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Pablo Pineda

Pablo Vázquez baña en plata su mejor temporada

Pablo Vázquez baña en plata su mejor temporada

El atleta campillero, bronce con el combinado autonómico en el Campeonato de España por Federaciones en febrero, roza el oro en el Andaluz cadete disputado en Algeciras

EL CAMPILLO. El atleta campillero Pablo Vázquez Serrano (El Lince-Bonares), cada vez menos promesa ante la consagración que demuestra el peso de los metales que colman sus vitrinas, cierra su, hasta ahora, mejor temporada con un baño de plata, la del segundo puesto en el Campeonato de Andalucía de cadetes disputado en Algeciras. Llegaba a la cita con su nombre entre el elenco de los favoritos, con el aval de la cuarta marca de los corredores inscritos y, sobre todo, la fortaleza del bronce esculpido con el combinado autonómico en el Nacional de Campo a Través por Federaciones que se celebró el pasado mes de febrero en Móstoles. Se superó a sí mismo. Tanto que acarició el oro. Sólo el sevillano José Márquez Suárez (Playas de Castellón), con un crono de 9:38:07, acabó los 3.000 metros por delante del salvocheano, que paró el reloj en 9:38:47, a apenas 40 centésimas. Lo rozó con la yema de los dedos.

El éxito se labró desde el inicio, con una prueba muy táctica en la que se completó el primer mil a un ritmo muy lento (3:20:00), con una pequeña aceleración en el segundo y una pugna tan vertiginosa y encarnizada como emocionante en el tercero (3:00:00), con 400 metros finales para el recuerdo. Pablo Vázquez Serrano planteó una carrera de control. Se movió durante la mayor parte del recorrido entre la sexta y la quinta posición para imprimir velocidad en el último tramo y entrar, tras superar al marroquí con licencia malagueña Marouane Hamiane (Cuevas de Nerja), ya segundo en la recta final y jugarse el todo por el todo con José Márquez Suárez. El resultado, una plata para enmarcar con letras doradas la campaña y pensar en el Campeonato de España del próximo sábado 28 de junio en el Estadio Iberoamericano de Atletismo de Huelva, donde el campillero tomará parte en la prueba de los 1.000 metros con la meta, al menos de momento, de sellar el billete para la final.

La Junta respalda a Emed con un incentivo de 8,7 millones de euros

La ayuda va dirigida a la modernización de la planta de producción de concentrado de cobre, que requerirá una inversión de 48,89 millones de euros · Las cifras apuntan a la creación de 116 empleos directos y 400 indirectos

CUENCA MINERA. Sigue la subida de peldaños en la tortuosa cuesta (con una pendiente que parece allanarse en los últimos tiempos para vislumbrar su ansiada recta final) a la que se enfrenta el conjunto de la Cuenca Minera desde hace años, casi desde su cierre, en especial, desde la caída de empresas emblemáticas de aquella diversificación económica como Tubespa o Nature Pack, en su anhelo de ver reabierta la línea del cobre de Río Tinto. El último, la aprobación por parte de la Junta de Andalucía de un incentivo de la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía (IDEA) de 8,79 millones de euros para la modernización de la planta de producción de concentrado, que en un año debe ser una realidad con la extracción de mineral y que requerirá una inversión global de 48,89 millones de euros, creará 116 empleos directos y alrededor de 400 indirectos y posibilitará el mantenimiento de la plantilla de 46 trabajadores.

Este nuevo paso se suma así a la emisión de la Autorización Ambiental Unificada (AAU) al proyecto de Emed Tartessus, ratificada por la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio el pasado 28 de marzo y que establece 304 condicionantes, y la posterior aportación por parte de la compañía de capital chipriota de las garantías sociales (un aval de seis millones de euros) para solventar las hipotéticas repercusiones sociales y atender a aquellas actuaciones subsidiarias que de forma urgente se viera obligada a realizar la Administración Autonómica en el caso de un inesperado abandono de la mina por parte de la filial de Emed Mining.

Las sombras, aunque sin triunfalismos, parecen disiparse poco a poco, algo sobre lo que se pronunció ayer la directora general de Industria, Energía y Minas de la Junta, María José Asensio, durante la presentación en la Universidad de Huelva (UHU) de un nuevo mapa geológico de la Faja Pirítica andaluza. Según sus palabras, “cualquier actividad minera puede generar suspicacias, si bien, ya es hora de empezar a disfrutar de un momento de altísima inversión y actividad”, en alusión a los proyectos de Minas de Aguas Teñidas (Matsa) y de Cobre las Cruces. Precisamente, este último recibirá otra ayuda de la Agencia IDEA por valor de 3,54 millones. “No hay que confundir las cautelas con poner palitos a la rueda”, aseveró.

Según recordó Asensio, el conjunto de ayudas aprobadas ayer por el Consejo de Gobierno forma parte de la orden de incentivos a la innovación y el desarrollo empresarial, “a la que cualquier compañía con actividad industrial puede optar si cumple los requisitos establecidos”. En esta línea, prosiguió, “traer fondos europeos a la provincia de Huelva para generar actividad económica es también parte de nuestro trabajo”, un punto en el que concluyó que “el impulso de la Junta tanto al proyecto de Río Tinto como a cualquier otro que redunde en la generación de riqueza y empleo, por tanto, sólo puede ser visto como algo positivo”. No en vano, la ayuda a la filial de la multinacional chipriota Emed Mining es uno de los 14 concedidos por la Agencia IDEA para proyectos de sectores como el naval, la automoción, la aeronáutica, el energético, las telecomunicaciones, el logístico, el agroindustrial, el minero y el ocio por valor de 45,09 millones de euros.

El día de la participación

El día de la participación

Trece entidades vuelcan su actividad sobre la ciudadanía en el XIV Encuentro de Asociaciones de El Campillo

EL CAMPILLO. El día (el fin de semana) de la participación. Trece entidades sin ánimo de lucro, solidarias, volcaron su obra sobre la ciudadanía en el XIV Encuentro de Asociaciones de El Campillo, la ineludible cita, marcada en rojo en el calendario del tejido social salvocheano, celebrada entre el 14 y el 15 de junio en la Plaza del Ayuntamiento de la localidad minera. Era su momento, el de poner en valor su aportación, su contribución, al bienestar social, a la igualdad, a la cultura, al medio ambiente, al deporte...

El programa era amplio, como el elenco de asociaciones que se dieron la mano, una vez más, en esta iniciativa promovida, desde 2001, por el Ayuntamiento de El Campillo y los Servicios Sociales Comunitarios adscritos a la Diputación Provincial de Huelva. No faltó la lucha contra el olvido de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFA) de El Campillo a través de su irremplazable tómbola solidaria y la rebeldía contra el cáncer de Acamacum y los dulces de sus manos artesanas. Todo ello, en un escenario en la que la mujer era actriz protagonista, a través de Mucam, Atenea y el Taller El Duende.

Las hermandades de la Santa Cruz y de la Virgen de La Granada también ocupaban su espacio, como lo hacen, bien arraigadas, en el paisanaje de un municipio que en primavera se baña en flores. Tanto como el carnaval, presente, como cada mes de febrero, con las letrillas de las veteranas peñas Los Diablos y Los Esponjas, con un toque de ironía, de crítica, de libertad musical al que acompañó la solemnidad de la Banda de Música y los Amigos del Aula. Todo ello, en un ambiente envuelto por la mejor temporada de la Escuela Municipal de Fútbol Base, las rifas de la Peña Barcelonista Camp Barça y la pasión por el caballo de La Guindaleta.

Actuaciones, exposiciones de manualidades, una amalgama de juegos de mesa tradicionales y de agua, saludables maratones de aeróbic, baile de salón, degustaciones de las tapas más variadas y exquisitas, comidas populares... La estampa, la convivencia, la alegría, la suma, la fusión de todo ese esfuerzo desinteresado, de esa inestimable e imprescindible entrega a los demás, al municipio propio, al desarrollo rural, a la dinamización sociocultural, a la fijación de la población al territorio, era completa. El compromiso, renovado.

El socialismo es el pueblo

El socialismo es el pueblo

El socialismo es el pueblo, porque emana de él. Es democracia, pues de ella, de su aspiración, nace. El PSOE, por tanto, no ha de ser jamás, ni tan siquiera parecerlo, lo contrario. El partido que, con el único fin de transformar la sociedad, para hacerla más libre, más igualitaria, más solidaria, más justa, fundaba hace ya 135 años Pablo Iglesias junto a otros 25 compañeros en aquella legendaria Casa Labra, en la calle Tetuán de Madrid, sólo puede ser una cosa: participación, directa, sin intermediarios, sin votos delegados, porque hoy las nuevas tecnologías, las redes, esa ruptura de distancias y espacios, lo permiten. Tiene que serlo por eso, porque la rosa brota, germina, de la fuerza, del puño, de todos. Porque ésa es su esencia y la más mínima prostitución de la misma conduce, de manera irrevocable, al abismo, al languidecimiento de esa flor roja, a la decadencia actual, a la pérdida, merecida, de la credibilidad, de la confianza de una ciudadanía cansada, desengañada, al hartazgo que manifiestan, de un modo límpido, las sucesivas sangrías en las urnas, la hemorragia de votos que sufre desde 2011. Porque cualquier desviación en ese sentido, por ínfima que sea, es una traición a sí mismo, a los propios principios, a lo que es. Porque en el momento en el que el socialismo, las siglas que lo representan, quienes se sientan al frente, aparta la vista del pueblo, le da la espalda, niega la voz a la gente o, simplemente, no la escucha, deja de serlo, para ser otra cosa, para convertirse en la antítesis, en lo que hoy es, su ruina. Porque el socialismo es el pueblo y, en consecuencia, sin él, es la nada.

No obstante, por esa misma razón, por esa alma colectiva que lo conforma, que lo define, el socialismo, como tal, no se ahoga, por muchas tormentas perfectas que lo azoten, porque es el mar. Un mar que ahora tiene ante sí la inmejorable oportunidad de abrir sus aguas, de romper cualquier barrera que las mantenga estancadas, para abarcar, como siempre, como antaño, como no hace tanto, a todos los de abajo, para volver a ser su esperanza. De ahí que no pueda ser más acertada, tanto como esperada desde aquel negro 20 de noviembre de 2011, antes, incluso, de que se proclamara secretario general (ya en febrero de 2012), la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba, el último capitán, no el primero, de un barco que no puede navegar por más tiempo a la deriva en medio de su quietud mientras fuera arrecia el frío, mientras la tempestad atenaza a los más débiles, con paro, pobreza y el despojo de los más básicos derechos sociales, de todo el terreno conquistado... De una nave que debe soltar amarras y liberarse de esas cadenas invisibles, pero presentes, impuestas por los de arriba, por los mercados, de la ensoñación y los cantos de sirena de unos vientos neoliberales, de un capitalismo que, también por su propia naturaleza, nunca, jamás, será aliado del pueblo... De una nave que, con valentía, en su búsqueda de la igualdad, debe dejar de aparcar, de esconder, como ha hecho desde la Transición, asuntos como la República y el laicismo sin excepciones, sin concesiones, sin privilegio alguno a la Iglesia.

Ahora o... De ahí que no pueda ser más acertada, por perentoria, la convocatoria de un congreso extraordinario, para que no se vaya nadie más, ningún socialista más, para evitar una mayor dispersión de la izquierda, porque son otros los que se han de marchar, porque la huida de los inocentes, de los sinceros, no hace más que dar vía libre, más aún, a los culpables, a aquellos que se han colado no por compromiso y vocación de servicio, sino desde la hipocresía de intereses subrepticios, ligados, casi siempre, al bolsillo y la posición; y a aquellos pesados pesos del pasado que lo dieron todo, que contribuyeron a levantar el estado del bienestar que ahora se tambalea, pero que, hoy, de un modo incomprensible, viran hacia la derecha. Porque la solución no es la retirada, sino quedarse y expulsarlos, por la puerta de atrás, para que sean ellos los que se vayan allí donde, tal vez, les gustaría estar. De ahí la urgencia, porque ya tocaba, porque hacía ya tiempo que tocaba, porque no hay otra, pero no de un cónclave cualquiera, sino de uno que revise el modelo, que dinamite los vicios acumulados a lo largo de la historia, que le inyecte frescura y savia nueva a esa rosa otrora vigorosa y ahora marchita. No basta con un cambio de rostros, pues esa lozanía, esa frescura, y la ilusión que podrían despertar serían efímeras, transitorias, se volverían a difuminar con el paso de los años, en la perpetuación de sus caras.

Ha de producirse, sí, ese relevo generacional, también imprescindible, como demuestra ese faro inconfundible que es hoy Andalucía y el emergente liderazgo de Susana Díaz, esa luz que debe servir de guía para retomar el rumbo. Pero no sólo eso. Hay que acudir hasta las entrañas mismas del aparato, de la estructura, y purificarlas, colocar unos cimientos más sólidos, infranqueables, incorruptibles. No son otros que la participación de todos, que los militantes y simpatizantes elijan, de un modo directo, con su voto, con su voz, al secretario general y a la dirección del partido, que puedan derrocarlos también, cómo no, si fallan, si se equivocan de senda, si toman caminos distintos al de los principios del puño y la rosa, si se olvidan de ellos una vez en el poder, si nadan por la incoherencia de hacer lo contrario de lo que piensan, si dejan o renuncian a ser socialistas o, simplemente, cuando ya haya acabado su ciclo, su tiempo, cuando así lo estime la mayoría, sin dejar esa decisión a la merced del interesado. No son otros que la generalización de la elección de candidatos mediante primarias flexibles y en las que participen no sólo afiliados, sino la ciudadanía en general. No son otros que las listas abiertas, para que sean elegidos no los que ya están y no se quieren ir, no los que unos pocos señalan desde un despacho, pues pueden marrar... Para que sean elegidos aquellos que, como decía Antonio Machado de Pablo Iglesias, tienen el timbre inconfundible de la verdad humana, porque el pueblo es sabio y así lo hará, porque el socialismo es el pueblo, porque sin él es la nada.

El PSOE reedita su victoria en El Campillo

Los socialistas obtienen en el núcleo minero un respaldo del 61,87% en unas Elecciones Europeas que ponen en jaque el bipartidismo imperante

EL CAMPILLO. Las Elecciones al Parlamento Europeo, que en el territorio nacional han otorgado una reducida victoria del PP plasmada en los 16 eurodiputados cosechados por la candidatura que encabezaba el ex ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente Miguel Arias Cañete y que ha puesto en jaque el bipartidismo imperante desde, prácticamente, el inicio de la actual etapa democrática (el PSOE ha obtenido 14 escaños en Bruselas), ha arrojado una nueva amplia victoria del puño y la rosa en El Campillo. La fuerza socialista aglutinó el domingo en el núcleo minero 404 de las 653 papeletas emitidas (sólo acudió a las urnas el 36,14 por ciento del censo), un respaldo del 61,87 por ciento.

Frente a ello, en el marco de una jornada marcada por una fuerte abstención, acuciada en el caso de El Campillo por el cambio de ubicación del colegio electoral desde el antiguo parvulario hasta el CEIP La Rábida, desde el extremo suroeste del casco urbano hasta el ala noreste, los populares fueron destinatarios de 84 votos. Mientras, IU, formación que gobernó el Ayuntamiento de la antigua Salvochea entre 1995 y 1999, apenas recibió 40 apoyos y el PA, que en la actualidad ostenta la Alcaldía en minoría en el Consistorio minero y que no contó con interventores ni apoderados en la cita, sólo 22, menos, incluso, que el emergente Podemos de Pablo Iglesias (28) y los mismos que UPyD.

Contra el miedo

Contra el miedo

La derecha es el miedo. De él se nutre, de su capacidad paralizante, de su potencial para anular la razón y la facultad de decisión de su víctima, en este caso, colectiva, la sociedad, la masa. Lo es y lo domina, a su antojo, porque conoce el arte de extenderlo. Sabe manejar los hilos para expandirlo como la peor epidemia, y con ruindad, cual mezquina industria farmacéutica que propaga un virus mortal para comercializar luego la cura, más aún, pues no ofrece el remedio. Lo cobra, en forma de voto o abstención, esa renuncia a la participación sobre la que el socialismo ha de preguntarse el porqué y, entre otras cosas, dejar de pasear, de mitin en mitin, a viejas glorias, a pesados pesos del pasado a los que ya sólo les queda, en algunos casos, apoyar desde la última fila, no como cabezas de un cartel en el que coartan el afloramiento de nuevos liderazgos; y, en otros, la salida por la puerta de atrás, al ser hoy la ruina de lo que fueron en su olvido de la esencia de los valores que un día defendieron. Ante tal miopía, la derecha cobra, muy caro, el antídoto, pero no lo entrega, ni tan siquiera un tratamiento paliativo. Incluso, una vez en el poder, acrecienta los síntomas, agrava la enfermedad, asfixia al paciente, hasta la extenuación, hasta lo insoportable, aunque sin aniquilarlo, con la intencionada aplicación de un recorte siempre menor que el anunciado, para sembrar el conformismo, el “pudo ser peor”. Ésa es la estrategia, pequeños paréntesis de oxígeno, esporádicos aflojamientos de la cuerda, para que la desesperación no disipe el pánico y no dé paso a la rebelión, a la revolución, al grito, a la sublevación del pueblo contra la elite, contra el capital que se alimenta de su piel encallada, de su sangre, de su precariedad.

El mal es la austeridad, el estrechamiento del cinturón, impuesto, por supuesto, sólo a los eslabones más débiles de la cadena, a los de abajo, para agudizar la brecha entre ricos y pobres, la desigualdad. El veneno es suministrado por goteo constante, con dosis de los menjunjes más variados, de los que nadie escapa, ni los más jóvenes, el presente y el futuro, ni los más mayores, precursores del bienestar actual (o mejor, reciente). Porque el ataque se perpetra desde todos los flancos, con la supresión de derechos laborales, la reducción de salarios, el paro y el abaratamiento de la mano de obra, inversamente proporcional al aumento de su disponibilidad; la disminución de las becas, la ausencia de expectativas para una generación nueva, la más preparada, obligada a emigrar; la progresiva y cada vez menos solapada conversión de lo público, de esos pilares que son la educación y la salud, en negocios; el robo a los pensionistas con la pérdida de poder adquisitivo de quienes no sólo cobran menos, sino que tienen que pagar más, por las medicinas o por su autonomía personal ante el suspenso de las ayudas contra la dependencia. Todo ello, junto al afán recaudador y también opresor, porque afecta a las necesidades más básicas, a la dignidad, de la subida del IVA o de los recibos de luz y agua. Un paquete de atentados múltiples acompañado del cultivo de la ignorancia con la condena de la cultura al ostracismo y, por si acaso, el silenciamiento, en grado de tentativa, de los damnificados, de la censura, de la mordaza a la libertad de expresión que suponen proyectos como el de la Ley de Seguridad Ciudadana.

Las armas son distintas, más sutiles, pero el fin, el mismo, arrebatar las conquistas, asegurar la posición, recuperar la rigidez estamental de antaño, fortalecer los privilegios de los que anidan en la cúspide y la miseria de los que pululan por la base. El medio tampoco cambia, el terror. Lo que otrora se hacía con la amenaza del fuego, de la guerra, con el uso de las bombas o con su mera presencia, ahora se siembra con un instrumento quizás más destructivo, más dañino, más deletéreo, por cuanto mata poco a poco: el dinero, ese metal, ese papel, cuya ausencia debilita al enemigo hasta el languidecer, al estilo de un bloqueo, de un sitio, hasta esclavizarlo. No son estados los que se enfrentan, sino clases, los propietarios de los medios de producción, los amos del capitalismo, contra los obreros, contra quienes lo mantienen en pie con su esfuerzo y con la compra y el consumo de sus bienes y servicios. Contra eso, sólo cabe una respuesta posible, sólo hay una vía de escape, un muro, un elemento de contención que levantar con un mínimo de garantías de no desmoronarse: la unidad de la izquierda, la fuerza de todo ese frente común que ha de construir esa mayoría social subyugada por los designios de unos pocos, sin la más mínima fisura, porque por ella se colarían de nuevo, como siempre, los otros, para dinamitar, para dividir y vencer, para volverlo a hacer como tantas otras veces ya lo hicieron a lo largo de la historia.

Por eso nadie se puede equivocar de enemigo. Por eso nadie ha de malgastar un ápice de su aliento en el autodisparo, en el suicidio, que supone la confrontación con el igual, entre las izquierdas, por mucho que en todas haya aún mucho por hacer, por mucho que en todas haga falta más autocrítica y más reflexión, por mucho que algunas se hayan separado de la senda de la que nunca se debieron apartar. Y es que ese tiempo perdido, ese fratricidio, ese resquicio, se erige en una puerta abierta que la derecha jamás ha desaprovechado ni desaprovechará. Por eso nadie debe desviar la mirada del objetivo real, el triunfo de la mayoría sobre la minoría, la derrota del conservadurismo, en el caso de España, del PP, que monopoliza todas las ramas del mismo, que está cohesionado. Quien se salga de ahí, quien enfoque su trabajo, su esfuerzo, su verbo, su palabra, hacia otra esfera, dañará esa causa común y, por consiguiente, pondrá en entredicho la sinceridad de su postulado. Hay lugar para el debate y lo habrá también para la corrección de los errores pasados, para pedir perdón por ellos (cada uno por los suyos) y para la redención definitiva con el retorno al origen, con las políticas que se han echado en falta, para la elaboración y ejecución de un programa común de corte internacionalista, porque las coincidencias son muchas y, ante eso, las diferencias, mínimas, los pequeños matices, no pueden ser las determinantes, las que eviten el cambio, un nuevo tiempo.

Ahora bien, para que ese nuevo camino se dé hay una condición sine quanon: la izquierda, la suma de toda la izquierda, jamás la resta, debe ganar. El 25 de mayo se presenta una buena oportunidad con las Elecciones Europeas, en las que se antoja imprescindible acabar con ese escepticismo que se traduce en la no participación, acabar con el descontento, con la desafección, porque cada voto de izquierdas que no se deposita en las urnas o que lo hace sin sigla alguna es un tiro en el pie que sirve en bandeja el mando del viejo continente al neoliberalismo imperante a la vez que le regala una oposición coja en el Parlamento, en la cámara que más influye en la economía local, en la doméstica, y que provoca, con sus restricciones, el malestar actual de tantos y tantos hogares. De ahí que sea tan importante esa cita, porque sólo con una Bruselas en la que predomine el rojo se podrá tornar esa situación con políticas dirigidas a lo social, basadas en el principio de la solidaridad, en las que lo primero sean los ciudadanos y no los mercados invisibles, la lucha contra la pobreza y el crecimiento a través de las infraestructuras, la cooperación, la innovación, el indispensable fluido del crédito a las pequeñas y medianas empresas por encima del rescate de los culpables, una banca independiente y pública, la misma mano en la que han de estar recursos estratégicos como los energéticos, con la sostenibilidad como eje transversal de todas las políticas, con las renovables como alternativa real, sin obstáculos de tupidas redes clientelares, el fin de ese posmoderno imperialismo germánico con el levantamiento de una Alemania europea, no de una Europa (o un mundo) alemana (alemán) como ya persiguió el nazismo...

Parece un sueño. Quizás lo sea. Pero no nuevo. Porque ya lo soñaron. No es más que desempolvar aquel proyecto, aquella ilusión, encender aquella luz que alumbró la creación de la Unión Europea, enterrar esa ruina de sí misma en la que se ha convertido, en la que la han convertido, ese pozo de injusticia que las fuerzas conservadoras se resistirán a derrumbar, a cegar. Sólo la izquierda podrá emprender esa aventura, porque es la única que cree en ello, la única que, como mínimo, aspira a esa utopía. Ahora bien, no menos cierto es que no puede volver a fallar, como hizo cuando gobernaba en la mayoría de los países del viejo continente. Si logra la victoria ha de asentar, por fin, unas reglas del juego firmes, regular los mercados, intervenir, poner límites al liberalismo salvaje, reinstaurar la soberanía popular, la democracia, que sea la voluntad de la mayoría, la de la ciudadanía, la que acune cada medida, no los intereses especuladores de los financieros. Para garantizar el bienestar, el avance hacia la igualdad y el acotamiento de la injusticia social. Para que el pueblo, al que se debe y al que representa, el que tanto la necesita, sea la prioridad. Y si no la dejan, tiene que explicarlo, para que la gente, su legitimidad, la empuje hacia la ruptura de cualquier cadena. De lo contrario, se verá desprovista de toda credibilidad, de la que le queda. Y ya quién sabe si la podría recobrar, pues quizás sea la última oportunidad, al menos, para la izquierda actual. No obstante, todo quedará en nada si antes no se produce ese despertar, si antes el miedo no queda atrás. Poco por perder. Mucho por ganar.

El reencuentro de un pueblo

El reencuentro de un pueblo

Más de 2.500 personas caminan hasta Rocalero para bañar en romero a la Santa Cruz · Hermandad entre encinas en una fiesta que recupera a los que ya no están

EL CAMPILLO. Comienza de nuevo la cuenta, la que nadie pierde. Vuelven a quedar 362 días. Para el reencuentro, con la Santa Cruz, con el pueblo, para el retorno de ese primer fin de semana de mayo, del alba de ese viernes en el que los campilleros no duermen. Han sido días de devoción, de amor, de solidaridad, de amistad, de abrazos, de exaltación, de emociones a flor de piel. De camino, entre brezo, jara y azahar. De alegría, de risas, de cante y palmas al compás. De recuerdo, de rescate de la memoria de los que ya no están, de las ausencias, de sentimientos encontrados, de evasión, de vuelta, de felicidad, de libertad. Porque el reloj se había parado. El tiempo se había detenido. No había nada más. Sólo Romería.

Ya sonó el cohete, el que el domingo marcaba, como siempre, el regreso a ese pueblo que quedó desierto, que vio marchar a sus hijos, emigrantes pasajeros, no eternos, a pie, a caballo o en carreta, en hermandad. Vuelve la rutina. Queda el vacío, la nostalgia, la melancolía, las anécdotas, las gargantas roncas, ese chalequillo eterno, con el polvo incrustado de 36 caminos, los botos, la camisa, la medalla, que vuelven a su lugar, a esperar, una vez más, la llegada de esa brisa especial, de la aurora de los primeros días de ese quinto mes, el más anhelado por todos los salvocheanos.

Atrás queda esa mirada al cielo del sábado, en busca del cielo azul, del cálido manto de los rayos de sol, de la confirmación de que las nubes, el agua, no van a entorpecer el camino, del esplendor, el que emana de esos primeros sones de cohetes y tamboriles que anuncian la senda, el próximo doble avance (el de ese día, a por el romero para bañar a la Santa Cruz, y el del siguiente, ya con el simpecado) por Cuatro Vientos hasta la finca El Cura, no sin antes atravesar la ribera de Cachán y bautizar allí, con manzanilla, a ese novel romero ya para siempre entregado, unido, a la Santa Cruz, a la Romería, a El Campillo. Sus rodillas en el suelo y esas gotas de vino sobre sus cabellos dejarán la huella, perenne, de su paso, ya jamás olvidado.

Las imágenes se suceden hoy en las retinas de todos los salvocheanos. Los buenos ratos vividos, los cantes con los amigos, todos hermanos, bajo la sombra de unas encinas y alcornoques testigos de la alegría de un pueblo, de su esencia, de su espíritu, de su luz, que añoran a los que se marcharon, que se saben de memoria esas sevillanas compuestas por uno de los precursores, alma mater de la Romería, Rodrigo Palacios. Esas letras que ya hoy, cuando se inicia de nuevo la cuenta, cantan sumidos en la tristeza, en la amargura aquellos abocados a decir de nuevo adiós a su pueblo, a sus calles, a su paisaje y a su gente: “¡Ay pueblo de mis amores, qué ganas tengo de verte y sentarme en tu Paseo, bebiéndome el aguardiente con el agua de El Perneo!”.

Pregón de la Romería de la Santa Cruz de El Campillo 2014

Por Fran Arroyo Sánchez

Un folio en blanco. Se presenta ante mi éste reto, casual y espontáneo, que no busqué, ni tan siquiera imaginaba, como el inmenso vacío de un folio en blanco. Folio en blanco que pintar de alegría, de sonrisas y compás, de sevillanas, las de mi pueblo, que el viernes por la mañana, antes de que aclare el día, mantiene esta villa en ascuas, en vilo, pensando en el cante y el vino, pensando en su Romería.

Es para mí un honor dar comienzo a mi fiesta preferida, y la de muchos de vosotros, la que más distingue y caracteriza a nuestro pueblo. Este honor, que agradezco a toda la Hermandad de la Santa Cruz, y que ha dado un aire especial y único a mi Romería, lo tomo con el máximo cariño y respeto, el que sin duda se merece, y lo recordaré, cada año, con cada salva de cohetes, con cada repique de campanas, con cada haba enzapatá y cada traje de gitana. Con cada “¡Viva!” de los míos, campilleros siempre fieles, que por mayo vestís la Ermita de rosas y claveles, siempre lindas flores, como lindas son sus mujeres.

Romería, Romería... eres tú, desde hoy, la dueña y señora de los corazones de mis paisanos, de mi gente, la que habita en la mente de cada uno de mis hermanos; desde el más anciano, que te piensa y ríe, hasta ese pequeño que va en burro, por vez primera, y que ya has puesto a tus pies, Romería, para lo días que aún le quedan.

Porque eres verso y eres prosa, porque eres todo a la vez. Compañía, de esos amigos que, desde mucho tiempo antes, organizan su camión, van a preparar su encina, elaboran la comida y te dan forma, y vida, reunión por reunión. Y la soledad, del que hoy no puede verte, vestidita de romero, del campillero ausente, que seguro llora, sin consuelo, esperando volver a verte en los años venideros. Yo tengo amigos que no pueden estar, tengo familia que no puede estar, y disfrutaré por ellos, como vosotros, brindando por que volverán.

Así que Viva, Viva mi Romería, y nuestra ermita bien vestía, que se abre oficialmente entre cantos de alegría, al son del tamboril y del gozo de estos días. Y si, viva ese sentimiento, el sonido de las campanas, con vino para el sediento y para el hambriento, habas, y el fervor que se respira en la calle Granada con la nueva venida de la fecha más esperada.

Viva el aroma de romero por las calles de El Campillo, por la víspera de mayo que encandila a los chiquillos, porque todos mis paisanos se alejan de sus labores para vivir otro año ésta feria de ilusiones, de reencuentros con hermanos y de vivas emociones, de camaradas ausentes que vuelven a sus raíces, porque esta fiesta de flores, de medallas y tambores, de camino, de colores... nadie se quiere perder. Viva mi tierra romera, donde yo quise nacer.

Viva El Campillo, señores, viva la Cruz en su altar, y la Hermandad que nos une y que nos da todo, sin más. Orgullo del campillero, tener esta medalla colgá. Son 36 primaveras de camino detrás, 36 años devotos tragando el polvo al cantar, con la bota de vino para la garganta aclarar. Camino del Rocalero los peregrinos van ya, en busca del deseado romero para poderte ofrendar, y lanzar Vivas al cielo para volverte a gritar, con su gracia bendita: ¡Viva la cruz de mi pueblo, de España la más bonita!

Que suenen Vivas, muy vivos, por los que no volverán, por los que el tiempo, el destino, se han llevado a otro lugar. Por todos esos paisanos, amigos en general, que han contribuido, con todo, para que este pueblo sea más. Viva por Curro Lozano, que en su caballo era grande, que me mataba de niño por verlo arrodillarse ante la Cruz de El Campillo, con su destreza y su clase. Un romero legendario, pasen los años que pasen. Viva por Chele también, nuestro guardián del monte, que todo el campo recuerda con quietud rara su nombre, y cada jara, cada brezo, saben que él fue su hombre. Viva por todos, hermanos, que arriba siguen su fe, por su camino de nubes, hasta un nuevo amanecer.

Viva y viva, que vivan en la memoria colectiva de este pueblo, que vivan los pioneros, los primeros en hacerlo, fundadores de hermandad, hermanando sentimientos. Vivan los primeros, los que sacaron adelante, en otros tiempos, lo que hoy es alma mater del sentirse campillero, del camino a Rocalero, pasando por Cuatro Vientos. Vivan esos señores, de coraje y sacrificio, de ilusión y buen hacer, de oficio... que levantaron la Romería, pintando los grises cielos, como fuegos de artificio, en mayo con el sol que da color a cada rincón, cada resquicio.

Así que vivan Matías, Carmelo, Romanero y Rodrigo. Éste último poeta, amigo de letras, rimas y versos, compositor de sevillanas, campillero hasta los huesos, banda sonora del camino, peregrino, que cada paso lleva impreso.

Rodrigo Palacios, vamos en tu compás siempre mecidos, agradecidos cada año, por cada verso que has parido, por cada rima, hija tuya, que has brindado a tus paisanos, y a tu Cruz, y a cada uno de tus hermanos. Viva tú, Rodrigo, entre cohetes y tamboriles cada una de esas mañanas, cuando tu pueblo se despierta con aire de sevillanas; viva tú, Rodrigo, cuando en el encinar, toda la gente repartida, respira la alegría del día de Romería; viva tú, Rodrigo, cuando alguien me pregunta que en qué pueblo yo he nacío, porque aunque haya nacido en Huelva, respondo que en El Campillo, donde luce más el sol y la luna tiene más brillo. Viva tú, Rodrigo.

Viva porque esta viva la Romería, gracias a hombres como esos, gracias hombres y mujeres como las que forman hoy la directiva de la Hermandad, por muchos otros que también colaboran. Vivan todos ellos por mantener la llama viva. Viva cada reunión, cada camión, cada caballo y cada flamenca, cada charré, cada burro, cada encina que nos flanquea... porque todo es Romería, por los años que nos quedan. Hay que mantener la llama viva, la tuya, la mía, como sea.

Amanece el viernes, ya es 2 de mayo, la calle Granada otra vez está de gala para recibir esa tarde la ofrenda floral. Todas mis campilleras se ponen muy guapas, con volantes y colores, vamos, que son flores más bonitas que las del ramo que van a ofrendar. Que el pasodoble dice “espejo de lindas mujeres”, pero lindas, lindas de las de verdad. Y es que este mayo, esta primavera, mis versos todos para mi pueblo, todos para mi tierra; que no hay, ay mi romera, na más grande que rimarte, campillera.

Ya el ambiente se nota diferente, la gente está revolucionada, los caballos todos en la calle, en los bares ya no caben más; colegas dándose abrazos, brindando por su amistad, ultimando los detalles del camino, del campo y todo lo demás. Ese es el ambiente de mi pueblo, el viernes de Romería, todo son abrazos, cantes y risas... ojalá que todos los días fueran igual.

¡Qué vivan los mayordomos! Ya viene el cambio de varas, los mayordomos salientes dejan su periplo atrás, pero queda en su recuerdo encabezar la comitiva y guiar al peregrino, de forma segura, desde Cuatro Vientos hasta la finca “El Cura”, y estar en boca de sus paisanos por su entrega en fechas duras. Que esta crisis que nos merma, merma la mayordomía, y, preguntad al que lo ha sido, no hay dinero que compense un recuerdo para toda la vida. Por eso, ¡que vivan los mayordomos! De este año y los siguientes, porque también es que por ellos la Romería no se resiente y pasan las tradiciones hasta nuestro descendientes. Vivan.

Son horas previas de nervios, de mariposas en el vientre; horas previas de cante con la gente, de palmas al compás y ganas de entrar en ambiente. Ya corre el rebujito por las venas de los míos, la cerveza bien fresquita, las copas de buen vinito, entonando la garganta con los “¡Viva!” a pleno grito. Esta noche será larga, ¿pero quién se atreve a dormir? Si es que la espera nos mata, los nervios mueven mis patas a ritmo de un popurrí de sevillanas muy nuestras, de sevillanas de aquí... que las horas previas me pueden, si huele a encina de aquí, si huele a jara y azahares, y bebo los vientos por ti. A ver quién duerme un viernes, para no verte venir.

Ya es sábado, señores, la diana despierta a los pocos que pudieron conciliar el sueño; cohetes y tamboriles, prisas en mi casa y en la tuya y en la de miles. Porque el primer peregrinaje, el primer camino hacia Rocalero, está a punto comenzar.

Lo primero que hago es abrir bien las ventanas y salir corriendo al patio para ver si el sol está; todos los campilleros venimos mirando el cielo, siempre esa mañana y desde varios días atrás, como si a nosotros el clima nos fuera a echar para atrás. Aunque con el sol, todo sea dicho, se luce más nuestra fiesta, la alegría, el jolgorio y el compás, ya puede haber tormenta o hacer un calor infernal, que aquí nadie se lamenta, y siempre con las botas puestas, ensillados los caballos y las carretas preparadas, para traer ese romero que entregarle a la Hermandad, y a esa Cruz que siempre une en fechas tan señaladas. Porque la Cruz siempre fue amor, amistad y libertad.

Esa mañana, la plaza de Salvochea tiene un aire especial. Todas las carrozas, preciosas, con sus toldos de colores y farolillos por doquier, se enfilan una tras otra, dispuestas pacientemente por nuestra maraña de calles rectas para poder coger la vez, y la gente se mueve, parriba y pabajo, currando a destajo para que su Romería sea perfecta otro año, otra vez.

Por fin se mueve la cosa, todo un año en ese momento, en el que el camino se emprende y se prenden los sentimientos. Que yo me abrazo a mi amigo, que me muera en ese momento, que nos despiden las calles camino de Cuatro Vientos. Que en mi carroza ya suena un tambor muy viejo y feo, que mil voces le acompañan, y yo entono lo que puedo, que ese día es de alegría para este humilde pregonero, y que es el único día que sonrío al salir de mi pueblo.

Vayámonos para el camino, y hay que seguir el Plan Romero, como si fuese religión, porque si al salir del pueblo me dan la 62, los bueyes vienen de vuelta cuando llega mi camión. Así que, por favor, vamos a ser solidarios y vamos a hacer caso al Plan y a las personas que velan por su cumplimiento. Gracias a ellos.

Allá vamos otro año, con la medalla en el pecho, los botos camperos y el pellejo de vino para el polvo del camino tras de la Hermandad, todos cantan a coro siguiendo a los bueyes y al simpecado, dejando, en sus pasos, al pueblo detrás. Pero ay, paisano, quién se acuerda de El Campillo. Quién se acuerda ya del pueblo cuando emprendes el camino y te ciega la alegría en compañía de los amigos. Quién se acuerda de sus calles, calles de piedra dura, entrecruzadas, a la inglesa, que esas horas de amargura sólo los perros atraviesan. Ay pueblo de mis amores que arriba te has quedado sólo, viste partir a tantos hijos que tienes miedo al abandono; no sufras por nosotros que vamos de peregrinaje, volveremos a tus calles, a tus plazas, a tus parques... porque tú eres nuestra herencia, porque no ha nacido sitio que se acerque al encanto de tu esencia. Allá vamos otro año, tú no llores nuestra ausencia.

Para los viejos romeros, hay tradiciones ancestrales. Tradiciones tan arraigadas que jamás deben perderse, que deben ser imborrables. Por la senda que va al campo, sobre las aguas de la rivera del Cachán, se bautizaba con manzanilla a los nuevos peregrinos, a los que por primera vez hacen el camino. Y, amigos míos, algo es que debe tener, porque el que viene, repite; el que no viene un año, sólo piensa volver... y el que escucha hablar de ello, se muere por venir alguna vez. Bautizaré yo a mis hijos, como bautizado pude ser.

Qué bonito que esta el campo al llegar la primavera, qué bonitos los jarales que visten cada ladera; aquí ya huele a azahar y a tu perfume, romera, que el sol te hace preciosa esta mañana en la vereda, y te envidian las mariposas que ya vuelan por tu vera. Qué bonito es el camino, qué bonito, con mi gente, que anda de carro en carro, que no falta el aguardiente, que lo mio, es tuyo, y de los que te acompañen, que esta fiesta es solidaria, que aquí nadie pase hambre, que lo mío, es tuyo, y de los que te acompañen. Así se vive el camino, así me enseñó mi madre.

Ya está la comitiva entrando en el Rocalero, atrás nos queda el camino, delante un rezo sincero, entre los gritos de “¡Viva!” de miles de campilleros. Encinas que nos dan sombra y que nos han visto crecer... las mismas piedras de antaño, el mismo suelo de ayer. Toda la gente ya está por la zona repartida, con su gente disfrutando, de cante y buena comida, porque es un día de campo, que estamos de Romería, y que el lunes llega volando.

Vamos de encina en encina, con la guitarra y la caña; vamos de encina en encina, que no me importa el mañana; vamos de encina en encina porque son todas hermanas, y que no se pongan celosas de que una no le cantaran; porque de encina en encina te canto por sevillanas.

Los días de campo son breves, no quiero oír el cohete... Porque estamos disfrutando, después de un año esperando, a veces llega el domingo y no quiero oír el cohete que dice que recojamos; que ya comienzo a perderte. No quiero oír el cohete ni salir de Rocalero, que las promesas se pierden, y después de un año entero no se si volveré a verte. Sé que hicimos la promesa, de venir a por el romero para poder conquistarte, ay Santa Cruz de El Campillo, y me dan ganas de quedarme. Que nadie tire cohetes, que yo me quedo en mi encina, con mi medalla en la mano hasta el año que viene, que el lunes llega volando, mi encina qué suerte tiene.

Pero al final, suena. Se escucha el maldito estallido de amargura, allá en el cielo, dejando una estela muy gris, y una sensación de pena, pura y dura. Y la garganta se seca y no articulas palabra, cuando el domingo resuena en el cielo una risa macabra, la del dichoso cohete, que señala la marcha. Emprendemos el camino, disfrutando de la vuelta, con el corazón encogido, y las ilusiones ya muertas, volvemos al pueblo por la oscura senda que apenas recuerda a lo que fue esa tarde, en apenas unas horas como cambia tu paisaje: fuiste color en la ida y ahora es un triste viaje.

Vacío. Sólo queda vacío cuando regresas al pueblo y cada carroza, cada reunión, tiran para su sitio a recoger y despedirse, llegamos a nuestras casas melancólicos, aunque felices, porque ya afloran los recuerdos de todos esos días atrás...

Te quitas los botos, les sacudes la arena y el barro, dejas las gafas y el sombrero, te desabrochas la camisa, y, entonces, te golpea en el pecho, con un golpe frío y seco, con la dureza de la cruda realidad, la medalla de la Cruz que llevabas colgá. La tocas, la miras, la sientes, y te das cuenta de que sólo es el día 1, de 365 que quedan para volvértela a colocar, que sólo son doce meses, que sólo es un año más.

Yo, cuando pasen estos días y eche la vista atrás, me acordaré de este pregón, del momento de leéroslo, de cada uno de los ratitos que he pasado escribiéndolo, de informarme de sus cosas, de empaparme en su cultura, de aprenderme toda su historia y escribirle florituras. De las prisas por terminarlo, y del rapeo que nunca fue, del miedo al afrontarlo y las ganas de hacerlo bien. Esta Romería está en mi memoria, a fuego grabada en mi sien.

Para los que amamos este pueblo, decir adiós a la Romería es un trago muy difícil, y, el lunes, ver las carrozas ya tan desaliñadas repartidas por la calle, te duele un poquito más. Lo importante es lo que queda, que siempre son los recuerdos, y volver, quien pueda, cada fin de semana para compartirlos con todos los demás, con mis paisanos del día a día, con mi gente de verdad.

Y este sentimiento seguro que es compartido, porque todos hemos crecido entre estas calles empedrás, porque hemos vivido la Romería desde críos y nos hemos encandilado desde siempre con este despliegue de color y de alegría.

Porque todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra historia en este pueblo, de por qué amar a El Campillo, de por qué amar la Romería.

Yo, que soy campillero nacido en Huelva, recuerdo venir a mi Campillo cada fin de semana, antes, incluso, de tener casa propia aquí, a casa de mis abuelos, Ana y Benito, y corretear por las calles vecinas y sentirme más libre que allá en la capital, más natural, menos forzado. Comenzaba a enamorarme de este lugar, empezaba a calar en mí el sentimiento salvocheano, de esta tierra, de mi Campillo.

Cuando llegaba mayo, alucinaba. Alucinaba con cada nota de color que la Romería nos regalaba; todas esas mujeres, hermosas, vestidas de cada color existente en este mundo y cargadas de vistosos ramos de flores para ofrecérselas a su Cruz, en una Ermita vestida de gala. Todos esos caballos, todas esas carrozas adornadas con faroles... un ambiente sencillamente hermoso, especial, mecido al son del tamborilero, que hizo que, para mí, ni ese mayo, ni ningún otro desde entonces, fuera otro mes más. Porque me hicisteis romero, desde que sólo era un chaval, y, aunque me paguen dinero, todo el dinero, un dineral, seguiré estando cada mayo en Rocalero, con mi medalla colgá.

Y, así, fueron pasando los años, fueron pasando los mayos y, yo, haciéndome mayor. Dejé de ir a la Romería con mis padres y sus amigos, Los amigos de la Cruz, con los que tantos buenos recuerdos tengo, para comenzar a vivir la Romería de otra forma, con mis amigos, de los que muchos son hermanos, mis Zorriketas. Son, de momento, siete años compartiendo risas y cantes, inventando sevillanas, discutiendo y reconciliándonos, comiendo y bebiendo, viviendo, disfrutando... siete años con éste, sin faltar ninguno, y espero, de verdad, que sean muchos más.

Hoy, viéndome aquí, abriendo las fiestas con este humilde pregón, me vienen a la mente esos años de zagal, cuando todo me sorprendía y me asustaba, con el vértigo inherente a las cosas que se hacen por primera vez; me siento igual hoy aquí arriba, en frente de vosotros, con unas mariposas en el estómago que aletean por la emoción. Me siento ahora niño de nuevo, y es maravillosa esa sensación.

Por todo esto, por mi orgullo campillero, cuando alguien ahora intenta menospreciarnos, cuando alguien de fuera nos mira por encima del hombro, creyéndose más por ser de capital, o de una población más grande que ésta, sólo les puedo decir:


Sé de alguna gran ciudad, amigo prepotente; sé de donde las personas no son más que gente. Yo soy de mis paisanos, de la luna y el relente, del trueque de saludos y caras sonrientes.

De la fiel naturaleza, también la amarga hiel del minero allá en los cerros color miel, nace este rincón, a veces desprestigiado, donde luce más el sol y son cipreses su legado.

Cuna de poetas y de libre pensadores; hermanos de una cruz en mayo bañada en flores. Yo soy de El Campillo, la vieja Salvochea... Tú sé de alguna gran ciudad: triste, gris y fea.

Muchas Gracias.

¡Viva El Campillo! ¡Viva la Cruz! ¡Viva nuestra Romería!