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Pablo Pineda

Opinión

Contra el miedo

Contra el miedo

La derecha es el miedo. De él se nutre, de su capacidad paralizante, de su potencial para anular la razón y la facultad de decisión de su víctima, en este caso, colectiva, la sociedad, la masa. Lo es y lo domina, a su antojo, porque conoce el arte de extenderlo. Sabe manejar los hilos para expandirlo como la peor epidemia, y con ruindad, cual mezquina industria farmacéutica que propaga un virus mortal para comercializar luego la cura, más aún, pues no ofrece el remedio. Lo cobra, en forma de voto o abstención, esa renuncia a la participación sobre la que el socialismo ha de preguntarse el porqué y, entre otras cosas, dejar de pasear, de mitin en mitin, a viejas glorias, a pesados pesos del pasado a los que ya sólo les queda, en algunos casos, apoyar desde la última fila, no como cabezas de un cartel en el que coartan el afloramiento de nuevos liderazgos; y, en otros, la salida por la puerta de atrás, al ser hoy la ruina de lo que fueron en su olvido de la esencia de los valores que un día defendieron. Ante tal miopía, la derecha cobra, muy caro, el antídoto, pero no lo entrega, ni tan siquiera un tratamiento paliativo. Incluso, una vez en el poder, acrecienta los síntomas, agrava la enfermedad, asfixia al paciente, hasta la extenuación, hasta lo insoportable, aunque sin aniquilarlo, con la intencionada aplicación de un recorte siempre menor que el anunciado, para sembrar el conformismo, el “pudo ser peor”. Ésa es la estrategia, pequeños paréntesis de oxígeno, esporádicos aflojamientos de la cuerda, para que la desesperación no disipe el pánico y no dé paso a la rebelión, a la revolución, al grito, a la sublevación del pueblo contra la elite, contra el capital que se alimenta de su piel encallada, de su sangre, de su precariedad.

El mal es la austeridad, el estrechamiento del cinturón, impuesto, por supuesto, sólo a los eslabones más débiles de la cadena, a los de abajo, para agudizar la brecha entre ricos y pobres, la desigualdad. El veneno es suministrado por goteo constante, con dosis de los menjunjes más variados, de los que nadie escapa, ni los más jóvenes, el presente y el futuro, ni los más mayores, precursores del bienestar actual (o mejor, reciente). Porque el ataque se perpetra desde todos los flancos, con la supresión de derechos laborales, la reducción de salarios, el paro y el abaratamiento de la mano de obra, inversamente proporcional al aumento de su disponibilidad; la disminución de las becas, la ausencia de expectativas para una generación nueva, la más preparada, obligada a emigrar; la progresiva y cada vez menos solapada conversión de lo público, de esos pilares que son la educación y la salud, en negocios; el robo a los pensionistas con la pérdida de poder adquisitivo de quienes no sólo cobran menos, sino que tienen que pagar más, por las medicinas o por su autonomía personal ante el suspenso de las ayudas contra la dependencia. Todo ello, junto al afán recaudador y también opresor, porque afecta a las necesidades más básicas, a la dignidad, de la subida del IVA o de los recibos de luz y agua. Un paquete de atentados múltiples acompañado del cultivo de la ignorancia con la condena de la cultura al ostracismo y, por si acaso, el silenciamiento, en grado de tentativa, de los damnificados, de la censura, de la mordaza a la libertad de expresión que suponen proyectos como el de la Ley de Seguridad Ciudadana.

Las armas son distintas, más sutiles, pero el fin, el mismo, arrebatar las conquistas, asegurar la posición, recuperar la rigidez estamental de antaño, fortalecer los privilegios de los que anidan en la cúspide y la miseria de los que pululan por la base. El medio tampoco cambia, el terror. Lo que otrora se hacía con la amenaza del fuego, de la guerra, con el uso de las bombas o con su mera presencia, ahora se siembra con un instrumento quizás más destructivo, más dañino, más deletéreo, por cuanto mata poco a poco: el dinero, ese metal, ese papel, cuya ausencia debilita al enemigo hasta el languidecer, al estilo de un bloqueo, de un sitio, hasta esclavizarlo. No son estados los que se enfrentan, sino clases, los propietarios de los medios de producción, los amos del capitalismo, contra los obreros, contra quienes lo mantienen en pie con su esfuerzo y con la compra y el consumo de sus bienes y servicios. Contra eso, sólo cabe una respuesta posible, sólo hay una vía de escape, un muro, un elemento de contención que levantar con un mínimo de garantías de no desmoronarse: la unidad de la izquierda, la fuerza de todo ese frente común que ha de construir esa mayoría social subyugada por los designios de unos pocos, sin la más mínima fisura, porque por ella se colarían de nuevo, como siempre, los otros, para dinamitar, para dividir y vencer, para volverlo a hacer como tantas otras veces ya lo hicieron a lo largo de la historia.

Por eso nadie se puede equivocar de enemigo. Por eso nadie ha de malgastar un ápice de su aliento en el autodisparo, en el suicidio, que supone la confrontación con el igual, entre las izquierdas, por mucho que en todas haya aún mucho por hacer, por mucho que en todas haga falta más autocrítica y más reflexión, por mucho que algunas se hayan separado de la senda de la que nunca se debieron apartar. Y es que ese tiempo perdido, ese fratricidio, ese resquicio, se erige en una puerta abierta que la derecha jamás ha desaprovechado ni desaprovechará. Por eso nadie debe desviar la mirada del objetivo real, el triunfo de la mayoría sobre la minoría, la derrota del conservadurismo, en el caso de España, del PP, que monopoliza todas las ramas del mismo, que está cohesionado. Quien se salga de ahí, quien enfoque su trabajo, su esfuerzo, su verbo, su palabra, hacia otra esfera, dañará esa causa común y, por consiguiente, pondrá en entredicho la sinceridad de su postulado. Hay lugar para el debate y lo habrá también para la corrección de los errores pasados, para pedir perdón por ellos (cada uno por los suyos) y para la redención definitiva con el retorno al origen, con las políticas que se han echado en falta, para la elaboración y ejecución de un programa común de corte internacionalista, porque las coincidencias son muchas y, ante eso, las diferencias, mínimas, los pequeños matices, no pueden ser las determinantes, las que eviten el cambio, un nuevo tiempo.

Ahora bien, para que ese nuevo camino se dé hay una condición sine quanon: la izquierda, la suma de toda la izquierda, jamás la resta, debe ganar. El 25 de mayo se presenta una buena oportunidad con las Elecciones Europeas, en las que se antoja imprescindible acabar con ese escepticismo que se traduce en la no participación, acabar con el descontento, con la desafección, porque cada voto de izquierdas que no se deposita en las urnas o que lo hace sin sigla alguna es un tiro en el pie que sirve en bandeja el mando del viejo continente al neoliberalismo imperante a la vez que le regala una oposición coja en el Parlamento, en la cámara que más influye en la economía local, en la doméstica, y que provoca, con sus restricciones, el malestar actual de tantos y tantos hogares. De ahí que sea tan importante esa cita, porque sólo con una Bruselas en la que predomine el rojo se podrá tornar esa situación con políticas dirigidas a lo social, basadas en el principio de la solidaridad, en las que lo primero sean los ciudadanos y no los mercados invisibles, la lucha contra la pobreza y el crecimiento a través de las infraestructuras, la cooperación, la innovación, el indispensable fluido del crédito a las pequeñas y medianas empresas por encima del rescate de los culpables, una banca independiente y pública, la misma mano en la que han de estar recursos estratégicos como los energéticos, con la sostenibilidad como eje transversal de todas las políticas, con las renovables como alternativa real, sin obstáculos de tupidas redes clientelares, el fin de ese posmoderno imperialismo germánico con el levantamiento de una Alemania europea, no de una Europa (o un mundo) alemana (alemán) como ya persiguió el nazismo...

Parece un sueño. Quizás lo sea. Pero no nuevo. Porque ya lo soñaron. No es más que desempolvar aquel proyecto, aquella ilusión, encender aquella luz que alumbró la creación de la Unión Europea, enterrar esa ruina de sí misma en la que se ha convertido, en la que la han convertido, ese pozo de injusticia que las fuerzas conservadoras se resistirán a derrumbar, a cegar. Sólo la izquierda podrá emprender esa aventura, porque es la única que cree en ello, la única que, como mínimo, aspira a esa utopía. Ahora bien, no menos cierto es que no puede volver a fallar, como hizo cuando gobernaba en la mayoría de los países del viejo continente. Si logra la victoria ha de asentar, por fin, unas reglas del juego firmes, regular los mercados, intervenir, poner límites al liberalismo salvaje, reinstaurar la soberanía popular, la democracia, que sea la voluntad de la mayoría, la de la ciudadanía, la que acune cada medida, no los intereses especuladores de los financieros. Para garantizar el bienestar, el avance hacia la igualdad y el acotamiento de la injusticia social. Para que el pueblo, al que se debe y al que representa, el que tanto la necesita, sea la prioridad. Y si no la dejan, tiene que explicarlo, para que la gente, su legitimidad, la empuje hacia la ruptura de cualquier cadena. De lo contrario, se verá desprovista de toda credibilidad, de la que le queda. Y ya quién sabe si la podría recobrar, pues quizás sea la última oportunidad, al menos, para la izquierda actual. No obstante, todo quedará en nada si antes no se produce ese despertar, si antes el miedo no queda atrás. Poco por perder. Mucho por ganar.

Irresponsabilidad

Una ruptura que confirma el abrazo del oso de un PP que quiere arrojar sobre el PA todo el peso de unas culpas que son compartidas, de una desidia, de un maltrato y de una bochornosa gestión de la que ambos son (y siguen siendo) responsables directos, como actores protagonistas, no como meros cómplices. Una ruptura que evidencia la irresponsabilidad del Partido Popular de Manuela Caro, que, en una maniobra con claros tintes electoralistas, deja a El Campillo en manos no ya de un Gobierno en minoría, sino de un Grupo Andalucista al que, como se desprende de sus propias palabras, considera “incapaz”, porque, según ella misma, “no sabe, o no quiere, priorizar las más básicas necesidades ciudadanas”. Ésta es la conclusión que se extrae del aparente fin de la alianza conservadora-nacionalista que sellaban ambas formaciones en junio de 2011, sólo aparente en la medida en que los primeros aún sostienen (y todo apunta a que no dejarán de hacerlo) a los segundos en el poder.

La hasta hace poco primera teniente de alcalde (alcaldesa de facto para muchos) y portavoz del PP, en un alarde de adjetivos sin desperdicio que olvida atribuir a su propia acción de gobierno, iba más allá y reforzaba esa supuesta falta de preparación que imputa a los andalucistas (ha intentado, según asevera, ¡hasta formarlos!) al afirmar que son dos años y medio “siempre  pendientes de las decisiones, en ocasiones, muy descabelladas” del regidor, el nacionalista Francisco Javier Cuaresma, “para salir al encuentro y subsanar, en lo posible, las meteduras de pata”. Manuela Caro se vestía así de salvadora frente a la presunta malignidad del PA, recurría a la retórica fácil de la demonización de su socio para presentarse como una deidad pulcra, impoluta, para desmarcarse de todo aquello de lo que ella (y su partido), por mucho que quiera taparlo, también es culpable.

La táctica está clara, es nítida. No hay lugar a la duda, a la presunción de inocencia. Porque el PP no es inocente. Y así se palpa, desde el preciso instante en el que Manuela Caro, en la argumentación volcada en las redes sociales aquel 18 de diciembre, deja entrever que el propósito del Grupo Popular, compuesto por dos concejales, es dejar gobernar a los cuatro ediles del PA en minoría (el PSOE cuenta con cinco escaños en el Ayuntamiento). Si su amor a El Campillo, a nuestro pueblo, fuera sincero, jamás lo dejaría en manos de alguien sobre el que tiene ese concepto, en manos de unos dirigentes de los que desconfía. Nadie que ame a su tierra lo haría. Priman, en su caso, por tanto, otros intereses, particulares, propios o partidistas, quizás el de concentrar en sus siglas todo el voto no socialista, el máximo número posible de las papeletas que en 2011 portaron esa mano abierta que levanta Francisco Javier Cuaresma, en la próxima cita con las urnas. No en vano, la decisión se produce justo cuando se empieza a encarar la recta final del mandato.

Desde las filas nacionalistas, ante este contexto, ante el vendaval de acusaciones y ante una crisis de gobierno sin precedentes, ante un episodio de la máxima relevancia, trascendental para el futuro inmediato de nuestro pueblo, no ha habido más reacción que la quietud, el silencio. El Grupo Socialista optó por la cautela, por esperar la respuesta. No la ha habido. El alcalde se ha enrocado. Se sume en la inacción. No se ha molestado ni en dar explicaciones (sobre lo ocurrido y sobre el rumbo que va a tomar) ni en convocar un Pleno para reorganizar las concejalías, para repartir entre los ediles andalucistas las competencias abandonadas por los populares. Cuaresma, irresoluto, instala la incertidumbre en el Ayuntamiento, instaura un vacío de poder. Contra esto, desde el PSOE se ha solicitado ya la convocatoria de una sesión extraordinaria, para desenmascarar la irresponsabilidad de PP y PA y agudizar el control de la oposición sobre el equipo de Gobierno, tanto de quienes lo conforman como de quienes lo conformaron y ahora lo sustentan.

Caro reconoce el trabajo socialista

La soflama con la que la hasta hace poco primera teniente de alcalde y portavoz del PP en el Ayuntamiento, Manuela Caro, justificaba en las redes sociales el divorcio (sólo a medias) entre su formación y el PA en El Campillo dio más de sí. Sin ser consciente de ello, sin querer hacerlo, vino a reconocer el trabajo del Grupo Socialista en el Consistorio. Porque, como ella misma resalta, “en los últimos 14 meses sólo se han convocado comisiones de gobierno, función inexcusable del regidor, para dar respuesta a las cuestiones planteadas por la oposición”. La pregunta es obligada: ¿Qué han hecho ellos desde el poder en estos dos años y medio? Fácil: Nada.

Un TC que desahucia a la Constitución

El Tribunal Constitucional (TC) suspende la Ley Andaluza Antidesahucios, la Ley de medidas para asegurar la función social de la vivienda, ese derecho a la dignidad que la propia norma suprema del Estado nos concede a todos los ciudadanos y que hasta el propio Alto Tribunal que ha de velar por su cumplimiento nos niega, nos arrebata, ahora. El TC, con esta medida ante la que sólo queda la desobediencia, lo que viene es a desahuciar a la democracia, a desahuciar a todo atisbo de igualdad y a toda esperanza de libertad, a desahuciar a la justicia del seno de ese poder que la imparte, que se presupone que la imparte.

Las desahucia, si es que las había, si es que quedaba algo de ellas. El camino, por tanto, sólo es uno: abortar (y sin el permiso del más retrógrado ministro de Justicia, del ‘progresista’ Alberto Ruiz-Gallardón) este sistema cosido por mercaderes a la medida de sus intereses económicos, abortarlo antes de que siga su imparable engorde, ahora, bajo el alimento de esta crisis ideada para ello. Porque no es a los débiles a los que hay que desahuciar, porque son otros, la opulencia de otros, los que sobran, porque son ellos los culpables y, en consecuencia, los que han de sufrir la condena. Una condena justa, muy justa. Una condena impuesta por la Humanidad.

Los yugos rotos de Salvochea: 82 años de libertad

Los yugos rotos de Salvochea: 82 años de libertad

Hoy se cumplen 82 años desde que los campilleros empezamos a trazar nuestra historia; 82 años de aquel 22 de agosto de 1931 que certificó el nacimiento de un nuevo municipio, de Salvochea; 82 años de la rotura de ese yugo, de esas cadenas que nos imponían, desde la putrefacción del caciquismo, esas gentes de la hierba mala contra las que se rebelaban los versos de Miguel Hernández; 82 años de esa libertad que nos trajeron los vientos revolucionarios de aquella anhelada República proclamada por el pueblo, por su soberanía, sólo unos meses antes, el 14 de abril; 82 años del inicio de un camino por el que fuimos condenados a ser borrados del mapa por la sinrazón fascista; 82 años de lucha obrera, de fuerza, de perseverancia, de sufrimiento y de muerte, por roja, por minera, por libre.

Hoy, cuando creíamos consolidada esa autonomía ganada, conquistada, aquel épico 22 de agosto de 1931, vuelve a planear sobre nosotros, campilleros, salvocheanos, la amenaza de una gaviota, la más carroñera, como lo era aquel caciquismo de antaño. Vuelven esas gentes de la hierba mala que nunca se marcharon, que siempre han estado ahí, a la sombra, al acecho, para arrebatarnos esa pluma que tomamos, porque quieren escribir nuestro futuro, con sus manos, para levantar sus privilegios a costa de las nuestras, someternos a las letras que ellos desean, las del poder perpetuo, las de la desigualdad, las de esa perversa Contrarreforma de la Administración Local. La senda, la que dibuja Rafael Alberti con el pincel de su poesía: “a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”.

Persecución política

Gobernar desde la animadversión, desde la inquina a todo lo que huele a rojo, desde la socialitis crónica, entendida ésta como la inflamación del odio a los socialistas –y no desde el amor al pueblo, que es lo que ha de impulsar a todo representante del mismo para que pueda considerarse como tal–, no deja de ser una condena, una corona de espinas, más que nada, para quien sufre esta patología, para quien porta esa carga. Más pesada, si cabe, en una tierra como El Campillo, como la vieja Salvochea, asida por el puño obrero y sembrada de rosas, por historia y por sufrimiento. Tan pesada como los cuatro años de travesía bajo la aplastante gravitación de la misma. Ésta es la realidad de PP y PA, el común denominador que los convierte en socios, en aliados inseparables, la esencia de esa complicidad furtiva, al estilo de los amantes más apasionados, que emana de sus miradas. Ésta es su razón de ser, su única ideología, la verdadera, lo que se esconde tras sus siglas, lo que se disimula tras su gaviota y su mano abierta. En el pecado llevan la penitencia.

El problema surge cuando esa sintomatología habitual sobrepasa los límites del propio convaleciente y empieza a desarrollar anticuerpos que, en la defensa de su Yo, de su egoísmo, atentan contra la libertad de terceros, contra la dignidad del pueblo... Cuando, desesperados por su enfermedad insoportable, acuciados por el orgullo y la prepotencia, emprenden una verdadera e inadmisible persecución política en toda regla a trabajadores, a vecinos, a colectivos, a asociaciones –y hasta a menores de edad– con acciones de claro tinte represor más propias de otros tiempos, al estilo de la más vil de las tiranías... Cuando la mala gestión, la incapacidad, la falta de proyecto, la ausencia de la más mínima idea, la nulidad absoluta del ingenio, la deriva, ya es lo de menos... Cuando ya empiezan a hacer daño, mucho daño, a la ciudadanía, cuando despliegan su látigo sobre ella. Eso sí, maquillado siempre con una sonrisa hipócrita, con la cara simpática y cercana del mejor tramoyista, en un caso; o con la cabeza agachada, escondida bajo tierra, como el avestruz, con la cobardía del verdugo con piel de víctima, en el otro.

No se lo vamos a consentir. Los socialistas de El Campillo no vamos a pasar por ahí. Porque ya es demasiado, porque el listado de ataques, de abusos, tras dos años de mandato, de mando, es inagotable, agotador. Van más allá de la vigilancia perenne a la plantilla, de la imagen de un alcalde clavado como una estaca, como una puntilla, a pie de obra, del esperpento de un regidor que, en lugar de buscar dinero debajo de las piedras, se limita a contemplar el paisaje, de esa presencia como azote disuasorio por si algún trabajador se atreve a distraerse, a parar unos segundos para beber agua o para, como él, aunque tan sólo por un instante, descansar y tomar oxígeno para proseguir. Ya no es sólo eso, que es hasta tolerable, y hasta objeto de burla, de ironía y letrillas de carnaval. Ya son las advertencias, las coacciones, la inquisidora mirada a asociaciones o a personas a las que se le ‘pregunta’ si se han reunido con la oposición y el porqué. Como si fuera un delito. Un derecho constitucional, uno más, que les molesta, que olvidan, con su casaca gris... Como también hacen con la libertad de expresión.

La estrategia del miedo, el modelo copiado del PP, de la más rancia y retrógrada derecha que gobierna desde Madrid, la de siempre, la de hoy, calco de la de ayer. Pero también de la venganza, proyectada con toda la crueldad del término, con alevosía (disimulada, pero alevosía, y hasta descarada), sobre aquellos que se aventuran a dar un paso más, a denunciar las injusticias, a alzar la voz, a quienes osan sacar los pies del tiesto, de su tiesto, a quienes se rebelan, a quienes salen en defensa de los débiles, a quienes quieren a su pueblo y dan la cara por él, ya sea por la Educación Pública Permanente, por el asociacionismo, por la participación, por el medio ambiente o por mil causas más. Un amor que este Gobierno municipal conservador-nacionalista paga con la moneda de la negación o freno de proyectos, pero también con la retirada de ayudas sociales, con la indiferencia de la espalda, con la ignorancia, con el abandono premeditado o, peor, con la desfachatez del maltrato directo, de frente.

El esquema reaccionario es idéntico contra quienes, simplemente, defienden su derecho al trabajo y la legalidad de una Bolsa de Empleo Municipal en la que, cuando se está a las puertas de un contrato, de repente, sin mediar palabra, sin explicación razonable (ni no razonable), se cae hasta la cola, hasta un número remoto, alejado de toda esperanza. A éstos, si protestan, hasta se les denuncia por vejaciones y amenazas, por atentados contra el honor contra un alcalde que parece intocable, con demandas judiciales que acaban en la absolución, que demuestran la inocencia del acusado. Nada, hasta el momento, prueba la del regidor, el mismo al que, reforzado por una implacable dama de hierro, no le tiembla el pulso al abrir expedientes disciplinarios a miembros de la plantilla municipal. Una sombra constante que planea sobre la cabeza de los empleados públicos, sometidos, incluso, a inspecciones sorpresa, a la puesta en duda de bajas atestiguadas por los certificados médicos, a la obligación de volver al puesto aún convaleciente, a su sobreexplotación, a la asignación de funciones que, aunque quisieran, no pueden acometer, como la seguridad en los espectáculos, lo que se traduce en la correspondiente inseguridad del público.

Una insensibilidad que, en su conjunto, y sin olvidar la publicidad a datos privados (sobre enfermedades) y, como tales, protegidos (con valoraciones sobre los mismos con fines perversos, con el cuestionamiento hasta del derecho a pensiones por incapacidad de algunos campilleros con el amago de arrebatárselas, de provocar su pérdida), lleva aparejada la consecuente ansiedad de funcionarios, de personal laboral y de ciudadanos en general, con la merma correspondiente de su salud. Intolerable. Y, como colofón, hasta nos quieren demandar, sentar en el banquillo, por contar la verdad, por hacer público estos desmanes, por enfrentarnos a ellos, por oponernos a estos atropellos desproporcionados, injustificados. Por socialistas. Que lo hagan. No vamos a callar. E invitamos, rogamos, a todo aquel que sufra en silencio estas actitudes facinerosas que acuda a nosotros, que no tema, que nos convierta en su portavoz y en su altavoz. Para que PP y PA no descarguen su ira sobre él. Para que lo hagan sobre nosotros, para que carguemos nosotros ese peso, la losa del sacrificio de esta cuaresma interminable. Lo preferimos, pues así protegemos al pueblo.

Posmodernidad estamental

La sangría empieza a dar frutos, en forma de una sociedad que se pudre. Porque eso es lo que ocurre, ése es el horizonte inmediato, irremediable, de todo aquel o aquello que se abandona a su propia suerte, a la deriva de su desgracia, más si cabe, cuando es empujado a ello por unas fuerzas superiores, invisibles, por lejanas, elevadas, no por inexistentes. Este año, unos 35.000 estudiantes (16.700, casi la mitad, andaluces) han perdido su beca como consecuencia de los nuevos requisitos, por no decir restricciones, impuestos por el Ministerio cuya cartera guarda el conservador José Ignacio Wert, la misma que, dentro de ese celo de cancerbero, ha dejado de inyectar 110 millones de euros en la siembra de futuro, que estrangula esa inversión, que la condena con las cadenas sin sentido, al menos del común, de la austeridad.

El panorama no es halagüeño. El gris de esta realidad presente que muchos creían ficticia, inverosímil hasta en sus peores pesadillas, se recrudece ante los ojos de quienes afrontan ya el cierre del curso sin saber lo que les deparará el siguiente, sin saber si, pese al esfuerzo de estos días de pruebas y evaluaciones, de las inacabables horas ante los apuntes, pese a aprobar, podrán continuar su carrera ante la irrupción de obstáculos inesperados, o mejor, esperados: el examen a su bolsillo. Un estudio elaborado por expertos de las universidades de Jaén y Valencia pronostica que, el año próximo, el número de alumnos que habrá perdido las ayudas al estudio y, por tanto, la oportunidad de forjarse un mañana (y, no lo olvidemos, de hacérselo mejor también a los demás, pues, entre ellos, quizás esté el remedio contra el cáncer o la cuadratura del círculo que nos evada de esta crisis inventada) se elevará a 85.000.

Son sólo dos cursos y España va a retroceder ya hasta una tasa de cobertura en becas del 16 por ciento, un índice similar al registrado en 2003-2004 (curiosamente, también gobernaba la derecha en este país). No sorprende. Wert ya avisó a navegantes en abril de 2012, lástima que no lo hiciera antes de las Elecciones Generales de noviembre de 2011, que es cuando hay que poner las cartas sobre la mesa, la verdad, el programa electoral, la ideología (entonces, el PP, parecía el abanderado de las políticas de izquierda), para otorgar luego legitimidad a las acciones de gobierno. Cuando ya no había riesgo de sufrir en las urnas dijo que “en los últimos años se ha incrementado sustancialmente el gasto en becas y ayudas al estudio”. Le faltó culpar a los socialistas de despilfarrar. Claro, a los suyos, a los pudientes, no les hace falta. A muchos, desde el colchón de su opulencia, hasta les irrita. Ellos sí se pueden pagar la carrera, ellos sí superan, con nota, esa reválida.

Abominable. Inhumano. Y contraproducente. Porque jamás puede ser un acierto dejar hundir el barco, el talento de un país, su principal capital, máxime cuando ahora son ellos quienes llevan el timón. Ya no pueden limitarse a contemplar el naufragio desde la costa para, una vez consumado, subir, como salvavidas, a la cubierta. Sólo les queda la tan manoseada herencia. También lo dejó entrever Wert, al lamentar que “a pesar de los ingentes recursos que se dedican, tenemos una tasa de abandono universitario del 30 por ciento… Estamos tirando 3.000 millones de euros”. La estocada definitiva, la puntilla, la justificó con otro dato: “En los últimos años se ha producido una generalización de la educación superior en nuestro país… España ya ha cumplido con creces la proporción de alumnos universitarios establecida en la Estrategia Europa 20-20”. A dar pasos hacia atrás, porque la derecha no se puede permitir eso. Sus socios europeos, sus compañeros de cámara, Merkel, se podrían molestar. Mejor, para compensar, les regalamos nuestro mejor legado, exiliamos allí, en Alemania, a la generación mejor formada de nuestra historia. A precio de saldo. Luego, para corregir posibles desviaciones, excesos potenciales de los flujos migratorios, arrancamos de las aulas, desahuciamos, a los más débiles (en términos económicos, claro; la inteligencia, aquí, es una cuestión baladí).

Sólo estamos en el inicio del camino, de la cuesta. Esta reducción de las becas, su supresión progresiva y el abandono, ya hoy, de centenares, de miles, de universitarios por no poder afrontar el pago de las matrículas, la subida de las tasas, nos aboca a tiempos antiguos, remotos, hasta la perversión de aquella sociedad cerrada, estancada, del Antiguo Régimen, a una Posmodernidad estamental. Porque mañana serán decenas de miles que, si nada lo remedia, se multiplicarán, víctimas de esta epidemia, de este virus monetario, de este austeridaje masivo: los pobres, desprovistos de la esperanza de la igualdad de oportunidades, de la educación y hasta de la dignidad... Condenados a ser pobres, por nacimiento, de por vida. Y sus hijos, y los hijos de sus hijos... Condenados al vasallaje perpetuo, a vivir arrodillados ante el señor, que siempre será señor, por el derecho divino de sus monedas, de su negra fortuna.

La crisis no es el verdugo, sino la coartada de éste, de la ideología que lo alimenta, la del egoísmo de quienes quieren ahondar en la desigualdad, de quienes quieren reengordar (si es que es factible tanta obesidad) las alforjas de sus privilegios. Si esto sucede, habremos perdido, habremos fallado; si lo permitimos, habrá sido inútil la lucha y la sangre derramada por quienes lograron que nosotros tuviéramos lo que ellos jamás tuvieron, el sueño que alumbraron como eso, como una quimera, una utopía, y que convirtieron en realidad, en una realidad no para ellos, sino para nosotros. Hasta ahí llegaba su magnanimidad, su solidaridad. La misma que, a los que todavía quedan, les atormenta, porque vislumbran, para sus nietos, una existencia, una subsistencia, aún peor que la que a ellos les tocó sufrir.

3 de abril: Municipalismo

3 de abril: Municipalismo

Hoy se cumplen 34 años de las primeras Elecciones Municipales de la actual etapa democrática, de aquel 3 de abril en el que nuestros pueblos, exentos por fin del brazo ejecutor del caudillo, empezaron a escribir su futuro, su propia historia, su devenir, desde la libertad, al igual que Salvochea, nuestro municipio, se emancipaba de Zalamea la Real, de los grilletes del caciquismo, aquel 22 de agosto de 1931 al calor de los aires revolucionarios de la Segunda República. Gracias a ella. Y hoy, una vez más, la derecha amenaza esta libertad con las cadenas que emanan de su Reforma de la Administración Local, de su contrarreforma para coartar la autonomía de unos ayuntamientos a los que quiere ahogar, intervenir, dejar sin competencias… Un intento subrepticio, camuflado, de acabar con la democracia, de eliminar a esos concejales que se desviven por su gente sin pedir nada a cambio, que son referentes indudables para sus vecinos, pruebas claras e inequívocas (y, por consiguiente, molestas para el PP y su círculo de opulencia), de que no todos somos iguales, ese mensaje, esa falacia, que tanto les interesa extender, porque les beneficia, porque incita al desconcierto, a la desmovilización, al desánimo de la izquierda, a su dispersión, a la abstención. Ellos siempre ganan en ese río revuelto.

La crisis sólo es la coartada perfecta. Lo que hay detrás es su ideología, la búsqueda de sus propios intereses (siempre económicos), porque eliminar a esos referentes cercanos, esa mano tendida a los ciudadanos, maniatarlos, les perpetúa en el poder, ese que consideran que les pertenece por derecho, por historia, por tradición, por el peso de sus bolsillos, que no aceptan que el pueblo les pueda arrebatar en las urnas. Sí, con esa papeleta que nos iguala a todos, a los que más tienen y a los que no tienen nada. Por ello, hoy, más que nunca, toca reivindicar el papel de los ayuntamientos, de esa autonomía, de ese sueño, que se empezó a construir en 1979, en un día como hoy, un 3 de abril, porque son ellos, los municipios, los grandes transformadores de nuestra sociedad, los principales promotores del cambio vivido en estos 34 años. Es tiempo de proteger este camino recorrido e, incluso, de reforzarlo, de avanzar, de dar nuevos pasos. Y, por tanto, es tiempo también de acelerar la proclamación de la República, porque es ella, como se comprobó en 1931 con el nacimiento de la independencia de Salvochea (esa misma que hoy peligra), el mayor garante de libertad, igualdad y solidaridad, de democracia.

Alcaldesa ausente

La primera teniente de alcalde, la... alcaldesa, de El Campillo, la popular Manuela Caro, está ausente. Su omnipresencia se ha marchitado, se ha diluido, tras el paso de los primeros meses de alianza con el PA, del abrazo del oso lanzado como presunto salvavidas a la minoritaria y sin referentes fuerza nacionalista para (juntos, pero sin ti) liberar a El Campillo del terror rojo, para conducirlo por la senda del empleo, de la igualdad, de la participación, de la transparencia, de la solidaridad, por el camino del cambio, de la involución. Era inagotable. Estaba en todas partes. Trabajaba más que nadie en nuestro pueblo, como tantas veces lo autoproclamaba ella misma en las redes sociales. Y por total desinterés, por su compromiso y amor incondicional a nuestra tierra (el mismo que le ha proferido desde que vive en ella). Sin embargo, ahora, desde finales de marzo, se le ha acabado la gasolina. Ha debido caer presa de tantas dosis de esfuerzo, del desgaste propio de tres trimestres de vértigo, de incesante actividad. O, quizás, se ha sumido en un profundo sentimiento de tristeza.

El Ayuntamiento ha dejado de ser su primera casa, su hogar. Su perpetua estancia se ha borrado para dar paso a esporádicas y efímeras visitas. La visibilidad permanente a la que tenía acostumbrada a la ciudadanía ha virado hacia un contexto en el que resulta casi imposible, toda una odisea, encontrarla (y que respondan a los escritos y preguntas, aunque eso viene desde más atrás, desde los inicios). Ha dejado en la soledad más absoluta, en la orfandad, desprotegido, a su socio andalucista, Francisco Javier Cuaresma (también perdido, ido, con la mente enfrascada en algún horizonte lejano, en algún mundo interior remoto, aunque, físicamente, sí esté –sobre todo, a pie de obra–). Ni siquiera dio cobertura a su periodo vacacional este verano (su oportunidad de ser alcaldesa, no ya tácita, sino a título oficial –los otros dos tenientes de alcalde, los nacionalistas José Manuel Rodríguez y Sonia Ruiz, también se autodescartaron para la papeleta–). El Encuentro de Asociaciones, en junio, fue una muestra de lo que se ha confirmado como norma luego al celebrarse reuniones, por citar un ejemplo, con los usuarios de la guardería.

Manuela Caro ha perdido la esperanza (meses antes, incluso, de que lo hiciera su partido en Madrid con la retirada de su barón Aguirre). No hay otra explicación convincente. La clave quizás se halle en una fecha simbólica: el 25 de marzo de 2012, el día en que se celebraron las Elecciones Autonómicas, la noche del vuelco inesperado, de la victoria más amarga de la derecha en Andalucía (la que dio lugar a frases como la de “Arenas, que pierdes hasta cuando ganas”), la de la derrota más dulce de la izquierda. La primera teniente de alcalde, la... alcaldesa, había depositado en esa cita con las urnas buena parte de sus ilusiones, de sus sueños. La tenía anotada en azul en su calendario, en su agenda, como un plebiscito sobre su persona, su gestión, en El Campillo, como una encuesta fiable con la que calibrar sus opciones verdaderas en la vieja y obrera Salvochea. Su castillo de naipes se derrumbó (el PP, la formación de la gaviota, a nivel local, obtuvo 265 votos frente a los 347 que cosechó en las Generales del 20 de noviembre de 2011).

Tal vez aguardara algo más, alguna prebenda, quizás. Los populares más pesimistas no vaticinaban, ni en el peor de los casos, una Junta de Andalucía sin Arenas como presidente. La mayoría absoluta estaba garantizada, pero se interpuso, de nuevo, el pueblo, que se agarró al pacto PSOE-IU como escudo protector contra las medidas ultraconservadoras, de recortes y de desmantelamiento del estado del bienestar, ya propugnadas por Rajoy desde La Moncloa en apenas cuatro meses. Un maltrato que se sumaba, en el caso de El Campillo, al freno a la participación y al ataque indiscriminado a trabajadores municipales, ciudadanos y asociaciones. Aun así, Caro no lo presagiaba. Se veía triunfadora y quién sabe si hasta lejos del Ayuntamiento al que había dedicado tantos desvelos, en algún nuevo puesto de responsabilidad relacionado con su ámbito profesional, el de la salud (raíz de su aterrizaje en la política). Hasta lo dejó entrever en los acalorados debates que, a menudo, tejía en las redes sociales (las mismas que ahora yacen abandonadas, que, como ella, descansan, apagadas en su ordenador): “Cualquiera sabe dónde estaré yo el año que viene”, insinuó en repetidas ocasiones.