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El fraude electoral del PP

El término fraude significa, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, “acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete”. Pues eso, un fraude electoral, es lo que ha perpetrado el PP de Mariano Rajoy después de las Elecciones Generales del pasado 20 de noviembre. Porque, tras llegar al poder, se ha olvidado de esa varita mágica que juraba tener para arreglar la crisis con la mera confianza que daría a los mercados su simple entrada en La Moncloa y acabar, de un plumazo, con los cinco millones de parados. La ha tirado a la basura para empezar a tomar las medidas que decía, hasta la saciedad, que jamás haría, para machacar, sin distinción, a los más débiles, ya sean jóvenes, mujeres, mayores o personas dependientes... Nadie se escapa a la ruin estafa de una derecha rancia y radicalizada que amenaza con el exterminio de los derechos sociales y laborales conquistados durante siglos de lucha, sudor y sangre obrera, que persigue, sin ni siquiera disimularlo, arrodillarnos, convertirnos en lo que siempre quisieron que fuéramos: sus sumisos vasallos.

Sobran las pruebas. La reforma laboral (o Ley del despido libre) es, quizás, la más palpable. Toda una declaración ideológica de las intenciones del neoliberalismo extremo, que ningunea a los representantes de los trabajadores, a los sindicatos, que no les escucha porque, simplemente, no les interesa su opinión, porque ni siquiera piensan que tengan que tener voz. El pueblo, para ellos, sólo es su siervo, y, como tal, lo desprecia y lo pisotea. Y lo hace sin importarle el engaño, el fraude, porque el fin, recuperar ese poder que consideran suyo, que no aceptan que la democracia se lo pueda arrebatar, justifica todos los medios, por perversos que sean, como los contratos en pruebas de un año sin indemnización o los de prácticas hasta los 33 años bajo salarios de 480 euros. Un salvoconducto, con la crisis y el sufrimiento como pretextos, para esclavizar a la sociedad. Y, al estilo de la mejor de la tiranías, con la siembra del miedo (a fuerza de golpes a los estudiantes valencianos) como freno de lo inevitable, la respuesta en la calle, el grito de la desesperación, el levantamiento de un pueblo agotado, cansado de opresión, desposeído de su empleo, su casa y su dignidad y, en consecuencia, sin nada que perder.

Hay más, mucho más. Porque el ahogo no sólo viene de esa Ley del despido libre. Rajoy no iba a subir impuestos. Y lo ha hecho. Quienes aún disfrutan de una nómina o una pensión (cada vez menos) han sufrido ya en sus carnes el incremento del IRPF. Y quienes no han perdido su casa lo verán en el recibo del IBI. Pero es que, a su vez, ha congelado el salario mínimo interprofesional por primera vez en la historia y ha erradicado de golpe la Renta Básica de Emancipación con la que los jóvenes accedían a su primera vivienda en régimen de alquiler (ahora tendrán que volver a casa de sus padres sine die). Todo ello, por no mencionar la espesa sombra que se cierne sobre la educación y la sanidad en forma de copago o la suspensión de la Ley de Dependencia durante un año, que quién sabe si no es una crónica de la muerte anunciada de ese cuarto pilar del Estado del bienestar. Y, por si fuera poco, han recortado las partidas de I+D+i para abocar al cierre a líneas de investigación, entre otras materias, sobre el cáncer o el alzheimer. No es lo único, hay más, como el desfachatado cambio, desde Madrid, de los temarios de las oposiciones convocadas en Andalucía o la cuasi justificación de la violencia machista al reducirla, como en otras épocas, a algo propio del entorno familiar.

El fraude electoral del PP es mayúsculo. La realidad de sus primeros meses, las primeras manifestaciones del programa que ocultaban con tanto celo bajo sus alfombras, es irrefutable. Pero aún se puede responder desde las urnas, sin necesidad de esperar cuatro años. Aún estamos a tiempo de frenar la marabunta de esa marea azul. El 25-M nos brinda esa oportunidad, la de lanzarles, desde Andalucía, el órdago del NO PASARÁN para reconquistar los derechos perdidos, robados, desde aquí, desde el sur, con la fuerza y el espíritu de lucha de nuestra tierra, del mismo pueblo libre que ya dio ejemplo de su voluntad de escribir su propio futuro aquel 19 de marzo de 1812 con la constitución de las Cortes de Cádiz; o el 28 de febrero de 1980, cuando selló su autonomía pese a la obstinación de esa derecha que aún cree en aquello de la ‘España una y grande’, que teme a la diferencia, a la pluralidad, porque hace aflorar su mediocridad, su intolerancia y su fanatismo.

El reto no sólo es ganar, desde Andalucía, una España de izquierdas, sino también una Europa y, por qué no, un mundo más solidario, justo e igualitario, exento de las cadenas del insaciable capitalismo que nos subyuga con la predicación de su palabra, de su verdad absoluta y sagrada, de su fe, la única que conoce, la del egoísmo, la que acrecienta la desigualdad y la pobreza a favor de la opulencia de los poderosos. Alcemos unidos el puño izquierdo el próximo 25 de Marzo y votemos, llenemos las urnas de papeletas rojas. Optemos por el camino seguro de la izquierda. No nos rindamos ante la apariencia de que no hay otra solución. No nos pleguemos ante una crisis inventada por los de arriba, por los especuladores, por los dueños de los mercados, por unos bancos que no cesan de acumular beneficios y repartir dividendos entre sus socios, para mantener alejados, doblegados, a los de abajo. O, como reza la Internacional, el himno de la clase obrera, hoy más imprescindible que nunca: “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan, cambiemos al mundo de base hundiendo al imperio burgués, agrupémonos todos en la lucha final”.

 

Jueves, 22 de Marzo de 2012 12:54. Pablo Pineda #. Opinión

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