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Pablo Pineda

Opinión

El abrazo del oso

El andalucista Francisco Javier Cuaresma es desde hoy el nuevo alcalde de El Campillo. Y lo es, en su segundo asalto, gracias a un pacto con el PP –reitero, totalmente legitimado por las reglas del juego democrático– que le permite dejar fuera del Gobierno al más votado, el PSOE, una fuerza que, con una lista que personifica un claro relevo generacional bajo la cabeza de la joven parlamentaria andaluza Susana Rivas Pineda, ha conseguido dar un vuelco, aunque ligero, muy meritorio, a los resultados de 2007. La tarea no se presentaba fácil ante el complejo contexto que ahogaba al socialismo tanto a nivel local y comarcal, con un descontento generalizado en el electorado minero, como en la esfera nacional, a causa de la grave crisis económica y la obligación del desgastado José Luis Rodríguez Zapatero a emprender reformas económicas más propias de la derecha ante la presión de los vientos neoliberales que dominan Europa. Pese a todo, el puño y la rosa han logrado en la antigua Salvochea no sólo salir indemnes del feroz temporal que ha azotado pueblos de acentuado predominio rojo como Valverde del Camino o Cartaya, sino, incluso, fortalecido, aunque ahora se vean apartados de la Presidencia de la Corporación Municipal, la misma que han ostentado en siete de los ocho mandatos que se han sucedido desde 1979 en la actual etapa democrática.

El PSOE, que perdió hace cuatro años por sesenta votos de diferencia ante un emergente PA (ambas formaciones empataron a cinco concejales) y mantuvo la Alcaldía gracias a una alianza de progreso sin precedentes con IU que dinamitó la asamblea local de la coalición izquierdista, ha recuperado ahora la primera posición (ha cosechado 532 votos, 42 más que los nacionalistas) y ha obtenido un edil más que su principal rival (cinco frente a cuatro). Con ello, aunque ya se vaticinaba (desde la Casa del Pueblo, incluso, lo daban por hecho) que Susana Rivas Pineda no podría recoger el testigo de Encarnación Palazuelo si no alcanzaba la mayoría absoluta, los socialistas han firmado una victoria moral que, en paralelo, en forma de daños colaterales, conduce a los andalucistas a una notoria pérdida de credibilidad, teñida de incoherencia y con matices de potencial error histórico, que puede derivar, si no barajan con el máximo tino sus cartas, en su desaparición también en El Campillo, en línea con su evolución (o involución) en la provincia, con apenas 49 concejales en todo el mapa onubense, y en el resto de Andalucía, donde ni siquiera gozan de representación en el Parlamento autonómico.

Los andalucistas campilleros han traicionado los principios que tomaron como bandera para colocarse en el escaparate político local como una víctima más de la perversión de la maquinaria socialista. Tacharon de “vergonzoso” el acuerdo PSOE-IU porque ninguneaba la voluntad del pueblo. Se rebelaron con vehemencia contra quienes los alineaban, como a toda organización nacionalista, con la rama de la derecha. Su pretendido carácter progresista (poco reflejado en la amenaza a trabajadores municipales) recrudecía la vileza de una trama que los dejaba fuera del poder, un verdadero atentado contra la fuerza más respaldada en las urnas. Hoy, sin embargo, renuncian a esa integridad para desplazar a la oposición a la candidatura más votada el 22-M. Y lo hacen con su socio natural (ya no lo podrán negar), el de derechas, el PP. De esta forma pierden esa autoridad moral para bajar hasta las mismas cloacas en las que navegan quienes trabaron su ascensión a la Alcaldía en 2007, los socialistas. Allí está también el PP, que ya ha olvidado su anhelo de suscribir ante notario un compromiso de no beligerancia contra la lista con más sufragios en su haber. Sólo lo pedían en aquellas plazas en las que las encuestas le otorgaban una mayoría relativa. Un canto de hipocresía. Ahora, por tanto, todos están al mismo nivel en El Campillo, que no es otro que el que marcan las constitucionales reglas del juego democrático, vigentes y legítimas, al menos, hasta que una reforma de la Ley Electoral las derogue.

Luego, lejos de ser el débil del pacto, el PP, con sus dos únicos ediles en el núcleo minero (hasta ahora, el Everest de la formación conservadora en esta tierra minera que se independizó de Zalamea la Real al calor de la Segunda República bajo la libertaria denominación de Salvochea), está en disposición de erigirse en el brazo fuerte de la pareja, por peso institucional, por aparato, por poder, en especial, si las siglas de la gaviota anidan en La Moncloa y en el Palacio de San Telmo en la primavera de 2012, y por el grueso de las competencias locales asumidas (Personal –al 50 por ciento–, Atención al Ciudadano, Servicios Sociales, Urbanismo, Medio Ambiente, Vivienda, Obras y Servicios) . Lo normal, ante estas circunstancias, será que el equipo de Manuela Caro monopolice la gestión municipal y termine por engullir a un grupo andalucista que ni sabrá ni tendrá a nadie a quien acudir. La propia forma de ser de los líderes de uno y otro socio tampoco juega, en este sentido, a favor de Cuaresma, a quien cuyo carácter ensimismado, ausente, poco sociable e, incluso, huraño le puede terminar de condenar a un abismo del que el PA ya no estaría en disposición de salir, por su propia falta de bases. Así, la alianza popular que coloca ahora al Partido Andalucista en lo más alto emerge como un puente exprés hacia la guillotina. Estamos ante el paradigma de ‘El abrazo del oso’, que da calor a su presa para, a continuación, devorarla.

Carlos Navarrete: "El desastre puede aumentar en las autonómicas"

Carlos Navarrete: "El desastre puede aumentar en las autonómicas"

“El PSOE será un partido de izquierdas si sabe dar respuesta a los más necesitados” · “Hay que recuperar la ejemplaridad de los militantes socialistas” · “Lo que hace falta es que la gran mayoría de afiliados no entre con el propósito de obtener beneficios”

Andrés Marín Cejudo, El Mundo

Carlos Navarrete (Málaga, 1938) ha sido –para muchos, lo sigue siendo– uno de los referentes más claros del socialismo onubense y andaluz. Abogado laboralista, fue secretario general del PSOE de Huelva desde finales de los 70 hasta 1996, año en el que las exigencias ‘renovadoras’ lo apartaron de la dirección. Ha sido, además, consejero de Trabajo de la Junta de Andalucía (preautonómica) y parlamentario nacional desde 1977 hasta 2004, cuando los dirigentes socialistas onubenses decidieron su jubilación. Hoy levanta la voz contra la “dramática” situación por la que atraviesa el partido al que ha entregado su vida, el PSOE, en cuyos órganos directores federal y andaluz también ocupó cargos de responsabilidad.

Pregunta.- ¿Cómo interpreta desde su experiencia lo que le ha pasado al PSOE en estas elecciones?

Respuesta.- Lo que ha ocurrido es que últimamente se ha acentuado de una manera notable la falta de sintonía con su electorado natural. En este último año, el PSOE, de una manera muy clara y muy evidente, se ha vuelto de espaldas a las necesidades de su electorado natural, y como consecuencia lógica, ese electorado natural también le ha vuelto la espalda al partido. Este hecho ha llevado al PSOE a una situación bastante dramática. Las cosas son necesarias en la medida que son útiles y el PSOE tiene que ser el partido de los que en la lucha por la vida son los perdedores. Si el partido no es fiel a esa necesidad, el espacio que el socialismo ha dejado bacante será ocupado por otras fuerzas.

P.- ¿En qué sentido califica de dramática la situación del PSOE?

R.- En un doble sentido. En primer lugar, porque los resultados electorales han sido absolutamente decepcionantes. Y en segundo lugar, porque el PSOE es hoy un partido del que nadie se ocupa, un partido inexistente compuesto sólo por concejales y cargos públicos. La única voz cantante que existe dentro del PSOE está constituida o bien por los cargos públicos o bien por los que aspiran a desempeñar cargos públicos de manera oportunista. Hay que recuperar la ejemplaridad de los militantes socialistas que existía en anteriores épocas. Esa es una tarea difícil, pero urgente, primordial e indispensable.

P.- Es decir, que sobran cargos públicos y falta militancia.

R.- Lo que ocurre ahora mismo es insostenible: hay más cargos públicos que militantes, o la militancia está reducida casi exclusivamente a los cargos públicos, o los militantes están en el partido por la aspiración que tienen a ostentar un cargo público. En este sentido, lo que hace falta es que la gran mayoría de afiliados al partido no entren en él con el propósito de obtener ninguna clase de beneficio.

P.- ¿Cómo se logra eso?

R.- Por ejemplo, estableciendo unos filtros a la hora de seleccionar candidatos electorales que impidan el acceso de personas que conocidamente carecen de una legitimidad para ejercer responsabilidades o no dan la talla moral de ejemplaridad indispensable. Además, hay que establecer la separación de poderes dentro del PSOE. No pude ocurrir que los conflictos internos se resuelvan por un alter ego de los órganos de dirección del partido. Así no es posible que los derechos de los afiliados sean tutelados. Es necesaria una reacción urgente, no pensando solo en el futuro del PSOE, sino en el bienestar continental, porque la derecha se está cargando Europa y dando lecciones cada días más evidentes de cinismo.

P.- ¿Hoy por hoy calificaría al PSOE de un partido de izquierdas?

R.- Por su denominación es un partido que representa a la izquierda actual y moderna, pero evidentemente se ha manifestado en el último año un total desapego entre los dirigentes del partido y los intereses de su electorado natural, que está básicamente constituido por los sectores más modestos de la sociedad, por las personas que más necesitan la ayuda del Estado. En la medida de que el PSOE sea capaz de dar respuesta a sus problemas, será un partido de izquierdas. Y en la medida en que no lo haga, por mucho que se grite que somos de izquierdas, en realidad no lo seremos.

P.- ¿Más que las ideas de izquierdas, el que ha fallado ha sido el PSOE?

R.- Sin duda, con toda claridad. Y esto tiene que saberlo el partido. No basta con decir que hemos entendido el mensaje, porque otras veces en que se ha dicho hecho se ha acabado haciendo la política contra a la que aconsejaba ese mensaje.

P.- Muchos dirigentes socialistas han achacado los malos resultados a la crisis. ¿Está de acuerdo o le suena a excusa?

R.- Es evidente que la crisis no favorece a los partidos que están en el gobierno, se llamen como se llamen. Lo que ocurre es que hay una alimentación recíproca. La crisis se alimenta de la incompetencia de los gobernantes en dar respuestas, y a su vez los partidos son víctimas de las consecuencias de esa crisis.

P.- ¿Se arregla con unas primarias o con un congreso la dramática situación del PSOE de la que usted habla?

R.- Lo primero que hay que hacer es arreglar el partido. Hay que reflexionar sobre nuestras culpas y nuestras responsabilidades ante un desastre electoral que si no se le pone coto, puede ir en aumento y reforzarse en las generales y autonómicas. Lo primerísimo que hay que arreglar es la situación interna del partido, de manera que se consiga una militancia que sea verdaderamente ejemplar para una sociedad tan necesitada de buenos ejemplos y que de manera tan sensible ha respondido al estímulo que han representado los grupos que ocupan las calles y plazas de nuestro país. Esos jóvenes responden a la mentalidad que tuvo el PSOE al comienzo de la Transición. Eso hay que recuperarlo de una manera inmediata y urgente. No es una tarea fácil, pero mientras eso no se logre, será muy difícil que se consigan otros propósitos.

P.- ¿Teme que el PSOE se pueda llevar otro batacazo en las autonómicas?

R.- El partido pasa por un momento de grave deterioro. Si no se le pone coto a la enfermedad que padece, me temo que el proceso pueda convertirse en algo más agudo y más severo.

P.- ¿Cree que el liderazgo de Griñán ha quedado en entredicho?

R.- He tenido siempre una buena relación personal con Griñán, pero los problemas que él como presidente de la Junta o yo como miembro del partido podamos tener en estos instantes van más allá de nuestra esfera personal, nos vienen dados por la situación del partido. Griñán será corresponsable de esa situación, como yo mismo, si nos ponemos la mano en la boca y no decimos lo que creo que tenemos que decir con toda rotundidad.

P.- ¿Lo ve como un buen candidato?

R.- No quiero entrar en el juego de los intereses representativos del partido en las instituciones. Prefiero en estos instantes acudir como un bombero más a pagar el fuego que está consumiendo a este partido que hemos amado tanto y respecto del cual comenzamos a tener cierta indiferencia.

P.- Lo de la indiferencia es casi lo peor que le puede pasar a un partido.

R.- Claro, es dramático, por lo menos desde el punto de vista personal. Pero intento levantar la bandera y tocar a rebato. Sin ningún propósito personal, porque no tengo ya ningún interés por la política activa, aunque sigo teniendo un inmenso interés por la política.

P.- ¿Por qué cree que se oyen tan pocas voces críticas en el socialismo andaluz?

R.- Porque se ha ido deteriorando la militancia. A los partidos les pasa como a los árboles, que cuando son víctimas del parasitismo, terminan enfermando, agonizando y muriendo. Por el contrario, cuando la tierra es fecunda y fértil, los árboles crecen con vitalidad y con belleza. Eso es lo que le ha sucedido al PSOE, que se ha parasitado extraordinariamente y no le llega la savia nueva para darle vitalidad y robustez.

P.- ¿Confía usted en la nueva generación de líderes socialistas andaluces que vienen a representar personas como Mario Jiménez o Susana Díaz?

R.- Habría que ver caso por caso. La edad no acredita por sí misma una capacidad política. El problema en estos momentos es que el partido tiene que ser regido por personas que respondan a la radiografía de las necesidades de las que hemos hablado.

El puño marchita la rosa

El PSOE está en crisis, y con él, la izquierda. Pero la cuestión no es meramente electoral. Es mucho más grave, más honda, va más allá del desgaste propio de la perpetuación en el poder. Las siglas que han abanderado el estado del bienestar, con sus cuatro pilares, se ahoga ahora en un marasmo de valores, ideológico, que actúa como una enraizada semilla que ha terminado por florecer en forma de debacle en las urnas. El fracaso del Capitalismo, por su egoísmo y su falta de escrúpulos, ha brindado una oportunidad única para expandir el socialismo, para instaurar y consolidar un sistema que, lejos de la ausencia de reglas del juego, estableciera un modelo de intervención, una economía controlada, supervisada por el Estado para garantizar así la redistribución de la riqueza y esterilizar los abusos de la desregulación exacerbada, la misma con la que quienes ostentan los medios de producción acrecientan la brecha entre ricos y pobres. El crack de las bolsas y mercados financieros de medio mundo, el hundimiento de bancos, la voz de auxilio lanzada por éstos para su rescate por parte de los gobiernos... tendían un puente, una gran autopista, al cambio del orden establecido, a la transformación de una sociedad que derrama sangre en forma de paro, de embargos, de hipotecas impagables, de hambre. Éste era un terreno desértico, un escenario desolado, pero, a su vez, el más fértil para el brote de las rosas de la esperanza, de la justicia, de la igualdad, de la solidaridad, de la libertad. En cambio, el puño ha acabado por marchitar la rosa.

La formación fundada hace más de 130 años por Pablo Iglesias tiene que reflexionar, pararse a pensar en el porqué del duro revés recibido en las Elecciones Municipales del pasado 22 de mayo, antesala de una más que probable derrota en las Generales y Autonómicas andaluzas de marzo de 2012. El PSOE, al margen del debate sucesorio, de los cambios de nombres, ha de hacer un alto en el camino, evadirse por unos segundos de la vertiginosa carrera por evitar el precipicio de la bancarrota en la que lo han sumergido la crisis y los vientos neoliberales de una Europa teñida de azul, que subvenciona a fondo perdido a un sistema financiero opresor, tirano, que no da la mano a quienes se hunden en el fango, que no facilita el crédito a quienes lo necesitan con urgencia. El socialismo, en España, ha traicionado sus principios, se ha dejado amordazar por la derecha continental, por la influencia de Francia, Alemania, Italia, Reino Unido... Es cierto que no ha renunciado a su vocación social, que no ha pasado por el aro ante las voces que reclamaban el adelgazamiento del estado del bienestar a través de la progresiva privatización de las pensiones, la supresión de las becas o el copago sanitario, gérmenes de una educación y una sanidad más elitistas que universales. Sin embargo, se ha despojado de la bandera del socialismo en el campo de la economía, se ha dejado embaucar para tomar el mismo rumbo hacia el que habría virado el Partido Popular, el del neoliberalismo. Lo ha hecho sin rebelarse, con sumisión. Y cuando el obrero abandona su espíritu de lucha, el mismo que le otorga la libertad, firma su sentencia irrevocable de muerte.

Las clases trabajadoras, entre las que se incluyen las medias, los autónomos, los pequeños y medianos empresarios, en definitiva, los más débiles, pueden aceptar, y hasta comprender, las imposiciones que llegan desde Europa, desde Bruselas, pero no la rendición sin más de los dirigentes en los que han depositado su confianza. Y, mucho menos, el aburguesamiento de la izquierda, la aplicación de esas recetas no como el último recurso, sino como el primero. Las medidas de la derecha, dado el caso, sólo pueden venir de la mano de la izquierda cuando ya se hayan agotado todas las posibilidades, todas las vías de escape, cuando ya no queden más cartas bajo la manga. Y, en este caso, no ha sido así. Los recortes obligados por las circunstancias podrían asumirse ante una situación de emergencia como la actual, pero no si vienen envueltos bajo el manto de la hipocresía de una clase política que parece haber olvidado su origen, que ha perdido el norte y, sobre todo, el sur. Antes de congelar las pensiones, aunque no sean las mínimas, de reducir el salario de los funcionarios o de ralentizar el desarrollo de la Ley contra la Dependencia, por ejemplo, la izquierda tiene que predicar con el ejemplo y eliminar los privilegios, las pagas vitalicias a ex ministros, los insultantes vuelos en primera clase de los eurodiputados, el absentismo en las cámaras, la opulencia en la que nadan los cargos públicos y su superflua corte de asesores... Por qué, por una cuestión de credibilidad, de coherencia, de moralidad. No lo hace, ni se indigna.

El socialismo tiene que encabezar toda movilización social, no reaccionar a ellas, no tomar una postura defensiva ante el clamor de las masas, no oponerse a las olas revolucionarias, a movimientos como el de Democracia Real Ya, sino unirse a ellos, porque, por naturaleza, son de izquierdas. El PSOE debe estar en la primera fila, como sostén de la pancarta del inconformismo ante la injusticia, junto a su gente, junto a los que sufren, en la línea de batalla, en la vanguardia, ser el impulsor de la transformación social, nunca dejarse llevar por la sucesión de los acontecimientos como si de un barco a la deriva se tratara. Sin embargo, con su desidia, la de la resignación, con la falta de arrestos no sólo para alzarse contra las políticas económicas neoliberales, sino también para negarse a su materialización en España ante la amenaza de la Unión Europea de arrojar al país a la quiebra, como en el caso de Grecia o Portugal, se ha convertido en cómplice silencioso, en verdugo. Y, con ello, ha servido en bandeja las llaves del poder al PP para, de paso, dar alas a esa reducción a su mínima esencia del estado del bienestar que tanto propugna y anhela la derecha, la misma que ve como un gasto la inversión en educación y la misma que ve en la crisis una excusa para explotar la suculenta fuente de negocio que otea en la sanidad. Y es que si la situación actual requiere medidas neoliberales, quiénes mejor que éstos para ponerlas en práctica. La pena, la oportunidad perdida. Marx ya predijo la caída del Capitalismo. Lo que no podía esperar es que el ser humano, a diferencia del irracional animal, fuera tan torpe como para tropezar tantas veces en las mismas piedras.

Lo mismo cabe decir a nivel local, o comarcal. Los mismos errores ha cometido el PSOE en la Cuenca Minera, un tradicional nido de votos socialistas que ha emigrado hacia el regazo de la gaviota o hacia una IU que parecía acabada. Las siglas del puño y la rosa ya recibieron el aviso hace cuatro años, cuando perdieron sus históricas mayorías absolutas en pueblos como Nerva, Minas de Riotinto o El Campillo. Y pese a ello, en lugar de bajar al territorio, de levantarse del sillón para estar al lado de los suyos, han mantenido una actitud descuidada, que puede ser tildada, incluso, de prepotente o, en su defecto, considerada como propia de una inadmisible falta de liderazgo. Los alcaldes han obviado el carácter combativo de épocas más convulsas, en las que no dudaban en capitanear todo tipo de revueltas junto a los mineros, y sólo han recuperado el timón de la nave cuando ya se antojaba casi utópico la reconducción de la situación, la renovación del centenario pacto de confianza suscrito con la ciudadanía. De sus manos nació la Plataforma de Apoyo a la Minería para liderar el desbloqueo de la embrollada maraña jurídica y administrativa que trababa la redentora reapertura de la línea del cobre. Y lo consiguieron, pero ya era muy tarde. La empatía se había tornado en animadversión. Quedaban pocos meses para la cita con las urnas y se generalizó la percepción (con más o menos razón) de que era, más que un esfuerzo sincero, un intento a la desesperada por conservar el bastón de mando. Atrás quedaban Nature Pack o Tubespa, cerradas, y Río Tinto Plásticos, tambaleante. Y, al final, lo han pagado caro.

La docilidad, aparente o real, de los alcaldes de la Cuenca ante el aparato del partido, que les pedía una calma excesiva, que no minaran administraciones compañeras, que no se erigieran en altavoces callejeros de la angustia de sus vecinos para eludir el riesgo de allanarle el terreno a la derecha, ha derivado en el efecto contrario al perseguido, en un enorme daño al PSOE, el de la derrota, el de la pérdida de la hegemonía en la comarca. Lo que era un silencio, una paz presuntamente beneficiosa, se ha vuelto en su contra, precisamente por eso, por anteponer las siglas a la escucha del grito unísono de los obreros. Un tropiezo de bulto, porque ningún socialista puede dar la espalda (ni transmitir la sensación de que lo hace) a quienes ven ante sí el látigo del cierre de sus fábricas, el azote de los lunes al sol. La Plataforma fue interpretada como un último tren, por muy útil y efectiva que resultara. Los trabajadores habían viajado solos demasiadas veces: La negativa del Pleno de la Mancomunidad a una huelga general propuesta en paralelo al primer intento de Cajasol de liquidar Tubespa; o el recelo del PSOE de Huelva, en aquellos mismos días, a la suma de sus alcaldes al foro que trataban de conformar las sufridas plantillas de Nature Pack, Tubespa o Nerva Croissant, por miedo a que se tratara de una maniobra urdida por IU o PP como arma arrojadiza contra la Junta de Andalucía; o la acampada de Tubespa a las puertas de la Diputación... Luego rectificó y no sólo avaló la movilización social, sino que hasta la alentó, pero ya quedaban apenas seis meses para las Municipales, y esto levantó las sospechas de una tierra, aunque aletargada, rebelde por historia y por dolor.

El valor de la ideología

El secretario general del PSOE de El Campillo, Fernando Pineda, ha incluido el siguiente saluda en el boletín informativo socialista publicado ante las Elecciones Municipales del próximo domingo 22 de mayo:

Estimada ciudadanía de El Campillo y de Traslasierra: Perdonadme por entrar en vuestros hogares, atropellando inoportunamente vuestra paz familiar, pero no he sido capaz de resistir la tentación de aprovechar este BOLETÍN INFORMATIVO para exponer las ideas y expresar los sentimientos que fluyen como fuentes liberadoras de mi cabeza y de mi corazón.

Me siento orgulloso de mi pueblo y de mi generación porque han sido capaces de engendrar una ola de jóvenes comprometidos en recoger el testigo de sus mayores para continuar la carrera de obstáculos y alcanzar metas cada vez más difíciles de desarrollo y bienestar para nuestro pueblo y nuestra gente. Tenemos que elegir una entre cuatro candidaturas, todas ellas formadas mayoritariamente por jóvenes preparados, honrados, ilusionados y comprometidos en conducir la nave municipal a buen puerto. Todos ellos, además, son buena gente y merecen nuestro agradecimiento y respeto.

¿Qué votamos entonces? Ésta es la cuestión fundamental: no votamos candidatos, sino candidaturas. Por lo tanto, para elegir, debemos previamente analizar qué representa, qué ideología básica la sustenta y qué proyecto global para el pueblo, la provincia, la región y el Estado tiene cada una de esas cuatro candidaturas.

El PP representa la derecha, cuyo objetivo es adelgazar el Estado, privatizando paulatinamente la gestión pública (educación, sanidad, pensiones, servicios sociales, agua, autopistas, etc.) y convertirla en negocios rentables para engordar el capitalismo financiero insolidario, causante de la crisis que nos asola y, de paso, ir eliminando el poder político de las clases medias y bajas y los partidos y sindicatos que las representan desde la izquierda.

El PA no tiene referencia ideológica exclusiva, porque el andalucismo que pregona era ya parte intrínseca del PSOE de Andalucía, al que una parte del antiguo PSA no quiso unirse por protagonismos personales, lo que ha ocasionado su desaparición total del Parlamento Andaluz y su exigua representación en municipios y diputaciones de Andalucía, siendo el grupo de El Campillo un grupo residual y, por lo tanto, su proyecto moriría en los límites de nuestro término municipal, al no tener referencias provincial, regional y, mucho menos, estatal, necesarias para recibir ayudas y apoyos.

IU es una coalición izquierdista que cabalga hacia su desaparición, porque, estando tan unidos en el PP desde los neofascistas hasta los neoliberales, la gente de izquierda castiga la desunión de sus representantes políticos y sociales, que sólo conduce a reducir el apoyo al PSOE, única izquierda con posibilidades reales de gobernar.

El PSOE es el partido de los trabajadores, de los pequeños y medianos empresarios, de los autónomos, de las clases sociales medias y bajas, de los más desfavorecidos, de los discapacitados, de los dependientes, el partido de los derechos individuales, sociales y políticos, de las libertades sociales y políticas, el partido de la gestión pública de los servicios, el que defiende que lo económico tiene que estar al servicio de los social, el partido del Estado del Bienestar, por el que tiene que luchar para que evitar que la crisis lo elimine, objetivo de la derecha.

Todo esto, aunque expuesto de forma muy escueta, es lo que deberíamos tener en cuenta para elegir una candidatura, si queremos que nuestra elección sea consecuente con nuestro pensar y sentir, con nuestra ideología personal.

El Campillo tiene una larga historia de lucha contra caciques y dictadores, siempre protagonizada por la Agrupación Socialista desde la primeras huelgas mineras de finales del siglo XIX. Muchos insignes socialistas de nuestro municipio pagaban con continuas detenciones y cárceles la defensa de sus vecinos más desfavorecidos, otros muchos terminaron asesinados por la misma causa. Los socialistas nunca han abandonado a su suerte a los que más sufren y vamos a seguir siendo así por encima de todo y de todos. Por esto El Campillo es de izquierda. No caigamos en la trampa de Ulises, escuchando cantos de sirenas que no existen.

La crisis económica tiene que ser una oportunidad de la izquierda para solucionarla desde lo social, poniendo lo económico y lo financiero a su servicio, desde el crecimiento del Estado del Bienestar, desde los principios socialistas de  LIBERTAD, IGUALDAD y SOLIDARIDAD. ¿Cómo conseguirlo? Votando PSOE en las Elecciones Municipales, ahora, y en las Autonómicas y Generales, cuando toque, porque nuestro proyecto es, al mismo tiempo, municipal, provincial, regional y estatal.

¿Cuándo se interesó el PP por la Cuenca Minera? Siendo Arenas ministro de Aznar, le pregunté por qué nos quitó las Escuelas Taller, los Talleres de Empleo y el PER, contestándome que ya se habían gastado los socialistas demasiado en nosotros los años anteriores. A Rato, otro ministro del PP, le preguntamos en el Congreso de los Diputados por qué no quería convertir en AUTOVÍA la N-435, contestándonos que había muchas carreteras más prioritarias que ésta en el resto de España. ¿El PA, que sólo existe en El Campillo, podría ayudarnos? ¿Puede hacerlo IU? Estas últimas preguntas se contestan solas.

Pero no se trata sólo de votar. La gente de izquierda debe también participar. Para ello, la Agrupación Socialista ha creado el Consejo Municipal de PARTICIPACIÓN, que ha elaborado el PROGRAMA ELECTORAL, que  ayudará a ejecutarlo y que evaluará su cumplimiento. Hasta este momento, aunque sigue permanentemente abierto a nuevas inscripciones de voluntarios, los miembros actuales, distribuidos en Comisiones de Áreas, superan con creces el centenar de personas.

 

La derecha disfrazada de izquierda

La división entre izquierda y derecha, en términos de ideología, siempre ha estado muy clara, con independencia de las personas que representan a una y a otra en cada momento concreto de la historia, muchas veces incoherentes, muchas veces atrapadas por un conflicto moral en el que se decantan por la satisfacción de su ego personal en detrimento del bien común, o en el que se empeñan en aparentar ser lo que no son para eludir el rechazo de las masas. Lejos de ser difusa, la frontera que separa a ambas tendencias políticas es un consistente e infranqueable muro que no da lugar a equivocaciones. Pero esta dialéctica, el transparente antagonismo que aparta de un modo inconciliable a quienes propugnan la libertad, la igualdad y la solidaridad de quienes, por contraposición, abogan por el mantenimiento del orden, por la conservación de la estructura social establecida, parece difuminada en la actualidad. Está condenada a una intencionada ficción de ambigüedad dibujada por quienes hallan en esa manipulación, en ese juego de artificio, su única vía de acceso al poder.

Estos últimos días, mientras vivíamos la fiesta de la libertad, el Carnaval, he observado estupefacto, sin salir del asombro, y preocupado, cómo en las redes sociales algún candidato del PP a las Municipales del próximo 22 de mayo, en concreto, la aspirante de El Campillo, Manuela Caro, afirmaba que su programa no era otro que la lucha por la igualdad de oportunidades en su tierra; o a quienes concurren en este mismo pueblo bajo las siglas nacionalistas del PA, definirse por enésima vez, a través de sus pasquines informativos, como una formación de izquierdas. No lo pongo en duda. No soy nadie para cuestionar el amor de estas personas por su pueblo y su gente. Sin embargo, como el propio secretario general del PSOE de El Campillo y ex alcalde de la localidad, Fernando Pineda, refutó a la cabeza de lista popular, si ésas son sus verdaderas ideas, sus principios, desde luego, se han equivocado de orilla.

La derecha, por su propia naturaleza, es reaccionaria, enemiga del cambio, al menos, cuando éste conduce a la tan anhelada redistribución de la riqueza por la que suspiran los más desfavorecidos y que preside el ideario socialista en el sentido más amplio de la palabra. Su origen, el de la derecha, es rancio, no es otro que la reacción ante cualquier maniobra obrera por defender sus derechos y obtener mejoras laborales y sociales que concentren a las clases bajas y altas en torno a las clases medias, es decir, la reducción de la brecha entre ricos y pobres. La derecha, la rama conservadora de la política, es la unión de los poderosos, de los propietarios de los medios de producción, de la elite económica, con el único fin de controlar, de mantener a raya los impulsos proletarios que sueñan con poner freno a sus privilegios históricos. Emerge como una alianza sin fisuras de las capas más retrógradas de los sectores más pudientes de la sociedad en su intento a la desesperada por preservar el estado de unas circunstancias que les son favorables, o por, cuando las pierden, retroceder de nuevo hasta ellas.

Ésa es su razón de ser, la meta fundacional con la que nace cualquier partido de derechas. Esos son los intereses que se han personificado a lo largo de la historia en las distintas versiones de la vertiente conservadora de la política: la nobleza en la época clásica, con su obstinación por mantener firmes los cimientos de la Monarquía Absoluta; el Partido Conservador de Canovas del Castillo, que en los años de la Restauración construyó una democracia de pucherazos, prohibió la libertad de cátedra y no renunciaba al esclavismo; la CEDA o Falange Española en los convulsos días de la II República, contrarios a toda reforma agraria que sembrara de esperanza los campos españoles; sin olvidar el Ejército o la Iglesia (cuyo papel a lo largo de los siglos, en especial, el de la solidaria institución cristiana, merece uno, o varios, capítulos a parte). Y su cara contemporánea es, por mucho que sus dirigentes traten de disimularlo, el PP.

El PP, las altas esferas de su partido, la línea ideológica que sigue desde la calle Génova de Madrid bajo el mando de Mariano Rajoy, no casa, ni por asomo, con esos principios que asevera defender Manuela Caro. Me remito a las pruebas. El grupo político al que se adscriben personas que (según las propias manifestaciones de la candidata popular de El Campillo), ajenas a cualquier interés particular y bañadas por la ilusión y el noble afán de conducir a su pueblo al progreso, al desarrollo que las circunstancias le niegan, sólo quieren colaborar y tomar parte en el avance de su tierra, ayudarla a seguir adelante, contribuir a la expansión de la igualdad, la justicia y la solidaridad, no avala con sinceridad la pureza de esos preceptos. Por una sencilla razón, porque es contrario a ellos, por su propia idiosincrasia.

Si lo hiciera, si los avalara, sería desde la mentira y el fingimiento, porque sus dirigentes saben que ésa es la única manera de no quedarse solos, de contar con franquicias en los distintos pueblos, en el, para ellos, tan lejano medio rural, que les ayuden a cosechar votos que se traduzcan en escaños populares, conservadores, en el Congreso de los Diputados, en el Parlamento de Andalucía o en las diputaciones. De hecho, el PP, cuando ha tenido la oportunidad de propiciar un clima de mayor bienestar social, se ha retratado fielmente. Votó en contra de la denominada Ley de Dependencia, esencial en la búsqueda de romper las barreras del desequilibrio social, para brindar una igualdad de oportunidades real y efectiva, no ficticia, a los colectivos más débiles. Esa Ley es un canto a la solidaridad y el PP trató de abortarla. Pero no es ése el único ejemplo. Lo mismo cabe decir de su debilidad por la sanidad y la educación privadas, nidos incontestables de desigualdad, de tiranización de la democracia, al atentar contra derechos consagrados y universales para reducirlos a bienes de unos pocos.

No muy distinta es la confrontación ideológica entre izquierda y nacionalismo. Son realidades antitéticas. La izquierda apuesta de un modo decidido por la apertura de fronteras, o mejor, por la eliminación de las mismas, por la supresión de trabas a la libertad de movimiento de los ciudadanos, a los que sitúa en un contexto universal, global, como habitantes del mundo. Todo lo contrario que el nacionalismo, que se aferra a un contexto reducido, que cerca sus dominios para protegerlos de la contaminación externa, que no es otra que el progreso, el crecimiento, la transformación de la sociedad. Y eso es, precisamente, lo que persigue la derecha, cerrarse en banda ante los vientos del pensamiento universal, ya sea en un ámbito nacional (PP) o regional (PA). Ningún nacionalismo, por tanto, sea del cariz que sea, tiene derecho a autoafirmarse como izquierdista.  Y cuando lo hacen, sólo debe ser entendido como un intento subrepticio de sembrar la confusión entre la población por miedo al rechazo, por intereses meramente electoralistas. Es la pragmática de la manipulación.

Para mí, en consecuencia, no hay lugar a la vacilación. Todos aquellos que, con principios sinceros de izquierda, con vocación progresista, militan o concurren a unas elecciones bajo la bandera de un partido de derechas, del PP o del PA, se han equivocado, han traicionado a su corazón, a su alma, a su espíritu. El porqué del error puede ser variable, aunque, en la mayoría de los casos, estoy convencido de ello, es causado de manera intencionada por las mentes pensantes, por los movedores de los hilos de la vieja jerarquía conservadora, que aprovechan el más ínfimo resquicio provocado por el descontento o por las rencillas personales para embaucarlos, para arrastrarlos a su orilla, a sus siglas, para cautivarlos con cantos de sirena y falsas promesas.

El quid de la cuestión reside en que, desafortunadamente, muchas veces, sin ser conscientes de ello, olvidamos que los principios están muy por encima de las personas. Éstas, por su condición humana, son corruptibles, pero también efímeras. Sin embargo, las ideas prevalecen en el tiempo. Abandonarlas por el odio o la animadversión a quienes hacen uso de ellas para su lucro privado sólo nos conduce a la incoherencia y al arrepentimiento. Quizás ésta sea la razón que explica que muchos presuntos ‘izquierdistas’ que militan en la derecha, repito, ya sea PP o PA, se empecinen en negar que pertenecen a esta rígida y, por lo general, intransigente tendencia o lo digan con la boca pequeña, muy pequeña. Es como si no se sintieran orgullosos de sus valores, como si se avergonzaran de alinearse con derechistas en una tierra roja. Esto, o es que saben que si se arrancan la máscara con la que tratan de disfrazar su verdadera ideología, su carácter conservador, no hallarían más respuesta en las urnas que el ostracismo. Y ésa es la mayor expresión de hipocresía en la que puede degenerar la política.

Un ejercicio de injusticia

Las Elecciones Municipales de 2011 están a la vuelta de la esquina. Unos comicios que, en el caso de la Cuenca Minera, se presentan en el horizonte inmediato, más que como un examen a la gestión de los últimos cuatro años de mandato municipal socialista (seis de los siete pueblos de la comarca son dirigidos por el puño y la rosa), como un plebiscito, como un juicio, a la historia de estas siglas en una zona teñida de rojo por naturaleza, por sufrimiento, por las acuciadas diferencias de clase de antaño, por su carácter obrero, por la opresión del látigo franquista, por sus tonos cobrizos, por el color de las aguas del río Tinto. La cita con las urnas del próximo 22 de mayo se presentan como una auténtica moción de censura al partido que durante tres décadas, desde que la transición pusiera fin a la dictadura fascista-personalista del caudillo, ha gobernado y luchado sin descanso (aunque algunos, desde su óptica interesada, parcial y egoísta se empeñen en rebatir lo evidente) por dotar de un futuro de bienestar, de progreso, de prosperidad, a una tierra que ya en los 80 lloraba la enfermedad terminal del único pulmón que durante siglos le había dado oxígeno (eso sí, no exento de dolor) para seguir adelante. Ése es el pecado, el crimen, del socialismo. El veredicto, inapelable: culpable.

La meta no podía ser más utópica: salvar a una comarca que caminaba sin motor, sin la energía del cobre, que competía a pie en una carrera vertiginosa dominada por el capitalismo salvaje, por una economía de mercado sin escrúpulos que nunca se ha detenido para ayudar a los débiles, que nunca ha dado cabida a la palabra ‘solidaridad’ en las páginas de su diccionario. Sin embargo, el PSOE, el mismo al que la derecha quiere llevar ahora al paredón con su propagandismo, nunca ha renunciado al desarrollo de la Cuenca Minera, nunca ha permitido que se quede atrás, que desaparezca, que abandone la competición. Los socialistas, mientras otras formaciones miraban para otro lado ante los graves problemas que azotaban a la zona (léase PP) o limitaban su discurso a la “necesidad de destruir a los perversos socialistas”, sin ofrecer alternativas reales (léase IU-PA), siempre han estado ahí, para dar aliento a una tierra que no lo tenía, para empujarla, para que no dejara de avanzar, por cortos que fueran sus pasos. Con sus errores y sus aciertos (la perfección, al igual que la objetividad, es un fin perseguible, pero inalcanzable), son los hombres y mujeres que, desde la humildad, la honradez y la ilusión, han ondeado la bandera del puño y la rosa (que no es otra que la que aboga por la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades), quienes han mantenido viva la llama de la esperanza en un mañana mejor.

Hoy, más que nunca, esa lucha, esa trayectoria reivindicativa, esa infinita peregrinación, empieza a dar frutos, si no materiales, sí en forma de expectativas. Las tan anheladas autovías N-435 y A-461, acompañadas del Parque Empresarial y Tecnológico de la Cuenca Minera, proyectado sobre unas 35 hectáreas del término municipal de El Campillo, son ya, sobre el papel de las administraciones, una realidad. Su construcción, tras años de demanda social, siempre encabezada por el socialismo (pues el PP siempre negó estas esenciales, vitales, vías de escape y de diversificación económica durante los ocho años de estancia del erudito y visionario José María Aznar en La Moncloa) está ya más que comprometida. No hay vuelta atrás. Sólo queda un último suspiro de paciencia para que, poco a poco, con la máxima celeridad, pero con buena letra, se sorteen los ineludibles trámites burocráticos que envuelven a toda infraestructura de envergadura. Una espera que puede ser atenuada, aliviada, por la reapertura de la mina, que parece algo más cerca después de la entrada en razón de parte de la Comisión Liquidadora de la extinta MRT, S.A. y el cerco judicial sobre el omnipresente Carlos Estévez.

Hay mimbres, en consecuencia, para el optimismo, para la confianza en un porvenir en el que el enraizado quiste del desempleo empiece a disolverse para volver a situar a Río Tinto, si no en la vanguardia, al menos, sí en la primer línea de la parrilla de salida, en una posición de equilibrio con el resto de regiones de Europa. Y este escenario es posible, por mucho que las voces de la derecha traten de sepultarlo, gracias al socialismo, gracias a la ideología que ha brindado siempre, en especial, en los tiempos más difíciles, por la igualdad, la justicia y la solidaria discriminación positiva para con una tierra que, tras actuar como pilar determinante del crecimiento de la provincia de Huelva, lanzaba su legítima voz de auxilio. Los socialistas, sólo ellos, son los que defendieron aquel Plan Albor que trajo a la Cuenca la industria del plástico (Río Tinto Plásticos, Tubespa y Nature Pack) y la hasta entonces inimaginable agricultura de cítricos; los que cometieron el error de aceptar el Plan Esquila, aún a sabiendas de que era inviable y de que hipotecaría, en forma de embargos, el despegue definitivo de esta comarca, para no hacer daño a los mineros; los que colocaron a la zona como objetivo prioritario en todo lo relativo a las políticas activas de empleo (talleres, incentivos a la cultura emprendedora, formación...); los que otorgaron la catalogación de agrario a un territorio minero para que recibiera más partidas que nadie del antiguo PER.

Los esfuerzos están ahí. Ponerlos en duda sería indigno, escandaloso, una falacia infame. Cuestionar esa entrega, ese compromiso con la causa de Río Tinto, significaría caer en la demagogia, en el juego sucio de la manipulación de la realidad para, a cambio, sin importar el precio, ganar un puñado de votos con los que derrocar al enemigo. Y más, cuando quienes tratan de poco menos que criminalizar a las centenarias siglas fundadas por Pablo Iglesias, olvidan con vileza su pasado reciente. Les interesa, pues destapar, desempolvar, sus ‘políticas sociales’ en la Cuenca Minera les delataría. ¡O es que el reorganizado PP de la comarca no recuerda cómo el ministro conservador de Fomento y vicepresidente del Gobierno en el periodo 2000-2004, Francisco Álvarez-Cascos, se rió de los alcaldes de la zona cuando acudieron al Congreso de los Diputados a solicitar el desdoble de la N-435! Para el Ejecutivo del PP había muchas carreteras que había que convertir en autovías antes que la que cruzaba una tierra no afín, incómoda para los intereses de su partido. Negó esa infraestructura imprescindible, trató a los vecinos de la Cuenca como ‘apestados’ por el mero hecho de ser socialistas, al igual que en otros tiempos sus antecesores los privaron de la libertad, en algunos casos, y de la vida, en la mayoría, por rojos. La pregunta es: dónde estaba la derecha de la comarca cuando sus compañeros de Madrid la ninguneaban, por qué no alzó la voz tampoco cuando reducían a la mínima esencia las inversiones destinadas al impulso del empleo o dejaron, prácticamente, sin PER y sin subsidio a los trabajadores del campo a la vez que firmaban aquel Decretazo que derivó en una huelga general.

Se aproxima la sentencia de los comicios locales, pero pase lo que pase, los socialistas (estoy convencido de ello) seguirán al lado de la Cuenca Minera, de sus habitantes, de los débiles, aunque sean condenados por el pueblo, sabio y soberano, al ostracismo de la oposición. En cambio, si este lugar reservado a los derrotados fuera ocupado por los conservadores, ya sea el PP (el mismo que, con un descaro sin parangón rozó el esperpento en 2007 al presentar en El Campillo, por poner alguno de los múltiples ejemplos, una candidatura compuesta de manera íntegra por habitantes de Palos de la Frontera) o el PA (carente de bases, de principios firmes, de identidad ideológica, de coherencia), albergo serias dudas de que la actitud sea la misma. Argumentos de peso me conducen a alumbrar, a no descartar, esa idea, pues los ediles populares que ganaron un sillón en el Pleno de la Mancomunidad en las Municipales de 2007 ni siquiera se han dignado aún (casi cuatro años después) a tomar posesión de sus cargos. Poco más han hecho los andalucistas en ese hemiciclo que propugnan como alternativa a las, para ellos, “superfluas e innecesarias” diputaciones.

Sólo el PSOE ha apostado por esta tierra, por sembrarla de futuro y esperanza, aunque en algunos instantes sus representantes municipales, los más cercanos a los ciudadanos, hayan abandonado el carácter combativo de otras épocas e, incluso, descuidado su función pública (nunca interior) de abrigo de los problemas de sus vecinos para aparecer como presuntos cómplices silenciosos de la lentitud de esas perentorias infraestructuras o de la no reapertura de la consoladora línea del cobre. En cambio, nunca han dejado de trabajar, en la sombra, desde la cautela y el sosiego, al margen de la luz mediática en la que otros han refugiado su vacío de ideas. De no ser así, la ciudadanía no habría dado su voto, renovado su confianza en el socialismo, de la forma tan masiva como lo ha hecho, elecciones tras elecciones, año tras año, durante tres largas décadas. Pero los resultados nunca pueden ser inmediatos. Todo requiere su tiempo. Por mucho que nos dejemos envolver por la pasión, por el romanticismo, y nos empeñemos en exigir la máxima celeridad, hay plazos que ni se pueden ni se deben saltar. De lo contrario, las garantías de éxito quedarían muy limitadas. Y si de algo estamos cansados en la Cuenca Minera es de piratas, estafadores y especuladores de la calaña de Carlos Estévez (MRT) y sus testaferros, de Josep Xicola (Nature Pack) o de Carles Vandellós (Nerva Croissant). Negar esta verdad, el amor puro y sincero del socialismo, sería, por tanto, incurrir en un clamoroso ejercicio de injusticia.

Una comarca sin liderazgo

La Cuenca Minera de Río Tinto navega a la deriva, sin rumbo, sin patrón que dirija un barco que tras dejar atrás su etapa dorada, esos ya remotos años de esplendor que se pierden en la distancia al echar la vista atrás, languidece ahora sin remedio, hace aguas por todos los flancos. Es una comarca sin fe, que ya no confía en nadie, que ya no cree en las promesas, por muy reales que sean. La espera es ya agotadora, insoportable. Ya no hay ilusión, por muchos desdobles de carreteras y macropolígonos industriales que se pongan sobre la mesa, por muy firmes que sean esos proyectos tildados hasta la extenuación de “salvadores” por sus promotores. El enfermo está ya en estado crítico, a punto de convertirse en terminal. Empresas como Nature Pack (sumida en una inacabable búsqueda de inversores), Tubespa (en proceso de liquidación y con sus 69 operarios acampados a las puertas de la Diputación) y Río Tinto Plásticos (no en mejores condiciones) mueren y, con ellas, banderas de aquella primera diversificación socioeconómica tan anhelada, en la que tantos pusieron su empeño, su sudor, su sangre, también sucumbe la esperanza. El tiempo apremia y, si no se ponen cimientos que corten la hemorragia a muy corto plazo, esas infraestructuras soñadas se asentarán sobre un desierto, sobre un cementerio de bellos tonos cobrizos.

El contexto es devastador, trágico. Los escasos puestos de trabajo se tambalean y la única vía de escape que emerge en el horizonte más inmediato, encarnada en la reapertura de la mina, es taponada por una perversa y enraizada maraña de intereses, por las sombras de la especulación, que no se desvanecen ante nada, que se mantienen intactas ante la, al menos aparente, pasividad de las administraciones públicas. El proyecto de Emed Tartessus ha de despegar con la máxima urgencia, por efímero que sea, porque es la única garantía real para la zona, para que ésta tome el oxígeno justo para subsistir hasta la irrupción material de las autovías N-435 y A-461 y el Parque Empresarial y Tecnológico. Sin embargo, nada indica que esto se vaya a producir en breve. ¿Cómo va a haber entonces esperanza? Es normal su ausencia. No se trata de ninguna sorpresa. Es una crónica más que previsible, anunciada. Sería un auténtico milagro, un fenómeno paranormal, que existiera un atisbo, por pequeño que fuera, de ilusión, de ganas por seguir adelante, por quedarse y no emigrar para siempre, por renunciar al futuro a cambio de la miseria.

Por muy combativa, por muy inconformista, por muy luchadora que sea una tierra, su gente necesita, como mínimo, el calor, la cercanía, el compromiso de sus políticos, de sus representantes más directos, de los paisanos en los que han depositado su confianza, sus tormentos, en un intento desesperado por hallar consuelo. Sin ellos, no es posible el éxito, el mañana, para una comarca cuyos pilares se resquebrajan a cada instante por una ya más que enquistada crisis que se perpetúa en la cotidianeidad de cada familia hasta conducirla a la asfixia más literal. Y en la Cuenca, en la actualidad, no hay liderazgo. Por doloroso que resulte, ésta es su verdad. Falta arrojo en quienes con más fuerza deberían alzar la voz, en quienes más tendrían que sufrir por sus pueblos, en los primeros que tendrían que dar un golpe sobre el tapete ante la más mínima amenaza a cualquier fuente de empleo, a cualquier rescoldo de riqueza al que se pueda agarrar esta zona bañada por las aguas del Tinto, en sus alcaldes. Una falta de apoyo que, con cada vez más insistencia, lamentan, desgarrados, quienes se ven como firmes candidatos a pasar sus próximos lunes al sol tras pasar por las largas colas del SAE.

Es el mundo al revés, el surrealismo en su máxima expresión, la versión más esperpéntica del presente descrédito que envuelve a la política en unos tiempos en los que ya nadie se deja engañar. La disciplina de partidos, entendida ésta no como lealtad (una premisa imprescindible), sino como sumisión (como declaró hace pocos días el secretario general del PSOE de Madrid, Tomás Gómez) a los dictámenes de la cúpula de una formación, sea cual sea su color, tiene menos sentido, si cabe, en un área geográfica como la Cuenca Minera. El miedo a perder la posición, la poltrona y, en especial, la cobertura bancaria, amansa, hipoteca la voz, silencia las ideas. Ésta es la condición del ser humano, que, por naturaleza, tiende a caer en las garras de la ambición, de la codicia, cuando ve peligrar sus dominios. Pero, donde no hay liquidez, ni alcaldes liberados o, si lo están, en la mayoría de los casos, bajo unos irrisorios emolumentos impropios de quien ostenta un cargo de responsabilidad importante, de quien dirige, con sus decisiones, el devenir de un pueblo, cuál es el temor. La desidia, el mirar para otro lado, es inaceptable. En esta comarca, más que en ninguna.

Lejos quedan ya esas románticas épocas de lucha, de inconformismo, de principios, de defensa a ultranza de los valores, esos años en los que no era extraño ver entrar, uno a uno, a los regidores de la Cuenca en el viejo edificio de la Mancomunidad para encerrarse, para enclaustrarse allí, a pan y agua si hiciera falta, a la espera, no de una limosna de la Junta de Andalucía o el Gobierno central, sino de justicia, de una respuesta, de una solución a los problemas que acuciaban a una tierra que había dado mucho y recibido muy poco hasta entonces, que se erigió en el único motor económico real que catapultó a una provincia pobre, sin más pilares sólidos en los que cimentar su crecimiento que la línea del cobre. Ahora bien, también se añora ese empuje en las clases obreras, en las capas sociales, que, aburguesadas, abstraídas por la generalización del estado del bienestar, yacen adormecidas, aletargadas. Ya no están vigilantes, como antaño, para corregir cualquier desviación de sus dirigentes. Son ellos, los trabajadores, sus familiares, sus amigos, todos juntos, quienes deben empujar a sus alcaldes, izar las velas de una rebelión justificada y arrastrar con sus vientos a quienes sujetan el timón de sus ayuntamientos. Poseen la fuerza para ello. Y la situación invita, obliga, a hacerlo.

Dan igual los tintes de las administraciones a las que haya que dirigir el foco de las reivindicaciones, ya sea la Junta, el Gobierno de la Nación, la Diputación o Cajasol. Y, desde luego, si éstas son “amigas”, del mismo color, mucho mejor, porque, por incómodo que resulte, más obligadas están a escuchar, a dialogar, porque comparten un mismo ideario, una misma forma de entender la vida. Todo ello, sin olvidar que la provincia, la comunidad autónoma e, incluso, el país, están en deuda con la Cuenca, con su sufrimiento. La traba quizás sea, como sabiamente dijo el desaparecido José Antonio Labordeta, que en la política, por desgracia, “se marchan los buenos y se quedan los guapos”. O, lo que es lo mismo, se van los humildes, los honrados, y permanecen los que, a veces, embelesados por el egoísmo, dejan de ver la política como un puente hacia el bienestar, la salud social y económica de una zona deprimida, la libertad, la igualdad y la solidaridad, el progreso, la innovación. Ésa es la verdadera política, pero no la suya. Por eso tantos, sobre todo, los jóvenes (más críticos de lo que muchos quieren hacernos creer) no se equivocan al pasar, al dar la espalda, no a la política (como otros afirman errónea o interesadamente), sino a los ‘políticos’ o, mejor, a los que presumen de serlo.

Salvadores de la Cuenca Minera

Artículo de opinión de Fernando Pineda Luna, ex alcalde de El Campillo (PSOE)

Llegan muy tarde, pero, al fin, arrepentidos de su pasado, vienen presurosos a “salvar a la Cuenca Minera del infierno al que los rojos socialistas la han condenado”. Quienes desconozcan el pasado reciente y remoto de este territorio podrían sentirse atraídos, como Ulises, por los nuevos cantos de sirena de los populares onubenses. Afortunadamente, por la experiencia acumulada durante largos años de engaños, nadie cree ya aquí en salvadores y, mucho menos, si éstos pertenecen a la derecha política.

Ahora, utilizando la angustia de muchos trabajadores y el dolor de sus familias por el abandono de empresarios incompetentes y, algunos de ellos, delincuentes, se acerca a Riotinto un grupo de políticos a “exigir”, como hipócritas salvadores, a los gobiernos socialistas la elaboración de un “plan de salvación” para solucionar nuestros problemas socioeconómicos.

Los hemos recibido con educación, agradecemos sus preocupaciones, sobre todo, por lo que pueda significar de cumplimiento de penitencias por los pecados cometidos contra nuestros pueblos durante sus interminables mandatos. Ahora, sin embargo, tenemos que decirles que ya no les necesitamos, porque, cuando les pedimos ayuda, siempre nos dieron “con las puertas en las narices”.

No queremos salvadores ni necesitamos sus planes. La gente de esta comarca analizó ya su problemática, propuso soluciones y las presentó a las Administraciones. Y, llegado a este punto, proclamemos una rotunda verdad: ¡sólo escucharon siempre nuestras voces los gobiernos socialistas!, mientras de los populares recibíamos silencios cómplices, ataques agresivos o respuestas negativas.

¿Pruebas de esto? Podría elaborar un listado interminable de hechos que lo demuestran, pero lo imposibilita el escaso espacio disponible. Expongo, por ello, a título de ejemplo, algunos acontecimientos de los que fui protagonista más directo:

Nadie duda hoy que la crisis de la minería se saldó, gracias al apoyo de los socialistas, con las siguientes actuaciones principales:

1. No hubo ningún trabajador abandonado a su suerte.

2. Se produjo una extraordinaria diversificación económica mediante la creación de bastantes empresas (R.T. Plásticos, R.T. Fruit, Nature Pack, Tubespa, Geotexán, Ingemisa Insersa, etc.).

3. Se construyeron polígonos industriales en casi todos los municipios de la zona.

4. Se creó la Fundación Río Tinto, que, a su vez, desarrolló una importante industria del turismo histórico y minerometalúrgico.

5. Se potenció el Hospital Comarcal de Riotinto.

6. Se construyó la Presa del ‘Jarrama’ para asegurar el regadío de los cítricos y el abastecimiento general.

7. Se potenció de forma extraordinaria las políticas activas de empleo, aumentando el número de Escuelas Taller, Talleres de Empleo y Casas de Oficio, así como los fondos del antiguo ’PER’ y los cursos de FPO.

Sin embargo, durante los gobiernos populares, retrocede bruscamente este desarrollo, como lo prueban los siguientes acontecimientos:

- Como Ministro Popular de Trabajo, el Sr. Arenas Bocanegra, se reunió en Riotinto con los alcaldes de la Cuenca Minera, que le pidieron continuar el esfuerzo en las políticas activas de empleo. El mismo día, en su posterior visita a Paterna, donde yo le recibía en nombre de la Diputación, junto al resto de autoridades provinciales, al preguntarle, me confesó que “ya estaba bien de tantas subvenciones a la Cuenca Minera”. Efectivamente cumplió su deseo: los fondos del “PER”, las Escuelas Taller, los Talleres de Empleo, las Casas de Oficio se redujeron al mínimo.

- Durante la segunda legislatura del gobierno aznarista, ya con mayoría absoluta, siendo yo presidente de la Mancomunidad de la Cuenca Minera, enterados de las negativas intenciones sobre la futura autovía de la N-435, los alcaldes fuimos al Congreso y al Senado a plantear nuestra reivindicación a los Grupos Políticos. Todos, menos el PP, apoyaron.

- Conseguimos la presentación de una iniciativa favorable a la autovía en el Congreso y, cuando se debatía en Sesión Plenaria, allí estábamos los alcaldes escuchando, entre el público, la negativa “por innecesaria” del Ministro Popular de Fomento, el Sr. Álvarez Cascos.

Felizmente, pasaron esos negros años, volvieron las políticas activas de empleo, las autovías Zalamea-Santa Olalla y Huelva-Badajoz, el Parque Empresarial. Recuperamos, por fin, la esperanza y la seguridad, porque la gente de aquí sabemos muy bien que los Gobiernos Socialistas de Andalucía y de España apoyarán siempre a quienes sufren, porque, para ellos, los fondos públicos son para distribuir solidariamente las riquezas entre los más necesitados. ¡No queremos salvadores! Si Luis Miguel Gómez hubiera hecho su huelga de hambre gobernando el PP, su muerte hubiera sido más que probable.