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Creatividad versus austeridad

Ya se acabaron las fiestas de julio de El Campillo. Los fuegos artificiales del pasado domingo pusieron fin a una semana de trasnoche, botellones, reencuentros y largas siestas. Ahora es tiempo para la resaca, la recuperación, pero también para la reflexión. La feria ha caído en una peligrosa rutina que convive con un descenso notorio de la afluencia de público (ya hace mucho que el último día, incluso para los jóvenes, pasó a ser una jornada de paseos, bingos y poco más; algo en lo que está cerca de convertirse también la velada del jueves). El programa de actos, salvo algún pequeño matiz, es calcado no ya al del año anterior, sino a todos los del presente milenio. Prácticamente, nada lo diferencia de las ediciones precedentes. Siempre se repite lo básico: el desfile, cada vez más descafeinado, de Gigantes y Cabezudos; la maratón de fútbol-sala, con un notorio descenso de la emoción de antaño y unas gradas en las que empiezan a desaparecer los tradicionales barreños de ponche casero; la corrida de toros mixta, que en su momento fue una gran novedad, una verdadera ‘bomba’, pero que ya sólo es un evento más; la sesión vermut, que dista mucho de lo que fue cuando se celebraba en el Parque Los Cipreses; o la diana, que, a duras penas, se mantiene como un acontecimiento estelar que nadie quiere perderse.

La escasez de presupuesto, el reducido caudal de las arcas municipales, sirve como argumento para justificar la ausencia de grandes espectáculos, un tesoro reservado para las urbes más pudientes. Ahora bien, no es excusa para la caída en la falta de ideas, en el conformismo y la resignación. Debe ser todo lo contrario: una fuente de inspiración, un incentivo para perseguir hasta la saciedad la máxima optimización de los exiguos recursos disponibles, para encontrar el modo de hacer grandes cosas con poco, muy poco, dinero. Es en este punto donde juegan un papel primordial la ilusión y la creatividad, las mejores armas para evitar la reiteración constante, año tras año, a la hora de diseñar el programa de las fiestas. Son unos ingredientes que, frente a la austeridad, garantizan el éxito, reavivan el sabor de un plato cuando éste ya no presenta ningún atractivo, cuando se ha vuelto insulso, insípido, de tanto volver a ponerlo en la mesa. Por ello, hay que recuperarlos, devolverlos a la despensa del Ayuntamiento, a la receta de la feria. Y hay razones para el optimismo: el concierto de Ópalo en 2008 y la majestuosa actuación del campillero José Luis Diéguez Conde, una de las más firmes promesas del flamenco onubense, en 2009 son claros indicios de la voluntad de mejorar, aunque todavía no es suficiente. Aún hay un largo camino que recorrer.

Jueves, 30 de Julio de 2009 10:12. Pablo Pineda #. Opinión

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