La división entre izquierda y derecha, en términos de ideología, siempre ha estado muy clara, con independencia de las personas que representan a una y a otra en cada momento concreto de la historia, muchas veces incoherentes, muchas veces atrapadas por un conflicto moral en el que se decantan por la satisfacción de su ego personal en detrimento del bien común, o en el que se empeñan en aparentar ser lo que no son para eludir el rechazo de las masas. Lejos de ser difusa, la frontera que separa a ambas tendencias políticas es un consistente e infranqueable muro que no da lugar a equivocaciones. Pero esta dialéctica, el transparente antagonismo que aparta de un modo inconciliable a quienes propugnan la libertad, la igualdad y la solidaridad de quienes, por contraposición, abogan por el mantenimiento del orden, por la conservación de la estructura social establecida, parece difuminada en la actualidad. Está condenada a una intencionada ficción de ambigüedad dibujada por quienes hallan en esa manipulación, en ese juego de artificio, su única vía de acceso al poder.
Estos últimos días, mientras vivíamos la fiesta de la libertad, el Carnaval, he observado estupefacto, sin salir del asombro, y preocupado, cómo en las redes sociales algún candidato del PP a las Municipales del próximo 22 de mayo, en concreto, la aspirante de El Campillo, Manuela Caro, afirmaba que su programa no era otro que la lucha por la igualdad de oportunidades en su tierra; o a quienes concurren en este mismo pueblo bajo las siglas nacionalistas del PA, definirse por enésima vez, a través de sus pasquines informativos, como una formación de izquierdas. No lo pongo en duda. No soy nadie para cuestionar el amor de estas personas por su pueblo y su gente. Sin embargo, como el propio secretario general del PSOE de El Campillo y ex alcalde de la localidad, Fernando Pineda, refutó a la cabeza de lista popular, si ésas son sus verdaderas ideas, sus principios, desde luego, se han equivocado de orilla.
La derecha, por su propia naturaleza, es reaccionaria, enemiga del cambio, al menos, cuando éste conduce a la tan anhelada redistribución de la riqueza por la que suspiran los más desfavorecidos y que preside el ideario socialista en el sentido más amplio de la palabra. Su origen, el de la derecha, es rancio, no es otro que la reacción ante cualquier maniobra obrera por defender sus derechos y obtener mejoras laborales y sociales que concentren a las clases bajas y altas en torno a las clases medias, es decir, la reducción de la brecha entre ricos y pobres. La derecha, la rama conservadora de la política, es la unión de los poderosos, de los propietarios de los medios de producción, de la elite económica, con el único fin de controlar, de mantener a raya los impulsos proletarios que sueñan con poner freno a sus privilegios históricos. Emerge como una alianza sin fisuras de las capas más retrógradas de los sectores más pudientes de la sociedad en su intento a la desesperada por preservar el estado de unas circunstancias que les son favorables, o por, cuando las pierden, retroceder de nuevo hasta ellas.
Ésa es su razón de ser, la meta fundacional con la que nace cualquier partido de derechas. Esos son los intereses que se han personificado a lo largo de la historia en las distintas versiones de la vertiente conservadora de la política: la nobleza en la época clásica, con su obstinación por mantener firmes los cimientos de la Monarquía Absoluta; el Partido Conservador de Canovas del Castillo, que en los años de la Restauración construyó una democracia de pucherazos, prohibió la libertad de cátedra y no renunciaba al esclavismo; la CEDA o Falange Española en los convulsos días de la II República, contrarios a toda reforma agraria que sembrara de esperanza los campos españoles; sin olvidar el Ejército o la Iglesia (cuyo papel a lo largo de los siglos, en especial, el de la solidaria institución cristiana, merece uno, o varios, capítulos a parte). Y su cara contemporánea es, por mucho que sus dirigentes traten de disimularlo, el PP.
El PP, las altas esferas de su partido, la línea ideológica que sigue desde la calle Génova de Madrid bajo el mando de Mariano Rajoy, no casa, ni por asomo, con esos principios que asevera defender Manuela Caro. Me remito a las pruebas. El grupo político al que se adscriben personas que (según las propias manifestaciones de la candidata popular de El Campillo), ajenas a cualquier interés particular y bañadas por la ilusión y el noble afán de conducir a su pueblo al progreso, al desarrollo que las circunstancias le niegan, sólo quieren colaborar y tomar parte en el avance de su tierra, ayudarla a seguir adelante, contribuir a la expansión de la igualdad, la justicia y la solidaridad, no avala con sinceridad la pureza de esos preceptos. Por una sencilla razón, porque es contrario a ellos, por su propia idiosincrasia.
Si lo hiciera, si los avalara, sería desde la mentira y el fingimiento, porque sus dirigentes saben que ésa es la única manera de no quedarse solos, de contar con franquicias en los distintos pueblos, en el, para ellos, tan lejano medio rural, que les ayuden a cosechar votos que se traduzcan en escaños populares, conservadores, en el Congreso de los Diputados, en el Parlamento de Andalucía o en las diputaciones. De hecho, el PP, cuando ha tenido la oportunidad de propiciar un clima de mayor bienestar social, se ha retratado fielmente. Votó en contra de la denominada Ley de Dependencia, esencial en la búsqueda de romper las barreras del desequilibrio social, para brindar una igualdad de oportunidades real y efectiva, no ficticia, a los colectivos más débiles. Esa Ley es un canto a la solidaridad y el PP trató de abortarla. Pero no es ése el único ejemplo. Lo mismo cabe decir de su debilidad por la sanidad y la educación privadas, nidos incontestables de desigualdad, de tiranización de la democracia, al atentar contra derechos consagrados y universales para reducirlos a bienes de unos pocos.
No muy distinta es la confrontación ideológica entre izquierda y nacionalismo. Son realidades antitéticas. La izquierda apuesta de un modo decidido por la apertura de fronteras, o mejor, por la eliminación de las mismas, por la supresión de trabas a la libertad de movimiento de los ciudadanos, a los que sitúa en un contexto universal, global, como habitantes del mundo. Todo lo contrario que el nacionalismo, que se aferra a un contexto reducido, que cerca sus dominios para protegerlos de la contaminación externa, que no es otra que el progreso, el crecimiento, la transformación de la sociedad. Y eso es, precisamente, lo que persigue la derecha, cerrarse en banda ante los vientos del pensamiento universal, ya sea en un ámbito nacional (PP) o regional (PA). Ningún nacionalismo, por tanto, sea del cariz que sea, tiene derecho a autoafirmarse como izquierdista. Y cuando lo hacen, sólo debe ser entendido como un intento subrepticio de sembrar la confusión entre la población por miedo al rechazo, por intereses meramente electoralistas. Es la pragmática de la manipulación.
Para mí, en consecuencia, no hay lugar a la vacilación. Todos aquellos que, con principios sinceros de izquierda, con vocación progresista, militan o concurren a unas elecciones bajo la bandera de un partido de derechas, del PP o del PA, se han equivocado, han traicionado a su corazón, a su alma, a su espíritu. El porqué del error puede ser variable, aunque, en la mayoría de los casos, estoy convencido de ello, es causado de manera intencionada por las mentes pensantes, por los movedores de los hilos de la vieja jerarquía conservadora, que aprovechan el más ínfimo resquicio provocado por el descontento o por las rencillas personales para embaucarlos, para arrastrarlos a su orilla, a sus siglas, para cautivarlos con cantos de sirena y falsas promesas.
El quid de la cuestión reside en que, desafortunadamente, muchas veces, sin ser conscientes de ello, olvidamos que los principios están muy por encima de las personas. Éstas, por su condición humana, son corruptibles, pero también efímeras. Sin embargo, las ideas prevalecen en el tiempo. Abandonarlas por el odio o la animadversión a quienes hacen uso de ellas para su lucro privado sólo nos conduce a la incoherencia y al arrepentimiento. Quizás ésta sea la razón que explica que muchos presuntos ‘izquierdistas’ que militan en la derecha, repito, ya sea PP o PA, se empecinen en negar que pertenecen a esta rígida y, por lo general, intransigente tendencia o lo digan con la boca pequeña, muy pequeña. Es como si no se sintieran orgullosos de sus valores, como si se avergonzaran de alinearse con derechistas en una tierra roja. Esto, o es que saben que si se arrancan la máscara con la que tratan de disfrazar su verdadera ideología, su carácter conservador, no hallarían más respuesta en las urnas que el ostracismo. Y ésa es la mayor expresión de hipocresía en la que puede degenerar la política.