El abrazo del oso
El andalucista Francisco Javier Cuaresma es desde hoy el nuevo alcalde de El Campillo. Y lo es, en su segundo asalto, gracias a un pacto con el PP –reitero, totalmente legitimado por las reglas del juego democrático– que le permite dejar fuera del Gobierno al más votado, el PSOE, una fuerza que, con una lista que personifica un claro relevo generacional bajo la cabeza de la joven parlamentaria andaluza Susana Rivas Pineda, ha conseguido dar un vuelco, aunque ligero, muy meritorio, a los resultados de 2007. La tarea no se presentaba fácil ante el complejo contexto que ahogaba al socialismo tanto a nivel local y comarcal, con un descontento generalizado en el electorado minero, como en la esfera nacional, a causa de la grave crisis económica y la obligación del desgastado José Luis Rodríguez Zapatero a emprender reformas económicas más propias de la derecha ante la presión de los vientos neoliberales que dominan Europa. Pese a todo, el puño y la rosa han logrado en la antigua Salvochea no sólo salir indemnes del feroz temporal que ha azotado pueblos de acentuado predominio rojo como Valverde del Camino o Cartaya, sino, incluso, fortalecido, aunque ahora se vean apartados de la Presidencia de la Corporación Municipal, la misma que han ostentado en siete de los ocho mandatos que se han sucedido desde 1979 en la actual etapa democrática.
El PSOE, que perdió hace cuatro años por sesenta votos de diferencia ante un emergente PA (ambas formaciones empataron a cinco concejales) y mantuvo la Alcaldía gracias a una alianza de progreso sin precedentes con IU que dinamitó la asamblea local de la coalición izquierdista, ha recuperado ahora la primera posición (ha cosechado 532 votos, 42 más que los nacionalistas) y ha obtenido un edil más que su principal rival (cinco frente a cuatro). Con ello, aunque ya se vaticinaba (desde la Casa del Pueblo, incluso, lo daban por hecho) que Susana Rivas Pineda no podría recoger el testigo de Encarnación Palazuelo si no alcanzaba la mayoría absoluta, los socialistas han firmado una victoria moral que, en paralelo, en forma de daños colaterales, conduce a los andalucistas a una notoria pérdida de credibilidad, teñida de incoherencia y con matices de potencial error histórico, que puede derivar, si no barajan con el máximo tino sus cartas, en su desaparición también en El Campillo, en línea con su evolución (o involución) en la provincia, con apenas 49 concejales en todo el mapa onubense, y en el resto de Andalucía, donde ni siquiera gozan de representación en el Parlamento autonómico.
Los andalucistas campilleros han traicionado los principios que tomaron como bandera para colocarse en el escaparate político local como una víctima más de la perversión de la maquinaria socialista. Tacharon de “vergonzoso” el acuerdo PSOE-IU porque ninguneaba la voluntad del pueblo. Se rebelaron con vehemencia contra quienes los alineaban, como a toda organización nacionalista, con la rama de la derecha. Su pretendido carácter progresista (poco reflejado en la amenaza a trabajadores municipales) recrudecía la vileza de una trama que los dejaba fuera del poder, un verdadero atentado contra la fuerza más respaldada en las urnas. Hoy, sin embargo, renuncian a esa integridad para desplazar a la oposición a la candidatura más votada el 22-M. Y lo hacen con su socio natural (ya no lo podrán negar), el de derechas, el PP. De esta forma pierden esa autoridad moral para bajar hasta las mismas cloacas en las que navegan quienes trabaron su ascensión a la Alcaldía en 2007, los socialistas. Allí está también el PP, que ya ha olvidado su anhelo de suscribir ante notario un compromiso de no beligerancia contra la lista con más sufragios en su haber. Sólo lo pedían en aquellas plazas en las que las encuestas le otorgaban una mayoría relativa. Un canto de hipocresía. Ahora, por tanto, todos están al mismo nivel en El Campillo, que no es otro que el que marcan las constitucionales reglas del juego democrático, vigentes y legítimas, al menos, hasta que una reforma de la Ley Electoral las derogue.
Luego, lejos de ser el débil del pacto, el PP, con sus dos únicos ediles en el núcleo minero (hasta ahora, el Everest de la formación conservadora en esta tierra minera que se independizó de Zalamea la Real al calor de la Segunda República bajo la libertaria denominación de Salvochea), está en disposición de erigirse en el brazo fuerte de la pareja, por peso institucional, por aparato, por poder, en especial, si las siglas de la gaviota anidan en La Moncloa y en el Palacio de San Telmo en la primavera de 2012, y por el grueso de las competencias locales asumidas (Personal –al 50 por ciento–, Atención al Ciudadano, Servicios Sociales, Urbanismo, Medio Ambiente, Vivienda, Obras y Servicios) . Lo normal, ante estas circunstancias, será que el equipo de Manuela Caro monopolice la gestión municipal y termine por engullir a un grupo andalucista que ni sabrá ni tendrá a nadie a quien acudir. La propia forma de ser de los líderes de uno y otro socio tampoco juega, en este sentido, a favor de Cuaresma, a quien cuyo carácter ensimismado, ausente, poco sociable e, incluso, huraño le puede terminar de condenar a un abismo del que el PA ya no estaría en disposición de salir, por su propia falta de bases. Así, la alianza popular que coloca ahora al Partido Andalucista en lo más alto emerge como un puente exprés hacia la guillotina. Estamos ante el paradigma de ‘El abrazo del oso’, que da calor a su presa para, a continuación, devorarla.