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Pablo Pineda

El Campillo

El día de la participación

El día de la participación

Trece entidades vuelcan su actividad sobre la ciudadanía en el XIV Encuentro de Asociaciones de El Campillo

EL CAMPILLO. El día (el fin de semana) de la participación. Trece entidades sin ánimo de lucro, solidarias, volcaron su obra sobre la ciudadanía en el XIV Encuentro de Asociaciones de El Campillo, la ineludible cita, marcada en rojo en el calendario del tejido social salvocheano, celebrada entre el 14 y el 15 de junio en la Plaza del Ayuntamiento de la localidad minera. Era su momento, el de poner en valor su aportación, su contribución, al bienestar social, a la igualdad, a la cultura, al medio ambiente, al deporte...

El programa era amplio, como el elenco de asociaciones que se dieron la mano, una vez más, en esta iniciativa promovida, desde 2001, por el Ayuntamiento de El Campillo y los Servicios Sociales Comunitarios adscritos a la Diputación Provincial de Huelva. No faltó la lucha contra el olvido de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFA) de El Campillo a través de su irremplazable tómbola solidaria y la rebeldía contra el cáncer de Acamacum y los dulces de sus manos artesanas. Todo ello, en un escenario en la que la mujer era actriz protagonista, a través de Mucam, Atenea y el Taller El Duende.

Las hermandades de la Santa Cruz y de la Virgen de La Granada también ocupaban su espacio, como lo hacen, bien arraigadas, en el paisanaje de un municipio que en primavera se baña en flores. Tanto como el carnaval, presente, como cada mes de febrero, con las letrillas de las veteranas peñas Los Diablos y Los Esponjas, con un toque de ironía, de crítica, de libertad musical al que acompañó la solemnidad de la Banda de Música y los Amigos del Aula. Todo ello, en un ambiente envuelto por la mejor temporada de la Escuela Municipal de Fútbol Base, las rifas de la Peña Barcelonista Camp Barça y la pasión por el caballo de La Guindaleta.

Actuaciones, exposiciones de manualidades, una amalgama de juegos de mesa tradicionales y de agua, saludables maratones de aeróbic, baile de salón, degustaciones de las tapas más variadas y exquisitas, comidas populares... La estampa, la convivencia, la alegría, la suma, la fusión de todo ese esfuerzo desinteresado, de esa inestimable e imprescindible entrega a los demás, al municipio propio, al desarrollo rural, a la dinamización sociocultural, a la fijación de la población al territorio, era completa. El compromiso, renovado.

El PSOE reedita su victoria en El Campillo

Los socialistas obtienen en el núcleo minero un respaldo del 61,87% en unas Elecciones Europeas que ponen en jaque el bipartidismo imperante

EL CAMPILLO. Las Elecciones al Parlamento Europeo, que en el territorio nacional han otorgado una reducida victoria del PP plasmada en los 16 eurodiputados cosechados por la candidatura que encabezaba el ex ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente Miguel Arias Cañete y que ha puesto en jaque el bipartidismo imperante desde, prácticamente, el inicio de la actual etapa democrática (el PSOE ha obtenido 14 escaños en Bruselas), ha arrojado una nueva amplia victoria del puño y la rosa en El Campillo. La fuerza socialista aglutinó el domingo en el núcleo minero 404 de las 653 papeletas emitidas (sólo acudió a las urnas el 36,14 por ciento del censo), un respaldo del 61,87 por ciento.

Frente a ello, en el marco de una jornada marcada por una fuerte abstención, acuciada en el caso de El Campillo por el cambio de ubicación del colegio electoral desde el antiguo parvulario hasta el CEIP La Rábida, desde el extremo suroeste del casco urbano hasta el ala noreste, los populares fueron destinatarios de 84 votos. Mientras, IU, formación que gobernó el Ayuntamiento de la antigua Salvochea entre 1995 y 1999, apenas recibió 40 apoyos y el PA, que en la actualidad ostenta la Alcaldía en minoría en el Consistorio minero y que no contó con interventores ni apoderados en la cita, sólo 22, menos, incluso, que el emergente Podemos de Pablo Iglesias (28) y los mismos que UPyD.

El reencuentro de un pueblo

El reencuentro de un pueblo

Más de 2.500 personas caminan hasta Rocalero para bañar en romero a la Santa Cruz · Hermandad entre encinas en una fiesta que recupera a los que ya no están

EL CAMPILLO. Comienza de nuevo la cuenta, la que nadie pierde. Vuelven a quedar 362 días. Para el reencuentro, con la Santa Cruz, con el pueblo, para el retorno de ese primer fin de semana de mayo, del alba de ese viernes en el que los campilleros no duermen. Han sido días de devoción, de amor, de solidaridad, de amistad, de abrazos, de exaltación, de emociones a flor de piel. De camino, entre brezo, jara y azahar. De alegría, de risas, de cante y palmas al compás. De recuerdo, de rescate de la memoria de los que ya no están, de las ausencias, de sentimientos encontrados, de evasión, de vuelta, de felicidad, de libertad. Porque el reloj se había parado. El tiempo se había detenido. No había nada más. Sólo Romería.

Ya sonó el cohete, el que el domingo marcaba, como siempre, el regreso a ese pueblo que quedó desierto, que vio marchar a sus hijos, emigrantes pasajeros, no eternos, a pie, a caballo o en carreta, en hermandad. Vuelve la rutina. Queda el vacío, la nostalgia, la melancolía, las anécdotas, las gargantas roncas, ese chalequillo eterno, con el polvo incrustado de 36 caminos, los botos, la camisa, la medalla, que vuelven a su lugar, a esperar, una vez más, la llegada de esa brisa especial, de la aurora de los primeros días de ese quinto mes, el más anhelado por todos los salvocheanos.

Atrás queda esa mirada al cielo del sábado, en busca del cielo azul, del cálido manto de los rayos de sol, de la confirmación de que las nubes, el agua, no van a entorpecer el camino, del esplendor, el que emana de esos primeros sones de cohetes y tamboriles que anuncian la senda, el próximo doble avance (el de ese día, a por el romero para bañar a la Santa Cruz, y el del siguiente, ya con el simpecado) por Cuatro Vientos hasta la finca El Cura, no sin antes atravesar la ribera de Cachán y bautizar allí, con manzanilla, a ese novel romero ya para siempre entregado, unido, a la Santa Cruz, a la Romería, a El Campillo. Sus rodillas en el suelo y esas gotas de vino sobre sus cabellos dejarán la huella, perenne, de su paso, ya jamás olvidado.

Las imágenes se suceden hoy en las retinas de todos los salvocheanos. Los buenos ratos vividos, los cantes con los amigos, todos hermanos, bajo la sombra de unas encinas y alcornoques testigos de la alegría de un pueblo, de su esencia, de su espíritu, de su luz, que añoran a los que se marcharon, que se saben de memoria esas sevillanas compuestas por uno de los precursores, alma mater de la Romería, Rodrigo Palacios. Esas letras que ya hoy, cuando se inicia de nuevo la cuenta, cantan sumidos en la tristeza, en la amargura aquellos abocados a decir de nuevo adiós a su pueblo, a sus calles, a su paisaje y a su gente: “¡Ay pueblo de mis amores, qué ganas tengo de verte y sentarme en tu Paseo, bebiéndome el aguardiente con el agua de El Perneo!”.

Pregón de la Romería de la Santa Cruz de El Campillo 2014

Por Fran Arroyo Sánchez

Un folio en blanco. Se presenta ante mi éste reto, casual y espontáneo, que no busqué, ni tan siquiera imaginaba, como el inmenso vacío de un folio en blanco. Folio en blanco que pintar de alegría, de sonrisas y compás, de sevillanas, las de mi pueblo, que el viernes por la mañana, antes de que aclare el día, mantiene esta villa en ascuas, en vilo, pensando en el cante y el vino, pensando en su Romería.

Es para mí un honor dar comienzo a mi fiesta preferida, y la de muchos de vosotros, la que más distingue y caracteriza a nuestro pueblo. Este honor, que agradezco a toda la Hermandad de la Santa Cruz, y que ha dado un aire especial y único a mi Romería, lo tomo con el máximo cariño y respeto, el que sin duda se merece, y lo recordaré, cada año, con cada salva de cohetes, con cada repique de campanas, con cada haba enzapatá y cada traje de gitana. Con cada “¡Viva!” de los míos, campilleros siempre fieles, que por mayo vestís la Ermita de rosas y claveles, siempre lindas flores, como lindas son sus mujeres.

Romería, Romería... eres tú, desde hoy, la dueña y señora de los corazones de mis paisanos, de mi gente, la que habita en la mente de cada uno de mis hermanos; desde el más anciano, que te piensa y ríe, hasta ese pequeño que va en burro, por vez primera, y que ya has puesto a tus pies, Romería, para lo días que aún le quedan.

Porque eres verso y eres prosa, porque eres todo a la vez. Compañía, de esos amigos que, desde mucho tiempo antes, organizan su camión, van a preparar su encina, elaboran la comida y te dan forma, y vida, reunión por reunión. Y la soledad, del que hoy no puede verte, vestidita de romero, del campillero ausente, que seguro llora, sin consuelo, esperando volver a verte en los años venideros. Yo tengo amigos que no pueden estar, tengo familia que no puede estar, y disfrutaré por ellos, como vosotros, brindando por que volverán.

Así que Viva, Viva mi Romería, y nuestra ermita bien vestía, que se abre oficialmente entre cantos de alegría, al son del tamboril y del gozo de estos días. Y si, viva ese sentimiento, el sonido de las campanas, con vino para el sediento y para el hambriento, habas, y el fervor que se respira en la calle Granada con la nueva venida de la fecha más esperada.

Viva el aroma de romero por las calles de El Campillo, por la víspera de mayo que encandila a los chiquillos, porque todos mis paisanos se alejan de sus labores para vivir otro año ésta feria de ilusiones, de reencuentros con hermanos y de vivas emociones, de camaradas ausentes que vuelven a sus raíces, porque esta fiesta de flores, de medallas y tambores, de camino, de colores... nadie se quiere perder. Viva mi tierra romera, donde yo quise nacer.

Viva El Campillo, señores, viva la Cruz en su altar, y la Hermandad que nos une y que nos da todo, sin más. Orgullo del campillero, tener esta medalla colgá. Son 36 primaveras de camino detrás, 36 años devotos tragando el polvo al cantar, con la bota de vino para la garganta aclarar. Camino del Rocalero los peregrinos van ya, en busca del deseado romero para poderte ofrendar, y lanzar Vivas al cielo para volverte a gritar, con su gracia bendita: ¡Viva la cruz de mi pueblo, de España la más bonita!

Que suenen Vivas, muy vivos, por los que no volverán, por los que el tiempo, el destino, se han llevado a otro lugar. Por todos esos paisanos, amigos en general, que han contribuido, con todo, para que este pueblo sea más. Viva por Curro Lozano, que en su caballo era grande, que me mataba de niño por verlo arrodillarse ante la Cruz de El Campillo, con su destreza y su clase. Un romero legendario, pasen los años que pasen. Viva por Chele también, nuestro guardián del monte, que todo el campo recuerda con quietud rara su nombre, y cada jara, cada brezo, saben que él fue su hombre. Viva por todos, hermanos, que arriba siguen su fe, por su camino de nubes, hasta un nuevo amanecer.

Viva y viva, que vivan en la memoria colectiva de este pueblo, que vivan los pioneros, los primeros en hacerlo, fundadores de hermandad, hermanando sentimientos. Vivan los primeros, los que sacaron adelante, en otros tiempos, lo que hoy es alma mater del sentirse campillero, del camino a Rocalero, pasando por Cuatro Vientos. Vivan esos señores, de coraje y sacrificio, de ilusión y buen hacer, de oficio... que levantaron la Romería, pintando los grises cielos, como fuegos de artificio, en mayo con el sol que da color a cada rincón, cada resquicio.

Así que vivan Matías, Carmelo, Romanero y Rodrigo. Éste último poeta, amigo de letras, rimas y versos, compositor de sevillanas, campillero hasta los huesos, banda sonora del camino, peregrino, que cada paso lleva impreso.

Rodrigo Palacios, vamos en tu compás siempre mecidos, agradecidos cada año, por cada verso que has parido, por cada rima, hija tuya, que has brindado a tus paisanos, y a tu Cruz, y a cada uno de tus hermanos. Viva tú, Rodrigo, entre cohetes y tamboriles cada una de esas mañanas, cuando tu pueblo se despierta con aire de sevillanas; viva tú, Rodrigo, cuando en el encinar, toda la gente repartida, respira la alegría del día de Romería; viva tú, Rodrigo, cuando alguien me pregunta que en qué pueblo yo he nacío, porque aunque haya nacido en Huelva, respondo que en El Campillo, donde luce más el sol y la luna tiene más brillo. Viva tú, Rodrigo.

Viva porque esta viva la Romería, gracias a hombres como esos, gracias hombres y mujeres como las que forman hoy la directiva de la Hermandad, por muchos otros que también colaboran. Vivan todos ellos por mantener la llama viva. Viva cada reunión, cada camión, cada caballo y cada flamenca, cada charré, cada burro, cada encina que nos flanquea... porque todo es Romería, por los años que nos quedan. Hay que mantener la llama viva, la tuya, la mía, como sea.

Amanece el viernes, ya es 2 de mayo, la calle Granada otra vez está de gala para recibir esa tarde la ofrenda floral. Todas mis campilleras se ponen muy guapas, con volantes y colores, vamos, que son flores más bonitas que las del ramo que van a ofrendar. Que el pasodoble dice “espejo de lindas mujeres”, pero lindas, lindas de las de verdad. Y es que este mayo, esta primavera, mis versos todos para mi pueblo, todos para mi tierra; que no hay, ay mi romera, na más grande que rimarte, campillera.

Ya el ambiente se nota diferente, la gente está revolucionada, los caballos todos en la calle, en los bares ya no caben más; colegas dándose abrazos, brindando por su amistad, ultimando los detalles del camino, del campo y todo lo demás. Ese es el ambiente de mi pueblo, el viernes de Romería, todo son abrazos, cantes y risas... ojalá que todos los días fueran igual.

¡Qué vivan los mayordomos! Ya viene el cambio de varas, los mayordomos salientes dejan su periplo atrás, pero queda en su recuerdo encabezar la comitiva y guiar al peregrino, de forma segura, desde Cuatro Vientos hasta la finca “El Cura”, y estar en boca de sus paisanos por su entrega en fechas duras. Que esta crisis que nos merma, merma la mayordomía, y, preguntad al que lo ha sido, no hay dinero que compense un recuerdo para toda la vida. Por eso, ¡que vivan los mayordomos! De este año y los siguientes, porque también es que por ellos la Romería no se resiente y pasan las tradiciones hasta nuestro descendientes. Vivan.

Son horas previas de nervios, de mariposas en el vientre; horas previas de cante con la gente, de palmas al compás y ganas de entrar en ambiente. Ya corre el rebujito por las venas de los míos, la cerveza bien fresquita, las copas de buen vinito, entonando la garganta con los “¡Viva!” a pleno grito. Esta noche será larga, ¿pero quién se atreve a dormir? Si es que la espera nos mata, los nervios mueven mis patas a ritmo de un popurrí de sevillanas muy nuestras, de sevillanas de aquí... que las horas previas me pueden, si huele a encina de aquí, si huele a jara y azahares, y bebo los vientos por ti. A ver quién duerme un viernes, para no verte venir.

Ya es sábado, señores, la diana despierta a los pocos que pudieron conciliar el sueño; cohetes y tamboriles, prisas en mi casa y en la tuya y en la de miles. Porque el primer peregrinaje, el primer camino hacia Rocalero, está a punto comenzar.

Lo primero que hago es abrir bien las ventanas y salir corriendo al patio para ver si el sol está; todos los campilleros venimos mirando el cielo, siempre esa mañana y desde varios días atrás, como si a nosotros el clima nos fuera a echar para atrás. Aunque con el sol, todo sea dicho, se luce más nuestra fiesta, la alegría, el jolgorio y el compás, ya puede haber tormenta o hacer un calor infernal, que aquí nadie se lamenta, y siempre con las botas puestas, ensillados los caballos y las carretas preparadas, para traer ese romero que entregarle a la Hermandad, y a esa Cruz que siempre une en fechas tan señaladas. Porque la Cruz siempre fue amor, amistad y libertad.

Esa mañana, la plaza de Salvochea tiene un aire especial. Todas las carrozas, preciosas, con sus toldos de colores y farolillos por doquier, se enfilan una tras otra, dispuestas pacientemente por nuestra maraña de calles rectas para poder coger la vez, y la gente se mueve, parriba y pabajo, currando a destajo para que su Romería sea perfecta otro año, otra vez.

Por fin se mueve la cosa, todo un año en ese momento, en el que el camino se emprende y se prenden los sentimientos. Que yo me abrazo a mi amigo, que me muera en ese momento, que nos despiden las calles camino de Cuatro Vientos. Que en mi carroza ya suena un tambor muy viejo y feo, que mil voces le acompañan, y yo entono lo que puedo, que ese día es de alegría para este humilde pregonero, y que es el único día que sonrío al salir de mi pueblo.

Vayámonos para el camino, y hay que seguir el Plan Romero, como si fuese religión, porque si al salir del pueblo me dan la 62, los bueyes vienen de vuelta cuando llega mi camión. Así que, por favor, vamos a ser solidarios y vamos a hacer caso al Plan y a las personas que velan por su cumplimiento. Gracias a ellos.

Allá vamos otro año, con la medalla en el pecho, los botos camperos y el pellejo de vino para el polvo del camino tras de la Hermandad, todos cantan a coro siguiendo a los bueyes y al simpecado, dejando, en sus pasos, al pueblo detrás. Pero ay, paisano, quién se acuerda de El Campillo. Quién se acuerda ya del pueblo cuando emprendes el camino y te ciega la alegría en compañía de los amigos. Quién se acuerda de sus calles, calles de piedra dura, entrecruzadas, a la inglesa, que esas horas de amargura sólo los perros atraviesan. Ay pueblo de mis amores que arriba te has quedado sólo, viste partir a tantos hijos que tienes miedo al abandono; no sufras por nosotros que vamos de peregrinaje, volveremos a tus calles, a tus plazas, a tus parques... porque tú eres nuestra herencia, porque no ha nacido sitio que se acerque al encanto de tu esencia. Allá vamos otro año, tú no llores nuestra ausencia.

Para los viejos romeros, hay tradiciones ancestrales. Tradiciones tan arraigadas que jamás deben perderse, que deben ser imborrables. Por la senda que va al campo, sobre las aguas de la rivera del Cachán, se bautizaba con manzanilla a los nuevos peregrinos, a los que por primera vez hacen el camino. Y, amigos míos, algo es que debe tener, porque el que viene, repite; el que no viene un año, sólo piensa volver... y el que escucha hablar de ello, se muere por venir alguna vez. Bautizaré yo a mis hijos, como bautizado pude ser.

Qué bonito que esta el campo al llegar la primavera, qué bonitos los jarales que visten cada ladera; aquí ya huele a azahar y a tu perfume, romera, que el sol te hace preciosa esta mañana en la vereda, y te envidian las mariposas que ya vuelan por tu vera. Qué bonito es el camino, qué bonito, con mi gente, que anda de carro en carro, que no falta el aguardiente, que lo mio, es tuyo, y de los que te acompañen, que esta fiesta es solidaria, que aquí nadie pase hambre, que lo mío, es tuyo, y de los que te acompañen. Así se vive el camino, así me enseñó mi madre.

Ya está la comitiva entrando en el Rocalero, atrás nos queda el camino, delante un rezo sincero, entre los gritos de “¡Viva!” de miles de campilleros. Encinas que nos dan sombra y que nos han visto crecer... las mismas piedras de antaño, el mismo suelo de ayer. Toda la gente ya está por la zona repartida, con su gente disfrutando, de cante y buena comida, porque es un día de campo, que estamos de Romería, y que el lunes llega volando.

Vamos de encina en encina, con la guitarra y la caña; vamos de encina en encina, que no me importa el mañana; vamos de encina en encina porque son todas hermanas, y que no se pongan celosas de que una no le cantaran; porque de encina en encina te canto por sevillanas.

Los días de campo son breves, no quiero oír el cohete... Porque estamos disfrutando, después de un año esperando, a veces llega el domingo y no quiero oír el cohete que dice que recojamos; que ya comienzo a perderte. No quiero oír el cohete ni salir de Rocalero, que las promesas se pierden, y después de un año entero no se si volveré a verte. Sé que hicimos la promesa, de venir a por el romero para poder conquistarte, ay Santa Cruz de El Campillo, y me dan ganas de quedarme. Que nadie tire cohetes, que yo me quedo en mi encina, con mi medalla en la mano hasta el año que viene, que el lunes llega volando, mi encina qué suerte tiene.

Pero al final, suena. Se escucha el maldito estallido de amargura, allá en el cielo, dejando una estela muy gris, y una sensación de pena, pura y dura. Y la garganta se seca y no articulas palabra, cuando el domingo resuena en el cielo una risa macabra, la del dichoso cohete, que señala la marcha. Emprendemos el camino, disfrutando de la vuelta, con el corazón encogido, y las ilusiones ya muertas, volvemos al pueblo por la oscura senda que apenas recuerda a lo que fue esa tarde, en apenas unas horas como cambia tu paisaje: fuiste color en la ida y ahora es un triste viaje.

Vacío. Sólo queda vacío cuando regresas al pueblo y cada carroza, cada reunión, tiran para su sitio a recoger y despedirse, llegamos a nuestras casas melancólicos, aunque felices, porque ya afloran los recuerdos de todos esos días atrás...

Te quitas los botos, les sacudes la arena y el barro, dejas las gafas y el sombrero, te desabrochas la camisa, y, entonces, te golpea en el pecho, con un golpe frío y seco, con la dureza de la cruda realidad, la medalla de la Cruz que llevabas colgá. La tocas, la miras, la sientes, y te das cuenta de que sólo es el día 1, de 365 que quedan para volvértela a colocar, que sólo son doce meses, que sólo es un año más.

Yo, cuando pasen estos días y eche la vista atrás, me acordaré de este pregón, del momento de leéroslo, de cada uno de los ratitos que he pasado escribiéndolo, de informarme de sus cosas, de empaparme en su cultura, de aprenderme toda su historia y escribirle florituras. De las prisas por terminarlo, y del rapeo que nunca fue, del miedo al afrontarlo y las ganas de hacerlo bien. Esta Romería está en mi memoria, a fuego grabada en mi sien.

Para los que amamos este pueblo, decir adiós a la Romería es un trago muy difícil, y, el lunes, ver las carrozas ya tan desaliñadas repartidas por la calle, te duele un poquito más. Lo importante es lo que queda, que siempre son los recuerdos, y volver, quien pueda, cada fin de semana para compartirlos con todos los demás, con mis paisanos del día a día, con mi gente de verdad.

Y este sentimiento seguro que es compartido, porque todos hemos crecido entre estas calles empedrás, porque hemos vivido la Romería desde críos y nos hemos encandilado desde siempre con este despliegue de color y de alegría.

Porque todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra historia en este pueblo, de por qué amar a El Campillo, de por qué amar la Romería.

Yo, que soy campillero nacido en Huelva, recuerdo venir a mi Campillo cada fin de semana, antes, incluso, de tener casa propia aquí, a casa de mis abuelos, Ana y Benito, y corretear por las calles vecinas y sentirme más libre que allá en la capital, más natural, menos forzado. Comenzaba a enamorarme de este lugar, empezaba a calar en mí el sentimiento salvocheano, de esta tierra, de mi Campillo.

Cuando llegaba mayo, alucinaba. Alucinaba con cada nota de color que la Romería nos regalaba; todas esas mujeres, hermosas, vestidas de cada color existente en este mundo y cargadas de vistosos ramos de flores para ofrecérselas a su Cruz, en una Ermita vestida de gala. Todos esos caballos, todas esas carrozas adornadas con faroles... un ambiente sencillamente hermoso, especial, mecido al son del tamborilero, que hizo que, para mí, ni ese mayo, ni ningún otro desde entonces, fuera otro mes más. Porque me hicisteis romero, desde que sólo era un chaval, y, aunque me paguen dinero, todo el dinero, un dineral, seguiré estando cada mayo en Rocalero, con mi medalla colgá.

Y, así, fueron pasando los años, fueron pasando los mayos y, yo, haciéndome mayor. Dejé de ir a la Romería con mis padres y sus amigos, Los amigos de la Cruz, con los que tantos buenos recuerdos tengo, para comenzar a vivir la Romería de otra forma, con mis amigos, de los que muchos son hermanos, mis Zorriketas. Son, de momento, siete años compartiendo risas y cantes, inventando sevillanas, discutiendo y reconciliándonos, comiendo y bebiendo, viviendo, disfrutando... siete años con éste, sin faltar ninguno, y espero, de verdad, que sean muchos más.

Hoy, viéndome aquí, abriendo las fiestas con este humilde pregón, me vienen a la mente esos años de zagal, cuando todo me sorprendía y me asustaba, con el vértigo inherente a las cosas que se hacen por primera vez; me siento igual hoy aquí arriba, en frente de vosotros, con unas mariposas en el estómago que aletean por la emoción. Me siento ahora niño de nuevo, y es maravillosa esa sensación.

Por todo esto, por mi orgullo campillero, cuando alguien ahora intenta menospreciarnos, cuando alguien de fuera nos mira por encima del hombro, creyéndose más por ser de capital, o de una población más grande que ésta, sólo les puedo decir:


Sé de alguna gran ciudad, amigo prepotente; sé de donde las personas no son más que gente. Yo soy de mis paisanos, de la luna y el relente, del trueque de saludos y caras sonrientes.

De la fiel naturaleza, también la amarga hiel del minero allá en los cerros color miel, nace este rincón, a veces desprestigiado, donde luce más el sol y son cipreses su legado.

Cuna de poetas y de libre pensadores; hermanos de una cruz en mayo bañada en flores. Yo soy de El Campillo, la vieja Salvochea... Tú sé de alguna gran ciudad: triste, gris y fea.

Muchas Gracias.

¡Viva El Campillo! ¡Viva la Cruz! ¡Viva nuestra Romería!

Versos eternos a la Santa Cruz

Versos eternos a la Santa Cruz

El pregón de Fran Arroyo escudriña la esencia de una Romería que camina hacia su 36 peregrinación, acude a su raíz para rescatar la memoria de sus precursores y, como ausente, reivindica la luz de su pueblo frente al gris de la ciudad

EL CAMPILLO. Cuenta atrás. Nada falta. Todo queda. Por delante. La senda espera, en Cuatro Vientos, desde donde los “sentimientos prenden”. El azahar, la jara, el brezo y el romero acechan, en torno a la vereda, anhelantes del paso de los fieles caminantes, de un pueblo campillero que, como reza la sevillana, no duerme, está en vela, porque sólo piensa en su Romería. Ya está aquí, se acerca, se aproxima, ya ha llegado, porque la ha traído el pregón, la alocución, la prosa, el verso nunca extinto, eterno, de aquel que se define como un ausente don nadie pero que es y está presente, que no se va, que siempre vuelve: la poesía de un joven, de Fran Arroyo Sánchez.

Era la eclosión, el estallido, el pistoletazo de salida, el ensalzamiento de todas esas esencias que la rutina guarda, aunque no tapa, y que brotan cada primavera, las que acuna la Romería de la vieja Salvochea, las de su devoto y pagano peregrinaje, el que ya se otea en el horizonte inmediato, las que giran en torno a esa Santa Cruz que siempre fue, desde su génesis, como recordaba el pregonero, “amor, amistad y libertad”. Todo ello y más, la solidaridad a raudales, la hermandad del camino hacia Rocalero, ese sincero “que lo mío es tuyo y de los que te acompañen”, se plasmaba sobre el papel, en el negro sobre blanco estampado por Fran Arroyo Sánchez, en unos folios vacíos que para siempre quedarán escritos, como huella, como parte de la historia romera, de sus 36 años de tradición inquebrantable.

El pregón aludió a ese trayecto, a los inicios, al alma mater de la fiesta de mayor arraigo entre los campilleros. “Viva y viva, que vivan los pioneros, Matías, Carmelo, Romanero y Rodrigo”, recitaba Fran Arroyo Sánchez. Los traía a la memoria, en especial, al último, ya desaparecido, “poeta, amigo de letras, compositor de sevillanas, banda sonora del camino, peregrino que cada paso lleva impreso”, padre de El Campillo en el que luce más el sol y la luna tiene más brillo. “Que suenen vivas, muy vivos, por los que no volverán, por los que el tiempo, el destino, se ha llevado a otro lugar”, gritó, para enaltecer su recuerdo, para que nunca se marchen, porque “han hecho que este pueblo sea más”.

Los versos fueron en sí mismos una proclama de ese profundo sentir de quien, aunque ha nacido en una capital, siempre responde que en El Campillo. Se rebelaban contra lo urbano, contra quien, desde allí, se cree más, superior: “Sé de alguna gran ciudad, amigo prepotente; sé de donde las personas no son más que gente; yo soy de mis paisanos, la luna y el relente, del trueque de saludos y caras sonrientes. De la fiel naturaleza, también la amarga hiel, del minero allá en los cerros color miel, nace este rincón, a veces desprestigiado, donde luce más el sol y son cipreses su legado. Cuna de poetas y de librepensadores, hermanos de una cruz en mayo bañada en flores. Yo soy de El Campillo, la vieja Salvochea... Tú sé de alguna gran ciudad: triste, gris y fea”.

La memoria de Salvochea germina desde el símbolo de la represión

La memoria de Salvochea germina desde el símbolo de la represión

El Campillo amanece el 14 de abril, con una pintura del puño obrero y la bandera republicana en la pared en la que el franquismo levantó la Cruz de los Caídos

SALVOCHEA. El Campillo vuelve a amanecer Salvochea. Si en 2013 lo hacía, bajo la firma de las Juventudes Socialistas, con la aparición de la tricolor en los balcones del Ayuntamiento, al igual que ondeaba allá por 1931, esta vez ese sol de libertad, el violeta de la igualdad, emergía, sin que de momento se conozca su autoría, por uno de los símbolos del franquismo, por el lugar en el que se levantó la “indigna” Cruz de los Caídos por Dios y por España por parte de las mismas manos que, en paralelo, durante la Guerra Civil y la represión posterior, asesinaban con vileza a, como mínimo, 307 salvocheanos, 282 hombres y 25 mujeres, algunas de ellas ultrajadas y violadas antes de su fusilamiento y arrojo al anonimato de una fosa común. Su memoria, con sus nombres y apellidos, brota ahora desde la tierra, germina desde donde, como refleja la pintura, sale el puño obrero de todos aquellos que perdieron la vida, de todos los mártires de la democracia, de la legalidad republicana, para alzar de nuevo la bandera tricolor.

La imagen viene, una vez más, a devolver a El Campillo a su origen, a las entrañas de su propia historia, pues fueron los vientos revolucionarios de aquella Segunda República proclamada aquel 14 de abril, hace ahora 83 años, los que forjaron la independencia de un pueblo que rompía las cadenas que le ataban al municipio matriz de Zalamea la Real sólo unos meses después, cuando el 22 de agosto del mismo año se constituía el Ayuntamiento ya autónomo de Salvochea, uno de los primeros (si no el primero) que veía la luz en España bajo la luz de este sistema político democrático. Por ello, de algún modo, el cuadro, esa obra de arte de la calle, viene a reivindicar la restauración de aquellos tiempos, la culminación de una Transición “inacabada”, la devolución de la dignidad a tantas almas y a tantos sueños que fueron arrancados, de cuajo, por el brazo ejecutor de la barbarie y la sinrazón, por el genocidio de la intolerancia fascista personalizada en el caudillo.

La pintura, una ensoñación que, si bien no parece que vaya a ir más allá, una utopía que quizás aún no vislumbra el horizonte de la realidad, su materialización inmediata en la práctica, al menos, en esta ocasión, no será tan efímera como la del anterior 14 de abril, el de 2013, cuando sólo duró el tiempo que el alcalde, el andalucista Francisco Javier Cuaresma (que, con cuatro ediles, gobierna en minoría con el sustento de los dos del PP frente a los cinco del PSOE), tardó en ordenar la retirada de la bandera tricolor a la Policía Local y avisar a la Guardia Civil para interponer una denuncia que, hasta la fecha, no ha prosperado. El puño y los colores republicanos, el rojo, el amarillo y el violeta, todavía perduran en la pared que un día portó ese monumento franquista, esa cruz retirada en 1979 por la primera Corporación de la actual etapa democrática que entonces presidía el socialista Fernando Pineda, al igual que ocurrió con todos los nombres de los criminales que portaron las calles del municipio durante 40 años.

“Jara del campo no llores, que su voz no se ha apagado”

“Jara del campo no llores, que su voz no se ha apagado”

La Peña Flamenca Candil Minero homenajea a su precursor José Gómez Carrasco, ‘Chele’, guardián del monte y alma libertaria, con una emotiva gala · ‘El Montero’ y una ronda de fandangos de cantaores locales, el cartel

EL CAMPILLO. Silencio. Mutismo. Total. Absoluto. Hermosura. Tanta que dolía, que desgarraba, que oprimía, que anudaba las entrañas de un pueblo que callaba para escucharlo, para percibir su presencia, la esencia de su lucha, el susurro de su voz en el suave, tenue, silbido del aire... Para ensalzar su memoria, no para rescatarla, pues nunca se ha perdido. Para no notar la ausencia de quien nunca se ha ido. Ésta era la bella y punzante estampa que se respiraba, que ahogaba a todo el Teatro Atalaya, en el homenaje que la Peña Flamenca Candil Minero de El Campillo rendía a su precursor José Gómez Carrasco, Chele, guardián del monte, alma libertaria, cante. Porque, como rezaba el fandango compuesto para él por el salvocheano José Luis Diéguez Conde, “jara del campo no llores; que su voz no se ha apagado; pregúntale a la retama; que lo vio junto al vallao; y por soleá cantaba”. Como los grandes. Porque está, porque no se ha marchado.

Las palabras no salían. Lo hacían renqueantes. Se abrían paso como podían. Germinaban como la azucena en primavera. Puras. Blancas... En forma de cante, el del veterano cantaor local y presidente del Candil Minero Francisco Cumplido Orta. Con la garganta rota por la falta de un compañero, por la impotencia de que “siempre se van los buenos”. La emoción era tensa, desbordante. El momento, excelso: toda una vida en unos segundos, en unos minutos. El tiempo se paraba, se detenía, con cada diapositiva, con cada fotografía de Chele, con cada muestra de su compromiso, de su amor a los suyos, al medio natural y al flamenco, con el que se levantaba contra la injusticia social. Con cada sonrisa. Todo ello sobre las tablas del Teatro Atalaya, donde estaba José Gómez Carrasco, en cada rincón, en cada letra, en cada mudez, en cada lágrima que surcaba por las mejillas de un público absorto, entregado; en las farrucas y en los fandangos naturales de El Montero, en el jabalí bravío al que tanto admiraba, en el rechazo de su caza al furtivismo, en la luz de luna de El Cabrero, el maestro de Aznalcóllar que siempre le acompañaba.

Chele estaba en todas partes, como su espíritu solidario, como los cerca de 300 euros que su homenaje aportó a la lucha contra la terrible enfermedad que se lo arrancó de cuajo al corazón de la tierra, a la Cuenca, a El Campillo, pues la recaudación íntegra de la taquilla tuvo un destino útil, oportuno, la Asociación contra el Cáncer Acamacum. Porque la huella de José Gómez Carrasco es eterna, como el Candil Minero entregado a su familia por la Peña Flamenca que el fundó y recuperó, como los fandangos que lanzó al viento el amplio elenco de cantaores salvocheanos que componían José Manuel Rodríguez, Miri, Rafael Huelva, El Patita, Sandra García, Bernardina López, Francisco Cumplido y José Luis Diéguez. Volcaron su arte sobre la fiesta de su recuerdo, para despedirle, para darle la bienvenida, pues, una vez más, “jara del campo no llores; que su voz no se ha apagado; pregúntale a la retama; que lo vio junto al vallao; y por soleá cantaba”. Era él. Siempre Chele.

Domingo Fernández renueva el dominio del gurumelo ‘campillero’

Domingo Fernández renueva el dominio del gurumelo ‘campillero’

Sucede a Francisco Fernández como ganador del Concurso de Nerva con un ejemplar de 560 gramos, el único que superó el medio kilo

El mejor gurumelo, el de más peso, vuelve a tener acento campillero. Ésta vez, el de Domingo Fernández, quien se ha erigido en ganador del XII Concurso de Nerva con un ejemplar fresco de 560 gramos, un porte que fue más que suficiente para adjudicarse el cheque valorado en 100 euros y el diploma acreditativo en un certamen en el que ninguna seta llegó a superar el medio kilo. Con ello, el título volvía a la antigua Salvochea, toda vez que en la edición anterior, en un año más productivo, fue Francisco Fernández quien se subió al primer cajón del podio con un trofeo que alcanzó los 715 gramos.

El elenco de vencedores lo completaron el campofrieño afincado en La Dehesa (Minas de Riotinto) Román González, titular del mejor lote con la única cesta que pesó más de tres kilogramos, y María del Rocío Antonio del Valle, quien presentó la receta considerada más suculenta, encarnada en un plato de exquisitas empanadillas de gurumelo. Juan Delgado, Jesús del Toro y Carmen Guerrero se repartieron, por su parte, los segundos premios en las tres modalidades de manera respectivamente, dotados cada uno de ellos con 50 euros.

V Ruta Gastronómica del Gurumelo

En paralelo al concurso, Nerva es escenario de la V Ruta Gastronómica del Gurumelo, que se alargará hasta el próximo fin de semana para permitir la degustación de este manjar de la tierra y las innumerables posibilidades de presentación que ofrece, desde con chocos en amarillo hasta bajo la forma de una tortilla, sin olvidar los revueltos, los huevos rellenos, la carrillera en salsa, los flamencquines, las croquetas o la propia empanada que se envistió como triunfadora. Todo, por supuesto, presidido por el aroma de la seta de oro. Los visitantes, además del disfrute de esta amalgama de sabores, también aspiran al premio que se sortea entre quienes completen la ruta. Basta con consumir, al menos, una tapa en cada establecimiento participante.