos artistas; y con ‘Los Perendengues’, que aún repudian la posibilidad de bajarse del escenario. Ambas agrupaciones se erigen en artífices de lo que hoy es el carnaval de El Campillo, una celebración masiva que, sin insertarse en la maraña de un concurso, no tiene nada que envidiar a las carnestolendas de otras áreas geográficas onubenses.

Y aún hay que ir más allá en el recuerdo de la aportación de los distintos grupos que han inundado de colorido y de fantasía el febrero campillero: ‘Los Soldados de Plomo’, ‘Los Diablos’, ‘Los Esponjas’, ‘Los Trábalas’, los ‘Peques del Carnaval’, ‘Los Pitufos’, los ‘Heidis’, las ‘Pepito Grillo’, las ‘Pintoras’ y otros muchos más. Todos, con sus letras, han escrito buena parte de las páginas de la trayectoria de El Campillo, de su cultura, de su tradición, de su intrahistoria. Un libro inacabado, sin final, abierto, en el que deben estampar su sello los que son los depositarios del mañana, los jóvenes, los adolescentes, los niños.

Sólo hace falta una guitarra, una caja, un bombo y las telas de un disfraz. El resto, acompañado de los mimbres de la siempre magnánima ilusión, de las ganas, viene solo. El repertorio de pasodobles, cuplés y popurrí surge de repente, aunque su realización emerja en el horizonte como una utopía, como un tren que no llegará a tiempo a la cita de febrero. Al final, pese al desconcierto de los apuros, sube al escenario, envuelto en la máscara de un personaje creado por las horas de dedicación costurera de una madre. Una lucha contrarreloj que, si cabe, actúa como elemento redentor, como una excusa más para una satisfacción que experimenta su máxima expresión en el momento en el que la complicidad del público se hace patente en forma de aplausos para embargar de sublimes emociones al verdadero carnavalero.

¡De los 40 ‘pa arriba’... no te mojes la barriga!

¡De los 40 ‘pa arriba’... no te mojes la barriga!

Los campilleros nacidos en 1967, que este año pasan a ser ‘cuarentones’, fueron objeto de un homenaje en el Teatro Municipal Atalaya

EL CAMPILLO. La nostalgia, el recuerdo emotivo de los años de la niñez, de esa adolescencia ya perdida, arrebatada por el imparable transcurso del tiempo, la añoranza de la magia del siempre anhelado primer beso o de las travesuras callejeras de una generación que creció ajena a las nuevas tecnologías, a los videojuegos y a la ‘telebasura’. Éstos son algunos de los sentimientos que embargan al ser humano en esos instantes en los que toma conciencia de la culminación de una etapa de su vida, la que siempre es considerada como ‘los mejores años de su existencia’. Un sentido de pesadumbre, de pesimismo e, incluso, de cierto nihilismo que se hace aún más patente cuando se cruza una frontera concreta, la que marca, de un modo definitivo, el fin de la juventud, la misma época que todos intentan alargar tras cumplir los treinta y que es dejada atrás, de un modo irremediable, a los cuarenta.

Por este trance pasa un grupo de unos ochenta campilleros, aquellos que nacieron en 1967. Y lo hacen desde el optimismo, la ilusión y la esperanza, alimentados por el calor del reencuentro, de la inmersión en los instantes vividos con unos compañeros de correrías separados después por circunstancias particulares. Cada uno siguió su curso, aunque un paréntesis, efímero y enriquecedor, ha vuelto a unir sus caminos. La excusa, un solemne homenaje organizado en el Teatro Atalaya por el ‘cuarentón’ Francisco Javier Domínguez con la colaboración del Ayuntamiento y la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFA) de El Campillo.

Varios fueron los campilleros nacidos en 1967 que intervinieron, con los nervios a flor de piel, para dibujar una panorámica de lo que fue su infancia en las calles de su pueblo, unas rúas insertadas entonces en el mismo entramado rectilíneo, pero con una fisonomía entrañable, muy distinta. También el carácter opuesto de las generaciones actuales, “teledirigidas” por la actual sociedad del conocimiento, por una cultura de la imagen que profana el espíritu crítico característico de quienes aparecieron el mismo año que fallecía el Che Guevara (con quienes se identifican), en los albores de la democracia, para enterrar la dictadura que había oprimido las libertades, se erigió en uno de los ejes de la velada. Una noche en la que tampoco podían faltar, además de sus familiares, sus maestros y los sacerdotes con los que recibieron los sacramentos del bautismo y la primera comunión.

Los de su generación son de los últimos que jugaron en la calle a la peonza, a las chapas o al rescate. Su televisión era en blanco y negro. Con ella, vieron Mazinger Z, rieron con Espinete y Don Pimpón y lloraron con Chanquete, Heidi y Marco. Y sobrevivieron a las cotidianas pedradas en la cabeza, los columpios de metal y los ataques de otro niño sin la mediación de un mayor, al que nunca chivaban quién le había hecho los moratones que adornaban sus cuerpos. Iban solos a la escuela y no les pasó nunca nada. El 127 era un coche familiar en el que 5 ó 6 se marchaban de vacaciones al campo con la baca a rebosar y sin cinturones en la parte trasera. Bajo ese clima de riesgo se construyó su personalidad, sin el exceso de protección que hoy ellos mismos brindan a sus hijos.

Han tenido todo aquello que no tuvieron sus padres ni sus abuelos, que lucharon en la mina para otorgarles el bienestar del que hoy disfrutan, para darles el futuro asociado a quien posee una titulación universitaria. Comenzaron sus estudios en ‘parvulito’, no en educación infantil. Veían cómo sus madres iban a por agua al ‘Socavón’ y jugaban en parajes como ‘La Pisá del Caballo’, ‘La Cuesta de El Torito’, ‘El Llano de los Chinos’ o ‘La Mimbrera’, unos enclaves naturales hoy desconocidos por los niños campilleros. Todo ha cambiado, aunque los años nunca borrarán la huella dejada sobre El Campillo por los avatares de aquellos niños inocentes y revolucionarios que ya hoy celebran 40 primaveras.

‘La alternativa 2007’ deja sus aires de diversión en El Campillo

‘La alternativa 2007’ deja sus aires de diversión en El Campillo

Un centenar de niños participó en la iniciativa de la Mancomunidad de la Cuenca Minera bajo la colaboración de la Escuela Municipal de Fútbol

EL CAMPILLO. La fiesta del deporte y del juego aterrizó el pasado fin de semana en la Plaza del Ayuntamiento de El Campillo bajo el abrigo de ‘La alternativa 2007’, una iniciativa desarrollada por el Servicio Deportivo Agrupado de la Mancomunidad de la Cuenca Minera con el fin de ampliar los horizontes de ocio y entretenimiento de los más pequeños en aquellos municipios con menos de cinco mil habitantes. En torno a un centenar de benjamines campilleros participó en las atractivas y variadas actividades organizadas por el ente supramunicipal con la colaboración de la Escuela Municipal de Fútbol. Todos vibraron con el ya clásico paracaídas, los discos voladores, los bolos o las paletas, aunque fue el hockey la disciplina que suscitó una mayor expectación. En definitiva, una jornada dedicada al fomento de la convivencia entre los menores a la vez que facilitaba la expansión de prácticas deportivas poco extendidas en la comarca y que, en consecuencia, corren el riesgo de desaparecer.