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Pablo Pineda

Opinión

El valor social de la izquierda

Un repaso a los últimos cuatro años, al periodo legislativo abierto tras las elecciones generales y autonómicas del 14 de marzo de 2004, basta para palpar las notorias diferencias que separan a la izquierda de la derecha, a la ideología socialista de la ‘popular’ o ‘populista’. El servicio al conjunto de la ciudadanía, a las clases obreras, a los colectivos más desfavorecidos, emerge con claridad como la razón de ser, como la piedra angular en torno a la que giran las iniciativas de la izquierda proletaria, la que se sienta junto al pueblo y sus problemas. Frente a ello, la satisfacción de intereses particulares ante cualquier incipiente expectativa de bienestar social global, la reacción arcaica ante toda solidaria tentativa de reducción de la brecha que separa a ricos y pobres en busca de la igualdad, la justicia y la plena libertad, de eliminación de las clases sociales, es lo que define a una derecha que, al igual que en tiempos pasados ya olvidados, sólo persigue mantener maniatadas a las masas. Y todo con el único fin de conservar sus privilegios ante la palabra más temida por ellos: Progreso.

La consensuada reforma laboral emprendida por el Ejecutivo liderado por José Luis Rodríguez Zapatero, dirigida a incentivar la contratación indefinida y, en consecuencia, a la minimización de la precariedad, de la temporalidad que tanta incertidumbre siembra sobre los trabajadores, contrasta con aquel angosto ‘decretazo’ que durante el último Gobierno del PP sacó a cientos de miles de obreros a las calles de todo el país para rebelarse contra una medida que los desterraba al desamparo más angustioso. La reducción de derechos en favor de los intereses de la patronal, a la que, en realidad, representa el partido que encabezan hoy Mariano Rajoy, en Madrid, y Javier Arenas, en Andalucía, era la meta última y única de una medida ejecutada en 2002 por mediación de un Real Decreto-Ley  para evitar el debate en el foro donde se debe dirimir el futuro del país, el Parlamento. El propio Tribunal Constitucional sentenció la inconstitucionalidad de una iniciativa que chocó con una huelga general.

Pero no es ésa la única huella del rancio conservadurismo que define a un PP que, incluso, cierra las puertas a sus líderes más liberales (caso del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, no incluido en la lista de los populares al Congreso de los Diputados en una controversia en la que impuso su intolerancia el ala más extrema de la derecha española, la misma en la que se sitúa la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre). Su inicial falta de predisposición a la aprobación de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, más conocida como Ley de Dependencia, uno de los más ambiciosos proyectos puestos en marcha en los últimos tiempos, en la medida en que amplía hasta límites sin precedentes el catálogo de derechos sociales conseguido tras siglos de lucha, apunta sobre el tapete de la política nacional la indiferencia del PP con respecto a las necesidades de los más débiles. Sólo el fuerte, el poderoso, importa a una derecha defensora del más atroz capitalismo, de una economía de mercado basada en la competitividad, nunca en la solidaridad y la humanidad, que, incluso, se doblegó a los propósitos imperialistas estadounidenses en su, tal y como lo dictaminó la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU), ilegal invasión de Iraq.

La oposición a la plena igualdad entre hombres y mujeres, el rechazo a la unión de derecho entre personas de un mismo sexo, la utilización desesperada del terrorismo y sus víctimas como arma electoralista y arrojadiza contra el Gobierno socialista, la crispación frente a la construcción, son otras de las muchas manifestaciones de un PP contrario a todo lo que suponga un cambio del estado actual de las cosas. El retorno a lo antiguo es su ideal, su utopía. La restauración del reaccionario poder político de la Iglesia, de la posibilidad de influencia, de injerencia de la misma en la edificación del devenir de un Estado laico, plural, multicultural, subyace, en este sentido, como una de sus metas implícitas. Un punto en el que no se puede obviar el, tan anhelado por el PP, cierre de fronteras, algo demostrado de un modo fehaciente por aquella ya suprimida e inconstitucional Ley de Extranjería aprobada por el Gobierno de José María Aznar que limitaba la libertad de los inmigrantes hasta el punto de negarles, incluso, derechos fundamentales como los de reunión y asociación.

El riesgo que conlleva el regreso al poder de la derecha, la que representa el PP, la única formación que parte con alguna opción real de gobierno frente al PSOE de cara a la inminente cita con las urnas del 9 de marzo, hace necesaria la participación masiva del electorado de izquierdas, así como la concentración de su voto útil en torno a los proyectos de José Luis Rodríguez Zapatero, a nivel nacional, y Manuel Chaves, en la esfera regional. Sólo así será viable una mayoría suficiente para que la izquierda pueda profundizar, durante la próxima legislatura, en unas mejoras sociales que permitan extender aún más los principios de libertad, igualdad y solidaridad.

El espíritu de la participación

Hay un lema que ha aglutinado a la totalidad de los campilleros desde el principio de su historia, unos términos que definen el espíritu de un pueblo que, fruto de su tenacidad y constancia, siempre pacífica, alcanzaba (aquel mítico 22 de agosto de 1931, bajo el calor de la entonces recién instaurada Segunda República) la anhelada independencia de la localidad matriz de Zalamea la Real con el fin de edificar su propio futuro: Unidos laboramos. Éstas son las palabras que ondean en el escudo de El Campillo en forma de canto a la esperanza, de invocación a un proceso hacia el progreso de una tierra minera guiado, con la participación de todos, por las bases, los cimientos de su sociedad, la clase obrera, el proletariado. Así, con el sacrificio y la máxima cooperación de todos, con la fuerza de la unión, ha crecido un municipio que alcanzó la prosperidad al lado de una productiva línea del cobre, la misma que condujo a la Cuenca a liderar el desarrollo de la hoy emergente, cada vez más consolidada, economía onubense. Y ése es el talante que hay que recuperar, el que más falta hace, el más urgente, en unos tiempos actuales marcados por la incertidumbre propia de una diversificación socioeconómica, de un no exento de obstáculos periodo de búsqueda de alternativas al monocultivo del mineral que, por su propia condición de complejidad, requiere el apoyo, la concienciación y la sensibilidad de todos.

La división, la pasividad, la crítica destructiva son elementos alienantes, perniciosos e, incluso, deletéreos, mortíferos, para una sociedad, para un pueblo azotado por un contexto de crisis, para una comarca que lucha por huir del clima de depresión establecido por la decadencia de una mina que, en su momento, dejó de ser rentable. Al mismo tiempo que MRT SAL caía en las garras de la quiebra, hundía, como consecuencia de los embargos sufridos, las expectativas de plena reindustrialización de la Cuenca Minera, al coartar el acceso de los ayuntamientos a un suelo libre en el que propiciar la instalación de nuevas actividades económicas que permitieran profundizar en un proceso inaugurado por la llegada de sociedades como Río Tinto Fruit, Río Tinto Plástico, Tubespa o Nature Pack, entre otras. El reto es reflotar, tornar esta situación, conseguir que una superficie industrial hoy improductiva por no estar en manos públicas o de empresas solventes con proyectos serios, comience a abrir nuevas puertas de riqueza, bajo el manto de la atención preferente en el reparto de fondos, de la discriminación positiva que dispensan las administraciones a esta tierra desfavorecida por las circunstancias del devenir. Una meta en la que desempeñará un papel trascendental la conversión en autovía de las carreteras N-435 (que comunica Huelva con Badajoz) y A-461 (que une El Campillo y Santa Olalla del Cala), dos infraestructuras que dejarán a la comarca en un lugar estratégico, al enlazarla, por mediación de rápidas vías de comunicación, con Huelva y su puerto, Extremadura, Sevilla, Madrid y el norte de España, a través de la Ruta de la Plata.

Estas bases para el desarrollo, cuya concreción práctica necesita, por parte de las instituciones públicas, la máxima agilización de los trámites que conlleva toda iniciativa de tal magnitud, no obstante, no favorecerán la consecución de las metas de bienestar ansiadas por la totalidad del pueblo campillero si no vienen acompañadas de la aportación de los ciudadanos, del grano de arena de cada uno de los habitantes del municipio. No se trata de suplantar el papel que corresponde a las administraciones, sino, simplemente, de participar en la vida de la localidad y del resto del área minera, cada uno desde sus posibilidades, pero de un modo activo y comprometido. Basta con dar rienda suelta a las aficiones individuales, con convertirlas en actividades colectivas. Se trata, por consiguiente, de impulsar el tejido asociativo, la concentración de personas para la constitución de grupos con intereses comunes ajenos a fines lucrativos. La Asociación de Protección de Minusválidos Psíquicos (ASPROMIN), la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFA) de El Campillo, el Centro de Día para personas mayores El Amparo, la Hermandad de la Santa Cruz de El Campillo, la Escuela Municipal de Fútbol Base, el Aula de Música, la delegación campillera de la Asociación Española Contra el Cáncer o las distintas peñas carnavaleras, entre otras muchas entidades, constituyen algunos ejemplos. Es un mecanismo moderno para rescatar del baúl del olvido, para despertar, el alma solidario de un pueblo que se volcaba con cada causa, que, con el sudor de su frente, levantó la ermita para la Santa Cruz o colaboró en la construcción de la iglesia que luego tuvo que ser demolida, el mismo que recobró el prohibido carnaval y salía en masa a la calle con un disfraz para inundar de color cada febrero campillero.

Una sentencia resulta muy expresiva en este sentido: Nadie defenderá mejor una casa, un territorio, que sus propios inquilinos, sus propios residentes, desde los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Aquello que proceda de fuera, aunque no por ello debe dejar de ser entendido como imprescindible y, por tanto, exigible, sólo debe ser considerado como un apoyo, un aliento para seguir adelante, nunca como el único pilar sobre el que sustentar el avance. La ayuda externa, la de las administraciones públicas, ya sean central, autonómica o provincial, tan sólo puede resultar fértil, efectiva, si cuenta con otro elemento básico en su estructura: el concurso de la ciudadanía, su participación, su carácter abierto, su cultura emprendedora.

Una auditoría ruinosa

La última iniciativa de los ediles andalucistas que configuran el Grupo Mixto del Ayuntamiento de El Campillo, en la que instaban al equipo de Gobierno a contratar a una empresa externa y de “reconocido prestigio” para la realización de una auditoría de las cuentas municipales del periodo 1999-2007, emerge como un claro ejercicio de irresponsabilidad política. La explicación, su falta de escrúpulos a la hora de exigir una medida que, de llevarse a efectos, comprometería las acciones cotidianas de la gestión municipal, puesto que absorbería una partida, según fuentes expertas, de entre 15 y 20 millones de las antiguas pesetas de las austeras arcas públicas propias de un pueblo pequeño. Una acción que, en consecuencia, derivaría en el estancamiento, en la parálisis de proyectos de pequeña índole, pero, al mismo tiempo, esenciales, de vital importancia y, además, muy valorados por una ciudadanía que reivindica la ejecución de los mismos. Algunos ejemplos, las obras en las calles, la reposición de mobiliario urbano dañado o los servicios de limpieza, sin olvidar la celebración de las fiestas que permiten a los campilleros evadirse durante unas horas, mediante la inmersión en el ocio y el gozo colectivo, de la pesadumbre de una rutina marcada por el estrés laboral de una tierra en crisis.

Introducir un obstáculo más en el ya de por sí mermado proceso hacia el desarrollo de El Campillo –inmerso en un complejo y espinoso camino hacia su diversificación social y económica ante la carencia de suelo industrial que sufre la Cuenca Minera en su conjunto, debido, sobre todo, a los embargos sufridos en su momento por la empresa minera– no puede ser considerado nunca como un fenómeno justificable por un superficial desajuste en los plazos. Sólo la existencia de sospechas fundadas sobre presuntos casos de malversación de fondos, irregularidades en las cuentas o despilfarro de capital haría no sólo pertinente, sino también imprescindible, la solicitud de una auditoría externa que arrojara luz sobre la oscuridad de las arcas municipales. En cambio, la presentación de las liquidaciones de los distintos ejercicios a la Cámara de Cuentas de Andalucía con un retraso de meses y la aprobación de los presupuestos de un año una vez avanzado el mismo no aportan argumentos fehacientes para el sacrifico que supone una inversión de tales dimensiones. Y máxime cuando se trata de una realidad achacable a la práctica totalidad de los consistorios, no sólo a los onubenses, sino también a los andaluces y españoles.

Es inviable e, incluso, símbolo de insensatez, exigir ese cumplimiento escrupuloso de los tiempos marcados a un Ayuntamiento sin capacidad técnica para ello cuando administraciones locales que disponen de la fuerza económica que otorga una población de decenas de miles de habitantes, con personal dedicado, casi en exclusiva, a esas materias, se ven desbordados hasta el punto de no conseguir tampoco licenciarse en esa asignatura. Controlar a quienes ostentan el poder es la función de la oposición, ésa es la labor que le encomienda la democracia, pero debe basarse, en todo instante, en la huida de las siempre atractivas garras de la demagogia. La duda: ¿Por qué una auditoría de los dos últimos mandatos? ¿Por qué no incluir el periodo de gobierno de IU (1995-1999), cuando las dilaciones no sólo eran de meses, sino de años?

Independencia y transfuguismo

Aunque, bajo una superficial primera mirada, pueda parecer que la Cuenca Minera, con El Campillo como fortín, es la excepción de la estampa que desde el 27-M dibuja un contexto de profunda crisis, de práctica desaparición, en el seno del PA en la provincia de Huelva (donde la necesidad de renovación del nacionalismo es más acentuada, si cabe, que en el resto de Andalucía, como consecuencia de los múltiples casos de tránsfugas que se han marchado de sus filas para reducir de forma ostensible el número de alcaldías alcanzadas en 2003), la realidad obliga a desechar esta hipótesis ante la imposibilidad de verificarla con argumentos sólidos e incuestionables. La consecución de cinco escaños en el Ayuntamiento de El Campillo y su condición de lista más votada (no gobierna debido a la coalición PSOE-IU), no debe ser entendida como una buena noticia para el verdadero andalucismo. Con cada una de sus actuaciones queda de manifiesto la inexistencia de una base ideológica firme y consolidada en unos ediles que navegan sobre las aguas de la ambigüedad, sin descifrar los mensajes de la ya de por sí difusa brújula de un partido derechista que intenta transmitir una apariencia izquierdista con el perentorio fin de sumar apoyos en una tierra obrera. Todo vale cuando se trata de satisfacer intereses particulares, aunque, para ello, se caiga en la traición a los pilares de un nacionalismo que se halla muy lejos de emerger como el verdadero referente de los andaluces.

La independencia de los representantes del PA de El Campillo, el principal y único bastión de este grupo en la comarca minera, no sólo es admitida por algunos de sus miembros, sino que, además, queda patente con frecuencia. Una situación que, en última instancia, se erige en la máxima amenaza para la subsistencia o evolución de estas siglas no sólo en la zona, sino en el resto de la geografía onubense, en la medida en que sólo la fiel y sincera afiliación a una ideología y a un partido político puede garantizar el futuro de éste. Lo contrario no hace más que sembrar un clima de incertidumbre, al incentivar la posibilidad de que, en base a criterios personales, un dirigente opte por huir del asedio y la soledad para embarcarse en el sosiego y la calma de una fuerza más poderosa. Ya el portavoz de los andalucistas campilleros, Francisco Javier Cuaresma, abandonó en 2003 la disciplina de IU para integrar la candidatura del PA.

Pero no termina ahí la renegación de los principios nacionalistas, sino que ésta va aún más allá, hasta rozar los límites de la incompetencia. Resulta inadmisible que los dos únicos representantes (ambos de El Campillo) en la Mancomunidad de la Cuenca Minera de un partido que aboga, de un modo decidido, por la reducción a su mínima esencia de la figura de la Diputación Provincial, en favor del impulso definitivo a la Comarca, por una distribución geográfica y administrativa basada en la cercanía y la proximidad, en el calor de un área cohesionada y de menores dimensiones que una provincia, por la reacción de lo local frente a lo global, se sumerjan en el silencio, precisamente, en el foro en el que con mayor ímpetu y energía deberían hacer oír sus ideas (y las de su grupo), el Pleno de la Mancomunidad. A diferencia de PSOE, IU y Giner, nadie del PA pronunció, durante la constitución de la nueva Corporación del ente supramunicipal, un discurso sobre la comarca que desea el andalucismo, sobre sus problemas, sobre posibles soluciones a la crisis. Su mensaje fue la indiferencia, la ausencia, si no física, sí espiritual. Y mayor gravedad reviste el hecho de que, en el mandato de cuatro años que acaba de consumarse, la única vocal nacionalista en el órgano institucional de la Cuenca Minera, la campillera Sonia Ruiz, sólo acudiera a tres de veintiuna sesiones plenarias.

Quizás es significativo, en este sentido, en ese más que supuesto desvío ideológico, en ese talante de despreocupación, el inconcebible ‘despiste’ de cinco ediles de una misma formación que, por no presentar dentro de plazo la solicitud pertinente, se han visto relegados a formar parte de un hasta ahora inexistente Grupo Mixto en el Ayuntamiento de El Campillo. Algo que, aunque pueda parecer nimio y sin importancia, conlleva que su voz no parta de un modo directo de las siglas a las que se adscriben (la de ellos y la de sus votantes).

La lectura que de todo ello puede hacerse es clara y contundente: los distintos episodios acaecidos bajo el manto del PA de El Campillo cuestionan, sin lugar a la discordia, la capacidad de oposición de sus representantes locales, su eficiencia política como controladores del poder y, en consecuencia, evidencian las sombras, la espesura, la oscuridad a través de cuya opacidad guiarían, a ciegas, el camino de los campilleros hacia el desarrollo si se hiciera efectivo su ascenso al gobierno municipal.

La cultura, una esencia rechazada

La música, el cine, el teatro, la pintura y, salvo contadas excepciones, todas las demás manifestaciones de la cultura, ese elemento esencial para el desarrollo del ser humano, de su espíritu crítico, esa rama de la vida indispensable para la construcción de las almas, ese espejo en el que se refleja todo aquello que intenta ocultar la realidad y en el que se sumerge, en busca de la redención, de la evasión, un ciudadano apesadumbrado por una estresante rutina de dificultades, recibe, de un modo incomprensible, la espalda de los campilleros cuando llega a su tierra, el rechazo de los mismos que demandan un amplio programa que colme de contenidos la oferta del Teatro Municipal Atalaya. Sólo la máxima expresión de la voz del pueblo –después del ejercicio democrático del sufragio–, el carnaval, la fiesta de la sátira y el color, recibe el cálido manto de un público masivo en las butacas del moderno espacio escénico de El Campillo. El resto del año, éste permanece sumido en un silencio apenas despertado por las escasas personas que acuden a las no muchas películas, conciertos o representaciones teatrales que permiten las ajustadas arcas de un humilde Ayuntamiento.

Da igual el género artístico, la respuesta siempre es la misma: entre treinta y cincuenta personas que disfrutan de una actividad que, ante la falta de espectadores, cae en las sombras de la intrascendencia, ese universo siempre opuesto al que, en su origen, inspira la creación del arte, la máxima expresión de una estética que nace para ser contemplada, escuchada, saboreada, percibida, disfrutada con los cinco sentidos. No hay nada más oscuro, lóbrego, triste, que un Teatro vacío. El último episodio de estas funestas circunstancias, de esta trágica tendencia a renegar de un pilar básico como la cultura, lo cual amenaza con convertir a la localidad en un lugar de paso, en una ciudad dormitorio sin el lazo de la tradición como nexo entre sus habitantes, como elemento favorecedor de un sentido de pertenencia al grupo, se produjo con la puesta en escena, por parte de la compañía La Rueda Teatro, de la obra Las Habitantes, de Juan Ramón Utrera. Los actores, tras protagonizar una magnánimo ejercicio de sus dotes interpretativas, se marcharon del escenario con el sabor agridulce de un aplauso largo y merecido, pero incapaz de solapar el ineludible sentimiento de culpa, la frustración inevitable de quien, pese a su inocencia, cree no haber sido capaz de atraer el éxito tras días, semanas y meses de esfuerzo y dedicación.

Es una obra que, sobre los cimientos de una comicidad teñida de humor negro, reflexiona sobre la libertad –la misma que otorga la adhesión al rico ámbito de la cultura–, la búsqueda de la autonomía, de la independencia, emprendida por un ser humano que teme lo desconocido, al que le da miedo el hallazgo de algo mejor, la incertidumbre de no saber qué es lo que le espera tras los muros de la condena en la que yace, la misma pena que le tortura, pero que, al mismo tiempo, da un sentido a su vida, una razón de ser que no sabe si encontrará en el exterior. Y esto le aterra y bloquea todas sus maniobras de escape. Se trata, en definitiva, de una metáfora de lo que hoy en día es el maltrato, la violencia machista, una espiral de sufrimiento y dolor de la que, muchas veces, la mujer no se atreve a salir ante la que, para ella, emerge como una difusa alternativa, la de un mundo desconocido que aparece en su mente como amenazante. Sin embargo, fuera está la salvación.

La majestuosidad de esta esfera enriquecedora de la vida, la cultura, se aleja del pueblo campillero, inmerso, en consecuencia, en ese mismo ostracismo al que se habían visto abocadas las habitantes de Juan Ramón Utrera. Una circunstancia que debe llevar a las autoridades públicas municipales a una seria y urgente reflexión, con el firme objetivo de alcanzar un giro radical que ponga fin a este problema que nunca puede ser achacado a los precios –el coste de la entrada en taquilla era de sólo dos euros–. Entre las soluciones: movilizar a las múltiples asociaciones como canales de promoción, mediante, incluso, el regalo de pases entre los componentes de las mismas; incrementar de un modo notorio la información a la ciudadanía sobre el programa cultural local; y, en última instancia, reactivar el carácter participativo de una población solidaria y activa que parece haberse dormido en el contexto actual de la crisis socioeconómica que azota a la comarca minera.

La agonía del carnaval

Media docena de comparsas y chirigotas ensayan en El Campillo para el carnaval, la celebración que cada año, con la llegada del mes de febrero (ya sea fuera o dentro de una cuaresma desapercibida en una tierra de una acuciada tradición obrera como es la minera), proclama el carácter internacional de un pueblo al que las vicisitudes del tiempo ha distribuido por Madrid, Valencia, País Vasco, Cataluña, Francia, Alemania o Latinoamérica. Pero, desde hace ya algún tiempo, esta seña de identidad de los campilleros sucumbe ante una paulatina agonía que amenaza con su silencio definitivo. La tendencia ascendente a la no participación, al olvido de las costumbres más arraigadas en favor de la cultura de la imagen, de las nuevas tecnologías, de la globalización, que se detecta en buena parte de las últimas generaciones hace mella en la fiesta del color, la ironía, la sátira, la caricaturización y demás manifestaciones del espíritu crítico.

Las carnestolendas se hunden ante la impasible mirada de una juventud pasiva y la desesperación de aquellos carnavaleros puros que sienten la impotencia propia de quien ve desvanecerse sus sueños, los de subirse al escenario a interpretar las letrillas ensayadas durante meses de convivencia, de tensión, de amistad, de desencuentro, de esperanza. La adhesión a esta pasión, a esta forma de vivir y de colaborar, es cada vez inferior, menos comprometida. Algunos se retiraron para dejar paso a sabia más joven, a nuevas ideas, pero éstas, aunque mantienen un elevado grado de calidad, no han conseguido rellenar la totalidad de los huecos dejados.

Falta gente, la implicación y el sacrificio de aquellos que se han visto obligados, ante la decadencia de la minería, a emprender su camino laboral fuera de la Cuenca Minera. Es imprescindible que, durante la transición que sufre la comarca en busca de un desarrollo alternativo al monocultivo del cobre, sólo se marchen en lo relativo a lo profesional, que prosigan su carrera personal, sus relaciones, en su pueblo, en la tierra que les ha visto nacer y crecer, en las calles en las que se ha cimentado su alma, junto a los campilleros con los que se han construido a sí mismos. Sólo de esta forma, el carnaval y, por extrapolación, El Campillo materializarán su anhelada evasión desde el letargo de la crisis hacia el desarrollo, la supervivencia, el bienestar, el progreso, la felicidad.

Pero también resulta primordial el despertar de quienes todavía hoy no se encuentran en esa fase en la que se debe buscar un empleo, en la que se antoja necesario el inicio del proceso de emancipación: los estudiantes. En ellos, en su juventud, en su pujanza, descansa la responsabilidad, el privilegio, de velar por lo suyo, por su pueblo. Como en todos los ámbitos sociales, de nada valen los compromisos asumidos por las administraciones, ya sean locales, regionales o estatales, si sus acciones no vienen acompañadas por el respaldo de los ciudadanos. Este punto es esencial. Su intervención puede, incluso, superar la ausencia de apoyo institucional, pero su carencia actúa sobre cualquier medida como un grifo que derrama las aguas de la inviabilidad sobre unos papeles útiles transformados en desecho.

Son incontables los instantes de gloria dejados sobre las tablas del actual Teatro Municipal Atalaya por cientos de campilleros, de carnavaleros que añoraban el mes de febrero desde el preciso momento en el que se enterraba el cántaro. Y con ellos tiene una deuda pendiente la última generación del pueblo, con ‘Los Califas’, esos viejos artistas; y con ‘Los Perendengues’, que aún repudian la posibilidad de bajarse del escenario. Ambas agrupaciones se erigen en artífices de lo que hoy es el carnaval de El Campillo, una celebración masiva que, sin insertarse en la maraña de un concurso, no tiene nada que envidiar a las carnestolendas de otras áreas geográficas onubenses.

Y aún hay que ir más allá en el recuerdo de la aportación de los distintos grupos que han inundado de colorido y de fantasía el febrero campillero: ‘Los Soldados de Plomo’, ‘Los Diablos’, ‘Los Esponjas’, ‘Los Trábalas’, los ‘Peques del Carnaval’, ‘Los Pitufos’, los ‘Heidis’, las ‘Pepito Grillo’, las ‘Pintoras’ y otros muchos más. Todos, con sus letras, han escrito buena parte de las páginas de la trayectoria de El Campillo, de su cultura, de su tradición, de su intrahistoria. Un libro inacabado, sin final, abierto, en el que deben estampar su sello los que son los depositarios del mañana, los jóvenes, los adolescentes, los niños.

Sólo hace falta una guitarra, una caja, un bombo y las telas de un disfraz. El resto, acompañado de los mimbres de la siempre magnánima ilusión, de las ganas, viene solo. El repertorio de pasodobles, cuplés y popurrí surge de repente, aunque su realización emerja en el horizonte como una utopía, como un tren que no llegará a tiempo a la cita de febrero. Al final, pese al desconcierto de los apuros, sube al escenario, envuelto en la máscara de un personaje creado por las horas de dedicación costurera de una madre. Una lucha contrarreloj que, si cabe, actúa como elemento redentor, como una excusa más para una satisfacción que experimenta su máxima expresión en el momento en el que la complicidad del público se hace patente en forma de aplausos para embargar de sublimes emociones al verdadero carnavalero.

Vértigo o exceso de confianza

La revelación, por parte del candidato y único edil de IU en la recién constituida Corporación municipal de El Campillo, de la evolución de los procesos de negociación con las dos formaciones que aspiraban a acceder a la Alcaldía tras los resultados electorales cosechados el pasado 27-M, PA y PSOE, ha sembrado claras dudas sobre la disposición política de los andalucistas campilleros. Resulta extraño, bajo el contexto de esta premisa, que no apuraran sus opciones mediante una clara propuesta de pacto a IU, una vez alcanzado el objetivo que inspiró su fundación a nivel local. Una finalidad primigenia que se asentaba, como ellos mismos han aseverado en múltiples ocasiones, en el firme propósito de desbancar del sillón de mando a unos socialistas avalados por una trayectoria de 24 años de gobierno desde la restauración de las libertades o, al menos, arrebatarles la mayoría absoluta que ha distinguido cada uno de sus mandatos. Sin embargo, ante la seria oportunidad de certificar la consecución de su meta, rehusaron hacer un último esfuerzo que les otorgara la llave del Ayuntamiento minero. Esta actitud de un grupo que, pese a proclamarse vencedor en los pasados comicios municipales, requería, al obtener el mismo número de ediles que el PSOE (cinco), el apoyo de la coalición, ya fuera en forma de alianza o de abstención, para ostentar por vez primera en su historia el sillón presidencial del Consistorio campillero, denota dos posibles interpretaciones antagónicas.

 

Una primera lectura es la que atisba, como origen de esta situación, un exceso de confianza por parte del candidato nacionalista, Francisco Javier Cuaresma, y sus correligionarios en que la tradicional fractura irreconciliable que ha caracterizado las relaciones entre las direcciones locales de los dos partidos de izquierda impidiera la concreción del denominado pacto de progreso entre socialistas y coaligados. Esta seguridad, la tranquilidad de quien no ve peligrar la investidura como nuevo regidor, en consecuencia, pudo derivar en una intención premeditada de gobernar en minoría con la complicidad incondicional de un concejal de IU que se erigiría, en tal supuesto, como una mera marioneta sumisa a los dictámenes ideados por los andalucistas.

 

La otra vertiente radica en la presunta sensación de vértigo que podía despertar en el PA la responsabilidad que supone dirigir un municipio desde la inexperiencia propia de quien nunca antes ha tenido un contacto directo con el poder. Algo que cobra especial relevancia en el caso campillero, al tratarse de una localidad inmersa aún en la grave crisis socioeconómica a la que se vio condenada a causa del declive de la actividad minera, lo cual exige un nivel extra de diligencia política y un contacto permanente, fluido e infatigable con el resto de las administraciones. La no presencia en las mismas de representantes de los nacionalistas abocaba, en este sentido, a la candidatura encabezada por Cuaresma al abismo de una probable parálisis que no sólo resultaría perjudicial para los intereses andalucistas, sino que, además, retrasaría, durante un intervalo mínimo de cuatro años, la materialización práctica de los anhelos de desarrollo de El Campillo, un pueblo que no puede permitirse el lujo de perder un segundo en la reivindicación de la deuda histórica que la provincia tiene contraída con él y el resto de la Cuenca Minera.

 

Ése es, precisamente, el reto que debe afrontar el PSOE (y su socio de gobierno) ante el examen de reválida que se le plantea en la recién inaugurada legislatura: proseguir el avance paulatino, pero constante, hacia el horizonte del bienestar social y económico. Una labor en la que emerge como una necesidad fundamental la participación no sólo del único grupo que configura la oposición, sino también de los propios ciudadanos, con el fin de que se haga efectivo el lema que ondea sobre el escudo campillero, ‘unidos laboramos’.

Un pacto coherente, legítimo y democrático

Un nuevo escenario político emerge en El Campillo con una vigencia mínima de cuatro años de mandato. La unión de dos fuerzas de izquierda tradicionalmente situadas en posiciones antagónicas, el entierro de unas divergencias que se han mantenido candentes hasta el pasado más inmediato, inaugura un nuevo horizonte de participación, de diálogo, de confluencia, en pro del desarrollo socioeconómico del municipio. Una oportunidad que, concedida por la desaparición de la mayoría absoluta que ha dominado las siete legislaturas transcurridas desde la restauración del sistema democrático, abre las puertas a la imprescindible suma de esfuerzos en busca de la ansiada evasión de la crisis provocada por el cierre de la línea del cobre. La alianza supone, en consecuencia, un verdadero punto de inflexión sin precedentes en las relaciones locales entre PSOE e IU. Y, todo ello, con un claro protagonista: el nuevo candidato de la coalición, Álvaro Romero, quien ha mostrado un elevado grado de valentía para cerrar, frente a las presiones de quienes, dentro de su partido, preferían permanecer anclados en un contexto de división, la enorme brecha que separaba a socialistas e izquierdistas. Una situación que, desde la perspectiva de la coherencia, se erige como insostenible en la totalidad del territorio español ante una proximidad ideológica que condena a ambas formaciones al entendimiento mutuo, a caminar de la mano, con la defensa de unos principios simétricos, siempre en torno a los valores de libertad, igualdad y solidaridad,  como meta última. 

 

Consciente de las reacciones que, en primera instancia, iba a suscitar su apoyo a la candidatura de Encarnación Palazuelo en el seno de la propia coalición, Romero, ante el dilema que se le planteaba, optó por lo que considera más beneficioso para El Campillo, en detrimento de las tesis que pudieran defender ciertos sectores de la militancia de su agrupación. Una decisión compleja y difícil en la que ha primado el compromiso con los intereses de los ciudadanos por encima de los de unas siglas concretas, algo que, aunque, con frecuencia, sea olvidado, debe ser el eje de la actividad de todo político en su calidad de representante del pueblo. Ahora llega la hora de demostrar que ha tomado la senda acertada, para lo cual PSOE e IU están obligados a emprender un duro trabajo que evidencie la legitimidad de una acción tan democrática como un pacto ante una ciudadanía que nunca hasta ahora había visto en la oposición a la fuerza más votada. Cuatro años tienen para ello. Sólo un balance de resultados positivos en un pueblo que quiere huir del éxodo que azota a la Cuenca Minera en su conjunto desde la decadencia de la minería derivará en la aquiescencia de la mayoría de los campilleros.

 

No obstante, será en los socialistas en quienes, en este sentido, recaerá un mayor grado de responsabilidad, ya que el recién iniciado mandato supone una reválida en la que sólo la obtención de una alta nota les permitirá recuperar el apoyo perdido con respecto a los comicios de 2003. Un objetivo para cuya materialización práctica resulta esencial la subsanación de los errores cometidos, el cuidado del más mínimo detalle y la apertura de canales de comunicación permanente entre el gobierno municipal y los ciudadanos, algo fundamental para que los campilleros conozcan la totalidad de los pasos que ejecuta la Corporación y los obstáculos que frenan la concreción de cada proyecto, en especial aquéllos relacionados con los ámbitos del fomento y el empleo. Estas acciones, además, no deben desligarse de una necesaria reorganización del PSOE de El Campillo que evite, como en ocasiones anteriores, que la retirada de Fernando Pineda se traduzca en una caída que relegue a los socialistas al lugar de la oposición, un espacio en el que a punto han estado de acabar tras los resultados del pasado 27-M.