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Pablo Pineda

Opinión

Transición hacia la República

La Transición Española aún no ha acabado. No está cerrada todavía, porque no fue plena. Falta el último escalón, la última etapa, la meta: la República, la restauración del sistema de libertades derrocado por el ilegítimo, ilegal y despiadado régimen franquista y, con ella, la ineludible reparación de la dignidad de todas sus víctimas, de todas las que yacen en el anonimato de las cunetas. Ésa es la deuda pendiente que mantiene nuestro país con su memoria, con su historia. Entonces, entre 1975 y 1978, no era aconsejable saldarla. Había demasiado en juego. Cualquier paso en falso habría llevado de nuevo al abismo, a la oscuridad de la dictadura. No habría permitido salir de ella. Apostar por la República, reivindicarla como condición sine qua non, no habría culminado en su proclamación y sí habría conducido, sin embargo, y de manera inexorable, a perder también la democracia. Había que renunciar a algo por el bien de los consensos y ése fue el principio sacrificado por la izquierda responsable, por toda la izquierda, desde el socialismo de Felipe González hasta el comunismo de Santiago Carrillo, el que más había sufrido el ensangrentado látigo de la intolerancia y la sinrazón en los años de silencio, de silenciamiento o, más bien, de voz clandestina, de palabra perseguida.

La Monarquía era un mal menor y, como tal, fue aceptada. Se erigió en símbolo de aquel consenso, de aquella mano tendida, de aquel diálogo otrora impensable entre los herederos del fascismo y los hijos de los que perdieron la Guerra Civil, de los represaliados tras la derrota. Su pervivencia desde entonces es una muestra de agradecimiento, de respeto, a ese presupuesto papel clave, ya sea por convicción o por omisión, en la apertura de un nuevo tiempo democrático. Pero ya ha llegado la hora de una revisión profunda de esos acuerdos constituyentes. El contexto social y político lo urgen. No sólo por la proliferación de los nacionalismos, tanto de los periféricos, los separatistas, que encarnan CIU en Cataluña y el PNV en el País Vasco, por su inaceptable (por egoísta) órdago independentista en busca de prebendas, como del centralista, el español, su enemigo aliado... También por la crisis económica, sobre todo por ella, porque en ella, en su azote, en la desesperación que genera en la población, desahuciada, en el descontento generalizado, descansa, se alimenta el reaccionarismo de unos y otros.

La República Federal es la solución, la vía hacia una concertación, hacia un nuevo marco de consenso, necesario, de todas las fuerzas democráticas, hacia la libertad, hacia la unidad desde la diferencia, desde la pluralidad que define y que enriquece al conjunto del país, hacia la profundización del estado autonómico, de su modelo de solidaridad. Y hacia el cierre de los discursos oportunistas, de la hipocresía del enfrentamiento entre nacionalismos antitéticos que se retroalimentan, que simulan un duelo fratricida porque les beneficia, que enarbolan la bandera del odio mutuo porque a uno le da votos en el resto del territorio y a otros les garantiza el triunfo en los suyos propios, unos feudos inexpugnables para el otro por el maltrato al que lo somete desde Madrid. Porque Cataluña emerge como el peón que inmola el PP, como el débil que deja por el camino (como dicta su ideología) para asegurarse el resto del tablero (salvo el sur, que tiene mucho que decir, como aquel 28 de febrero de 1980, en la construcción del mapa territorial), el jaque mate central. Ése es su pacto de caballeros y así lo suscriben, con esa batalla virtual como medio, como cortina de humo, para darse el poder y la impunidad para recortar las conquistas sociales como fin, para imponer (ahora, con la coartada de la crisis) sus políticas económicas neoliberales, su austeridaje (el aniquilamiento del austero, del obrero).

El momento es inmejorable. El apoyo social está ahí. Es incontestable. La bandera tricolor, la prohibida, la que añade a la monárquica el violeta de la igualdad, la que pone a las personas por delante, ondea con fuerza en cada movilización, preside cada manifestación. Lo hizo el 15 de septiembre en Madrid y lo ha hecho en la última cita, la de la huelga general del 14-N. Ahora bien, la República Federal ha de levantarse sobre la solidez del pilar del máximo consenso, si es posible, de la unanimidad, para que sea estable, para que sobreviva a los vaivenes de los turnos en el poder. La derecha democrática, si la hay, por tanto, también ha de participar en su edificación, despojarse de sus complejos, del lastre que supone el monopolio del PP, la concentración bajo las siglas de la gaviota de todas las facciones del conservadurismo, de la influencia de esas alas extremistas que anhelan el retorno del caudillo, que lo veneran cada 18 de julio, de esa cadena que le impide condenar el franquismo, sus crímenes y recuperar la memoria histórica. Hoy estamos preparados para ese cambio, porque hoy, más que nunca, queda patente que somos de la calle, del aire puro, del viento, de la libertad, del campo sin puertas, de la ausencia de fronteras, porque, como dijo Tomás Meabe, “mi patria empieza en mí y acaba en ninguna parte”.

La huelga de la dignidad

Hay huelgas que hay que hacerlas por dignidad. La de mañana, la del 14-N, es una de ellas, aunque nos causen problemas, más, para pagar las facturas. Hagámosla, todos, porque lo que no nos podemos permitir es seguir callados, permanecer arrodillados. Hagámosla, renunciemos a ese jornal, por solidaridad con los que ni siquiera tienen qué comer, por solidaridad con quienes han perdido su trabajo, por solidaridad con quienes han sido desahuciados. Un día podemos ser nosotros.

Hagámosla en memoria de quienes se han quedado por el camino, de quienes se han visto abocados al suicidio o quienes han muerto desamparados en su dependencia. Hagámosla, todos, porque esta huelga, la pérdida de este día de salario, es una inversión en futuro, porque la alternativa, la inacción, es autocondenarnos a perpetuidad a esta austeridad indecente, a la crueldad de este austeridaje, como bien lo define Iñaki Gabilondo, que sólo conducirá al aniquilamiento del austero, del obrero.

La oposición del complejo

El silencio en oposición no es responsabilidad, es complicidad. Éste es el estado en el que se ha instalado, en el que yace, el PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba con su timidez ante el abuso sin parangón del Gobierno conservador de Mariano Rajoy, de la crecida y rearmada derecha absolutista que, con la excusa de la crisis y mediante la estrategia paralizante del miedo, desmantela, poco a poco, a golpe de tijeretazo, cada uno de los pilares del bienestar y de la igualdad de oportunidades: educación, sanidad, dependencia, prestaciones por desempleo, pensiones... La misma derecha que, con el pretexto de la austeridad, diluye la democracia, la más cercana, la que nos queda. Esta parsimonia conduce al socialismo a un mayor desapego, a un mayor distanciamiento de su electorado. Y también de la realidad, de la cruda realidad de una sociedad desahuciada por el paro y desamparada por la falta, por la lejanía, de unos referentes políticos que aparecen sumergidos en la quietud de unos pedestales en los que ya no los coloca nadie ante el triunfo del pensamiento único, de su asunción por la, en su día, mal llamada renovación, que sólo abocó a la involución del abandono de la ideología, y ante el descontento y la indignación de un pueblo defraudado por la preeminencia de los intereses particulares sobre los valores, los principios, la vocación de servicio, el afán puro por transformar la sociedad y construir un mundo mejor, más libre y solidario.

La consecuencia es desoladora. Continúa el derrumbe, el batacazo, de la formación fundada por Pablo Iglesias, como lo certifican los resultados en las Elecciones Autonómicas de Euskadi y Galicia del pasado 21-O (con independencia de otros factores como la irrupción de la izquierda abertzale en el escenario vasco) y el estancamiento o, incluso, la bajada del PSOE en intención de voto que, en el panorama nacional, desvelan las encuestas, de manera reiterada, pese a la considerable pérdida de popularidad del PP de los recortes. La explicación, el socialismo se ha autoimpuesto la penitencia de la oposición del complejo. La culpa le ha atrapado, le ha abocado a un entumecimiento agudo, a un coma inducido por su propio remordimiento. Su conciencia intranquila le impide gritar como le reclama el corazón y el dolor de su gente, su propia militancia de base, la misma que sale a la calle, que ocupó Madrid el 15-S y no vio allí, no tuvo, el respaldo de sus dirigentes, los que les representan en las Cortes Generales. Son los mismos que condujeron la nave en el anterior Gobierno, los mismos que perdieron el norte y, con él, la credibilidad y la confianza, los mismos que claudicaron ante los mercados, que renunciaron a los principios, que se rindieron en mayo de 2010, que difuminaron la línea que separa a la izquierda de la derecha. Y ese legado les pesa.

Responsabilidad es no callar, alzar la voz, ante la injusticia, rebelarse ante la ilegitimidad de un Ejecutivo que ha engañado a la ciudadanía, que la ha estafado, que ha traicionado a sus votantes, con el incumplimiento sistemático, punto por punto, del programa electoral que le catapultó al poder. El PSOE no ha de permanecer en silencio, preso del ensimismamiento, ni un instante más ante tal atentado, ante tal golpe a la soberanía popular. No se puede permitir ese mutismo, ha de liberarse de la carga, del lastre de la herencia de su propia gestión de inmediato. Tiene que regenerarse, abrirse a la participación, escuchar, sentarse junto al sufrimiento de la gente, de donde nunca debió levantarse, al lado de la clase obrera pisoteada por el despido libre, la subida insolidaria de impuestos o la impunidad de la que goza el fraude de los poderosos, de los amnistiados titulares de las grandes fortunas. Su presente pende de ese hilo, que sólo podrá hilvanarse con el futuro, ensartarse de nuevo en la aguja de la coherencia, de ese socialismo sincero que tanto busca, sin encontrarlo, un pueblo cada vez más exasperado, con la universalización de la democracia interna, con el impulso, sin retorno, del sistema de primarias abiertas (a militantes, simpatizantes y ciudadanos), tanto para la construcción de un nuevo ideario, el de siempre, como para la elección de candidatos, porque quienes están dentro tienen mucho que decir; y quienes están fuera, también.

La izquierda está desmovilizada. Se refugia en la abstención o en siglas minoritarias. Por castigo, por hartazgo, porque está decepcionada, quemada, porque ha perdido, no ya la ilusión, sino la más mínima esperanza en la llamada casta política, en la suya, en la de su color, en la que le ha fallado, pues de la otra espera, porque es previsible, la escasez de honradez y honestidad, la opulencia y la prevalencia de los privilegios de las elites dominantes sobre los derechos de las clases trabajadoras. Ya lo decía Pablo Iglesias: “No sólo hacen adeptos los partidos con sus doctrinas, sino con los buenos ejemplos y la recta conducta de sus hombres”. La recuperación, la revitalización del PSOE, por tanto, sólo es viable si se hace partícipe, actor principal de ese cambio urgente, a la gente de abajo, de la calle, si se le brinda la oportunidad de ser promotora de ese reciclaje ideológico, de esa refundación. Con ellos, con su aportación indispensable, y con la unidad de acción de los muchos afiliados (cada vez más) en los que afloran estos sentimientos, se podrá atisbar un nuevo tiempo, un nuevo horizonte de luz. Porque cuando el pueblo es protagonista de la democracia, cuando se siente parte de ella, cuando habla y percibe, palpa, que su palabra es escuchada, que sus reivindicaciones se plasman sobre el papel de un programa, que sus ideas son compartidas, entonces, su desafección y su irritación se tornan en compromiso.

Nada en 30 años

La herencia, ese sugerente recurso invocado con asiduidad por quien quiere tapar a toda costa su incapacidad manifiesta para gobernar, ya no afecta en El Campillo sólo al último mandato, a la Corporación anterior. Se remonta ya casi al inicio de los días, abarca a la totalidad de la actual etapa democrática. “Ustedes (por los socialistas) no han hecho nada en 30 años”. Así de tajante se mostraba el alcalde, Francisco Javier Cuaresma (PA), en el Pleno ordinario de junio. ¿Cómo es posible entonces que la ciudadanía haya dado su respaldo masivo a la candidatura municipal del PSOE en tantas ocasiones desde 1979, hasta el punto de llegar a alcanzar, incluso, la cifra de 9 concejales de los 11 que conforman el Ayuntamiento? Debe ser que, para los andalucistas, el pueblo no es sabio (será por eso por lo que ellos lo toman por tonto, como murmuró algún concejal de esta formación nacionalista en esa misma sesión).

El Campillo sigue igual. Presenta, a juicio de PA-PP, la misma estampa que hace tres décadas. ¡Qué mala memoria! Es verdad que, por desgracia, pese a nuestros denodados esfuerzos, nuestra villa tiene hoy menos habitantes que entonces y sufre la feroz embestida del paro a raíz de la grave crisis socioeconómica abierta por el cierre de la mina, por la paralización de su actividad a causa de las inestables fluctuaciones del mercado del cobre. Esto nos duele y nos roba el sueño a los socialistas, porque amamos nuestra tierra, porque hemos tratado de evitarlo a toda costa. Pero es cierto, y lo reconocemos. Ahora, no es menos cierta la injusticia de ese ataque del actual regidor de El Campillo, que busca en el pasado (con un ojo miope) la excusa para su presente. ¡O es que no recuerda cómo eran, en los años de su juventud, las calles de nuestro municipio, las palpables carencias de sus servicios o la ausencia absoluta de las infraestructuras más básicas!

El fango se apoderaba de las piedras que hacían las veces de suelo, que, más bien, lo insinuaban, que apenas disimulaban el escarpado terreno que dificultaba el tránsito de los peatones y el tráfico rodado. La lluvia anegaba con frecuencia unas calles que no desaguaban. Las casas precisaban de filtros para que se pudiera beber el agua poco potable que manaba de sus grifos. Las canalizaciones de saneamiento, de higiene, eran propias de siglos pasados. Los niños no tenían la más mínima instalación deportiva de calidad en la que jugar, ni siquiera en la escuela. Los espacios culturales y de ocio, prácticamente, brillaban por su ausencia. La lista es interminable. Éramos felices, pero no poseíamos nada, muy poco. Lo que teníamos era mucha imaginación, muchas ganas, y un lema que nunca olvidábamos: Unidos Laboramos.

Poco a poco, las distintas Corporaciones, ninguna remunerada, sin alcaldes liberados y hasta poniendo los concejales dinero de su bolsillo, con la inestimable ayuda de los campilleros, de la participación y la solidaridad que han caracterizado siempre a nuestros vecinos, todos juntos, hemos construido nuestro pueblo, hemos arreglado su casco urbano, hemos levantado su Teatro, sus pistas polideportivas, su colegio, su piscina, su Paseo, su club de mayores, sus parques Los Cipreses y Los Puentes, sus más de cien viviendas sociales o su centro de día para enfermos de alzheimer, hemos ampliado un yacimiento de empleo clave como es Aspromin, hemos restaurado su mercado de abastos y recuperado su patrimonio, como el antiguo lavadero o la fuente de Traslasierra, hemos mejorado los accesos a nuestra aldea, hemos modernizado la peatonal calle Sevilla, nuestro campo de fútbol... Hemos valorado a nuestra gente.

Los socialistas tampoco hemos dejado, jamás, de estar al lado del sufrimiento de nuestro pueblo. Menos aún, cuando el futuro socioeconómico de nuestra tierra se ha tambaleado. Siempre hemos creído en las posibilidades de nuestra comarca, en su potencial, en su fuerza para salir adelante. Por eso, cuando otros, al ver que el cobre ya no era rentable, que no se podía exprimir más su sangre, querían enterrarla, nosotros luchamos por la reindustrialización, por esa primera diversificación que dio lugar al nacimiento de empresas como Río Tinto Fruit, Río Tinto Plásticos, Tubespa, Nature Pack o la Fundación Río Tinto y el Parque Minero, por ese Plan Albor que luego se vio truncado por los embargos sufridos por MRT como consecuencia de su liquidación, pero que nos dio vida, oxígeno. Otras áreas rurales de nuestro país, en cambio, dejaron de respirar, fueron abandonadas a su suerte por quienes hoy vienen de salvadores a El Campillo y a la Cuenca. Otras zonas (véase Castilla y León) son hoy inhóspitos y desolados desiertos.

Eso sí, todo esto, en lo que hemos puesto todo nuestro empeño, nuestro corazón, es insuficiente, nos parece poco a los socialistas. Porque, para nosotros, todo es poco cuando se trata de mejorar nuestro pueblo, porque merece más, mucho más. Por ello, no nos rendimos y seguimos en la primera línea, no sólo para que no desaparezca El Campillo, la vieja Salvochea, del mapa, de la faz de la tierra, sino para devolverle el desarrollo económico y social de otros tiempos, para frenar la inexorable marcha de sus habitantes ante la falta de expectativas, el doloroso éxodo de quienes se ven obligados a emigrar de las calles que les vieron nacer y crecer. Todo avance, en este sentido, por pequeño que sea, merece la pena, igual que el trabajo de estos 30 años. Por muy poco que se haya conseguido, aunque PA y PP lo juzguen como “nada”, ha valido la pena. La pregunta que nos hacemos nosotros es: ¿Dónde han estado ellos, y sus partidos políticos, todo este tiempo? ¿Dónde están ahora?

El abismo del vacío existencial

PA y PP no tienen proyecto para El Campillo. Ambos nacen y mueren en su odio, empedernido, crónico, al socialismo. Su objetivo, su razón de ser, su meta fundacional, no era otro que apartar del poder, destruir, al puño y la rosa. Ése es su sustento, su alimento. Una vez conseguido (lo primero, no lo segundo, como desvelan las últimas citas con las urnas) se topan con su realidad, con su cruda realidad, navegan por el abismo del vacío existencial, por las aguas de la nada, de la inquietante pregunta del “¿y ahora qué?”, sin esperanza, sin sueños, sin ilusiones, sin amor a su pueblo. Porque nunca se lo han tenido, porque manan de su propia inquina. Ya han cumplido su misión, ya están en el Gobierno Municipal, ya llevan más de un año al frente del Ayuntamiento y ya se han delatado a sí mismos. Ya ha acabado su recorrido. Hace quince meses que concluyó. Ni siquiera comenzó. Su primera página, la firma de la alianza que sentaba al PSOE en la bancada de la oposición, fue también su punto final.

No anidan nuevas ideas, carecen de soluciones, no buscan respuestas a los problemas de la ciudadanía. Se dejan arrastrar por la corriente, como si ésta, por su propia inercia, los fuera a llevar hacia un desenlace feliz, hacia algún paraíso remoto, sin saber que se adentran en un torbellino que los conduce a ninguna parte, a un inevitable precipicio, a un marasmo perpetuo, sin fondo, al letargo, al abandono, a la misma orfandad a la que, con su imprudencia, con su conducta insensata, temeraria, condenan a nuestra gente, a la sociedad campillera. Ellos mismos lo saben, y no lo ocultan. Hasta lo confiesan. La diversificación, la captación de inversores, la creatividad, la fundamental (en especial, en tiempos de crisis) agudización del ingenio para incentivar la cultura emprendedora, el surgimiento de iniciativas empresariales, de pymes... no están en su agenda. Lo dejan (en palabras pronunciadas por el alcalde, Francisco Javier Cuaresma, en el Pleno de junio) para cuando vuelvan los socialistas, como ellos mismos presagian, en 2015.

Andalucistas y populares, mejor dicho, antisocialistas, se ven a sí mismos (al menos, aquellos, abrazados por el oso, por los otros) derrotados, caen en el nihilismo más atroz, como los Muertos sin sepultura de Jean-Paul Sartre o la Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre. Se precipitan hacia el absurdo más absoluto, el sinsentido, como el hombre dibujado por Albert Camus en El mito de Sísifo. Y lo peor, aún quedan, como mínimo, a no ser que lo remedie la providencia, la divinidad de la Virgen del Rocío, como propugna la ministra onubense de Trabajo, la conservadora Fátima Báñez, tres años, tres largos años de este caos, de este desconcierto, de esta ausencia de horizontes, de este existencialismo cruel, de esta oscuridad, de la angustia de un túnel que parece eterno; tres años de la perpetua e insoportable espera del Godot de Samuel Beckett, de un significado que nunca llega, de una salvación improbable, anhelada, pero que, difícilmente, se producirá.

La hora de pedir perdón y dejar paso

La hora de pedir perdón y dejar paso

El socialismo está en crisis, porque ha perdido el norte; y a punto está, todavía, de perder el sur. Sí, la tempestad no ha pasado. La amenaza continúa, al acecho, aunque haya llegado la calma. Ésta, su tregua, es provisional, condicional. Porque Andalucía ha frenado a la derecha, la más rancia, la más carroñera, la más embustera y ruin de la historia, la misma de siempre, pero la espada de Damocles de la desconfianza del pueblo en nuestras siglas, en el PSOE, en nuestro partido, permanece, pende aún sobre el puño y la rosa, se cierne sobre ellos con la firme intención de degollarlos, de debilitar la fuerza del primero para marchitar después a la segunda, para ennegrecer sus pétalos rojos y desparramarlos por el vacío. No es, por tanto, tiempo de autocomplacencia. Nada la justifica. La dulzura de la derrota victoriosa del 25-M es un bálsamo con sabor a aviso, quizás el último. Ahora es el momento de la autocrítica, de dejar de lamentar el desapego de la ciudadanía, el triunfo de la apariencia del pensamiento único, la extensión del, no falto de razón, “todos son iguales”, y de pensar, de analizar las causas, de asumir la culpa, y hasta de pedir perdón, pues si el trabajador se separa de quien lo protege, tal vez sea porque ya no se sienta representado, defendido, porque ha sido traicionado. Esto, la decepción, el desencanto provocado por la renuncia a los objetivos, el pecado del abandono de los principios, requiere la absolución de la clase obrera.

La redención sólo puede llegar desde la regeneración. Ha llegado la hora de reconocer el trabajo, el esfuerzo y la lucha de tantos y tantos compañeros que lo han dado todo por las máximas de libertad, igualdad, solidaridad y justicia social que ennoblecen al socialismo desde su origen, a todos los que durante años e, incluso, décadas, han mantenido en lo más alto al puño y la rosa como garantía del estado del bienestar, el mismo que, en sólo siete meses, ha demolido la mayoría absolutista del PP. Pero, al mismo tiempo, es también la hora de que ellos, veteranos y referentes de unos tiempos siempre mejores, se retiren a la retaguardia, a un segundo plano, para dejar paso a savia nueva, a ideas frescas que recuperen, desde el sur, ese norte extraviado. Es la hora de que entreguen el testigo a personas capaces de devolver la ilusión a una población contrariada por las aguas de la incoherencia en las que nos hemos sumergido, a líderes emergentes, surgidos de la cercanía del municipalismo, no contaminados por los vicios del poder, por su opulencia, por el silencio cómplice de sus redes clientelares, por el olvido del anhelo, de la utopía, de transformar el mundo, de humanizarlo, por la postergación sine die de la meta última de la socialdemocracia, de su razón de ser, a favor de la satisfacción del egoísta deseo del voto como puente hacia la perpetuación en el sillón.

La recuperación de la confianza, del apego, de la fe en la política (la misma de la que reniega la derecha, porque nos iguala a todos, porque nos concede la condición de ciudadanos, no la de meros siervos), de la creencia en el socialismo, sólo será posible en la medida en que se erradiquen esas impurezas, esa degeneración manida que deriva en el inaceptable miedo a la democracia interna, a la crítica, por parte del aparato (con su porte de hipocresía), en la autocensura, en la autoimposición de la mordaza de quien ostenta un puesto de responsabilidad (alejado del sufrimiento de los más débiles por los desorbitados salarios y, en su caso, las elitistas y deplorables pagas vitalicias, por los privilegios) por temor a molestar, alimentada por la perversión de la existencia de más cargos que militantes... El camino, frente a esa realidad del tutelaje desde arriba, es la participación, las listas abiertas, las primarias para la elección de los candidatos, la voz escuchada del afiliado y el simpatizante, sin represalias, la formación, la apertura de las Casas del Pueblo a la gente, al obrero, para recoger sus inquietudes, debatir y buscar, juntos, la solución a los problemas... La senda no es nueva, está bien marcada desde hace más de 133 años, desde que Pablo Iglesias se reuniera con 25 compañeros en aquella mítica taberna ‘Casa Labra’, en la calle Tetuán de Madrid. No es otra que la del socialismo, la participación, la democracia.

El terreno es abrupto, escarpado, duro. Nadie dijo nunca que no lo fuera. Pero, como decía el malogrado poeta Miguel Hernández, “siempre hay un rayo de sol en la lucha que deja a la sombra vencida”. Y esa luz, ese haz de esperanza, tiene un nombre propio e incuestionable: la juventud, la de la generación más preparada de la historia, la fuerza de su rebeldía, de su puño firme, de su indignación y su compromiso, de su desesperación ante un futuro de certidumbre gris, más bien, negra, su energía para combatir el vergonzante capitalismo financiero, el atroz y codicioso neoliberalismo económico que amenaza, que destruye ya, que pisotea con su avidez sin límites la rosa de los derechos sociales. No es la hora de pactos, porque sabemos que el PP no los quiere, porque la gaviota carroñera se debe a sus clientes, a los ricos, a los únicos agentes a los que da cuentas de sus decisiones (o, mejor dicho, los que le ordenan a ella), a los mercados. Y el hambre (eso sí, de gusto refinado) de éstos es insaciable. Por consiguiente, es la hora de que vayamos los de abajo a por los de arriba, de que se acabe el cuento de una vez, de la unidad de las clases trabajadoras, de la izquierda, de la reedición del Frente Popular de 1936, de la revolución, de la movilización de conciencias. Quizás seamos capitanes sin barco o lobos solitarios en medio del desierto, de océanos de arena, pero obreros con causa, muchos obreros con causa.

Chantaje y electoralismo

El pueblo ha hablado con voz alta y clara. El chantaje de una empresa y el electoralismo de una fuerza política, que parecen no querer abrir la mina, han fracasado en una tierra roja por naturaleza, por historia y por sufrimiento. La Cuenca Minera de Riotinto es sabia y experta en desenmascarar a quienes pretenden manipularla. Porque nuestra comarca, la misma de la que emanó el movimiento obrero, esa revolución que se vuelve a hacer urgente hoy, ya está cansada, harta, de especuladores, estafadores y cantos de sirena de falsos e hipócritas salvadores. Emed Tartessus ha utilizado la desesperación de nuestra gente en plena campaña electoral como arma envenenada para arrinconar a la Junta de Andalucía y, con ello, obtener privilegios o alfombras rojas en el complejo proceso de transmisión de los derechos mineros. El PP, al estilo de un pájaro carroñero, se ha sumado a esa estrategia para acorralar al PSOE y pescar votos en una comarca a la que no se ha acercado hasta ahora, cuando ha visto la oportunidad de sacar tajada de la grave enfermedad sociolaboral que la azota desde el cierre de la línea del cobre y su síntoma más patente, la elevada tasa de desempleo.

El engaño no ha calado. Los resultados de las urnas de los siete municipios de la Cuenca Minera han dejado sin cartas en la manga al PP y colocan a Emed Tartessus en una situación muy complicada, pues le obligan a actuar con la máxima responsabilidad. Éste es el camino por el que debe optar la empresa de capital chipriota para recuperar la credibilidad. De lo contrario, de seguir por la senda del escaparate, alimentará la extendida sospecha sobre su intención de conseguir los derechos mineros para que se dispare el valor de sus acciones y venderlas, de inmediato, en las bolsas de Londres o Toronto. El desenlace, su despedida con un risueño “¡bye-bye!”.

Duele, duele mucho ver cómo se exprime el sufrimiento de nuestra tierra, de los parados que se agarran a la esperanza de la reapertura de la mina como su única vía de escape, porque no tienen otra solución para su asfixia. Duele, duele mucho ver cómo una empresa incita a sus trabajadores para que se encierren en Corta Atalaya dentro de ese plan de marketing por el que un día califica como ambiciosa la hoja de ruta consensuada por los agentes sociales y la Junta de Andalucía (que señala el mes de septiembre como el de la resolución de la Autorización Ambiental Unificada, una vez presentada la documentación por Emed hace pocas semanas) y, al otro, lanza un órdago a la Administración. Basta recordar aquella rajada del que fue su vicepresidente, Fernando Fernández Torres, que ponía en duda la voluntad del Gobierno andaluz de abrir la mina para, un día después, ser desautorizado y cesado. Todo apunta al montaje, pues el directivo tenía decidido ya emigrar a Mozambique.

Ése ha sido, hasta la fecha, el cartel de la filial de Mining: comunicados de prensa constantes que, lejos de disipar las dudas sobre su capacidad técnica y económica, suenan a ventas de humo o la recogida de 4.000 currículos para presionar a la Administración. Algo a lo que se suma la desorientación que genera su reciente negativa a impartir cursos de formación para 600 desempleados financiados de un modo íntegro por la Junta, que puso a su alcance 3,5 millones de euros. Su único compromiso, la contratación, al término de los mismos (con posibilidad de prórroga hasta que la mina entre en funcionamiento), del 60 por ciento de los alumnos, es decir, 360 personas. Rechazaron esta posibilidad. Antepusieron a ella la recepción de los derechos de explotación. ¿Por qué? ¿Su meta no es extraer el cobre y crear 1.200 puestos de trabajo como tanto reiteran? La oferta aún sigue en pie. Si la aceptan, despejarían buena parte de todas estas dudas.

Y duele, duele mucho también ver cómo el PP, que negó a la Cuenca el desdoble de la N-435, el PER, los Talleres de Empleo, las Escuelas Taller, las Casas de Oficio o las ayudas a la reconversión minera, vuelve ahora como adalid de la mina, se desmarca de la Plataforma Pro Apertura de la Mina (alcaldes, sindicatos y empresarios) y promete ponerla en explotación con sólo sentarse en el Gobierno de la Junta. ¿Y las leyes mineras? ¿Y las garantías ambientales, sociales y laborales? ¿Se las saltan? En ese caso sí sería pertinente, e indispensable, que todos los habitantes de la comarca nos encerráramos o saliéramos a la calle para impedirlo, porque estaríamos ante una prevaricación con mayúsculas, que terminaría de hipotecar para siempre el futuro de nuestra comarca.

La mina ha de abrirse en el menor tiempo posible, con la máxima celeridad. Ahora bien, sin dejar el más mínimo resquicio ni la más mínima concesión en lo que se refiere a las garantías ambientales, sociales y laborales. Por un lado, porque hay un tercero, llámese Rumbo 5. Cero o Construcciones Zeitung (propietarios de unas balsas que Emed tendrá que expropiar), decidido a colocar palos en las ruedas y recurrir en los tribunales cualquier paso en falso de alguna de las partes implicadas, circunstancia que, quién sabe, podría retrasar sine die lo que todos queremos: que vuelvan a rugir incesantes los motores de la línea del cobre. Por otro, porque la comarca no debe caer en los errores del pasado, puesto que la mina, más tarde o más temprano, tendrá que cerrarse de nuevo, porque así lo establece su propio ciclo y las fluctuaciones del mercado. Hay que prepararse para que ese día la comarca no se torne en un desolado desierto ya perpetuo.

La mina como motor para la diversificación

La Cuenca Minera se halla ante un momento decisivo. La apertura de la mina, con todos los cabos amarrados, puede suponer el trampolín definitivo para abandonar para siempre su estado de decadencia. Las aprobadas infraestructuras del Parque Empresarial comarcal de 35 hectáreas y los desdobles de la A-461 (desde El Campillo hasta la Ruta de la Plata) y la N-435 nos brindan una oportunidad única de poner en marcha un Plan Albor como aquel que dio a luz a empresas como Río Tinto Fruit, Río Tinto Plásticos, Tubespa o Nature Pack, así como a la Fundación Río Tinto, y que se vio truncado en los años 90 por el sueño romántico del Plan Esquila. El final, embargos y subastas que derivaron en el troceo del suelo de la zona y su reparto entre especuladores para dibujar la enraizada maraña jurídica que hoy envuelve al proyecto de Emed.

Es ahí donde debe desempeñar un papel clave quien trate de enriquecerse con el patrimonio endógeno de la Cuenca, con sus recursos metalúrgicos. Si Tartessus, en realidad, sólo espera el pelotazo del siglo, vender la mina al mejor postor, que se vaya ya, cuanto antes, y deje paso a empresas que puedan estar interesadas en una explotación responsable. Si no es así, tiene que invertir (como hizo RTM, SA), dirigir parte de sus beneficios, por imperativo social, a ese profundo proceso de diversificación socioeconómica que nos garantice un futuro de desarrollo cuando la cotización del cobre vuelva a estrellarse y su extracción ya no sea rentable.

La angustia es enorme y la espera, eterna. De ahí, vaya por delante, la solidaridad y la sensibilidad con todos aquellos trabajadores y desempleados que reivindican en la calle o en el encierro el futuro mejor que todos anhelamos. Ellos, no obstante, tienen que saber la verdad, por dura que resulte, pero también que hay alternativas para aliviar su dolor, esa oscuridad que deja el agotamiento del paro. Esos cursos que se resiste a impartir Emed Tartessus, además de una formación sin la cual ningún habitante de nuestra tierra podrá trabajar en la mina, darían, durante nueve meses, un salario a 600 parados de nuestra tierra, una cifra mayor, incluso, que el empleo que prevé generar la filial de Mining en su primera fase de actividad.

El fraude electoral del PP

El término fraude significa, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, “acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete”. Pues eso, un fraude electoral, es lo que ha perpetrado el PP de Mariano Rajoy después de las Elecciones Generales del pasado 20 de noviembre. Porque, tras llegar al poder, se ha olvidado de esa varita mágica que juraba tener para arreglar la crisis con la mera confianza que daría a los mercados su simple entrada en La Moncloa y acabar, de un plumazo, con los cinco millones de parados. La ha tirado a la basura para empezar a tomar las medidas que decía, hasta la saciedad, que jamás haría, para machacar, sin distinción, a los más débiles, ya sean jóvenes, mujeres, mayores o personas dependientes... Nadie se escapa a la ruin estafa de una derecha rancia y radicalizada que amenaza con el exterminio de los derechos sociales y laborales conquistados durante siglos de lucha, sudor y sangre obrera, que persigue, sin ni siquiera disimularlo, arrodillarnos, convertirnos en lo que siempre quisieron que fuéramos: sus sumisos vasallos.

Sobran las pruebas. La reforma laboral (o Ley del despido libre) es, quizás, la más palpable. Toda una declaración ideológica de las intenciones del neoliberalismo extremo, que ningunea a los representantes de los trabajadores, a los sindicatos, que no les escucha porque, simplemente, no les interesa su opinión, porque ni siquiera piensan que tengan que tener voz. El pueblo, para ellos, sólo es su siervo, y, como tal, lo desprecia y lo pisotea. Y lo hace sin importarle el engaño, el fraude, porque el fin, recuperar ese poder que consideran suyo, que no aceptan que la democracia se lo pueda arrebatar, justifica todos los medios, por perversos que sean, como los contratos en pruebas de un año sin indemnización o los de prácticas hasta los 33 años bajo salarios de 480 euros. Un salvoconducto, con la crisis y el sufrimiento como pretextos, para esclavizar a la sociedad. Y, al estilo de la mejor de la tiranías, con la siembra del miedo (a fuerza de golpes a los estudiantes valencianos) como freno de lo inevitable, la respuesta en la calle, el grito de la desesperación, el levantamiento de un pueblo agotado, cansado de opresión, desposeído de su empleo, su casa y su dignidad y, en consecuencia, sin nada que perder.

Hay más, mucho más. Porque el ahogo no sólo viene de esa Ley del despido libre. Rajoy no iba a subir impuestos. Y lo ha hecho. Quienes aún disfrutan de una nómina o una pensión (cada vez menos) han sufrido ya en sus carnes el incremento del IRPF. Y quienes no han perdido su casa lo verán en el recibo del IBI. Pero es que, a su vez, ha congelado el salario mínimo interprofesional por primera vez en la historia y ha erradicado de golpe la Renta Básica de Emancipación con la que los jóvenes accedían a su primera vivienda en régimen de alquiler (ahora tendrán que volver a casa de sus padres sine die). Todo ello, por no mencionar la espesa sombra que se cierne sobre la educación y la sanidad en forma de copago o la suspensión de la Ley de Dependencia durante un año, que quién sabe si no es una crónica de la muerte anunciada de ese cuarto pilar del Estado del bienestar. Y, por si fuera poco, han recortado las partidas de I+D+i para abocar al cierre a líneas de investigación, entre otras materias, sobre el cáncer o el alzheimer. No es lo único, hay más, como el desfachatado cambio, desde Madrid, de los temarios de las oposiciones convocadas en Andalucía o la cuasi justificación de la violencia machista al reducirla, como en otras épocas, a algo propio del entorno familiar.

El fraude electoral del PP es mayúsculo. La realidad de sus primeros meses, las primeras manifestaciones del programa que ocultaban con tanto celo bajo sus alfombras, es irrefutable. Pero aún se puede responder desde las urnas, sin necesidad de esperar cuatro años. Aún estamos a tiempo de frenar la marabunta de esa marea azul. El 25-M nos brinda esa oportunidad, la de lanzarles, desde Andalucía, el órdago del NO PASARÁN para reconquistar los derechos perdidos, robados, desde aquí, desde el sur, con la fuerza y el espíritu de lucha de nuestra tierra, del mismo pueblo libre que ya dio ejemplo de su voluntad de escribir su propio futuro aquel 19 de marzo de 1812 con la constitución de las Cortes de Cádiz; o el 28 de febrero de 1980, cuando selló su autonomía pese a la obstinación de esa derecha que aún cree en aquello de la ‘España una y grande’, que teme a la diferencia, a la pluralidad, porque hace aflorar su mediocridad, su intolerancia y su fanatismo.

El reto no sólo es ganar, desde Andalucía, una España de izquierdas, sino también una Europa y, por qué no, un mundo más solidario, justo e igualitario, exento de las cadenas del insaciable capitalismo que nos subyuga con la predicación de su palabra, de su verdad absoluta y sagrada, de su fe, la única que conoce, la del egoísmo, la que acrecienta la desigualdad y la pobreza a favor de la opulencia de los poderosos. Alcemos unidos el puño izquierdo el próximo 25 de Marzo y votemos, llenemos las urnas de papeletas rojas. Optemos por el camino seguro de la izquierda. No nos rindamos ante la apariencia de que no hay otra solución. No nos pleguemos ante una crisis inventada por los de arriba, por los especuladores, por los dueños de los mercados, por unos bancos que no cesan de acumular beneficios y repartir dividendos entre sus socios, para mantener alejados, doblegados, a los de abajo. O, como reza la Internacional, el himno de la clase obrera, hoy más imprescindible que nunca: “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan, cambiemos al mundo de base hundiendo al imperio burgués, agrupémonos todos en la lucha final”.